COVID 19
España, una nación huérfana de un hombre de Estado
El coronavirus pone en evidencia a toda la clase política española y demuestra que quizá exista más congruencia y sensatez en la política local
Hoy, 13 y viernes, como el 13 y martes pero en el mundo sajón, tendría que escribir sobre política, sobre ideas para cambiar Zamora, sobre la Semana Santa. Pero el COVID 19 lo ha cambiado todo, nos ha arrebatado lo cotidiano y nos robará todos nuestros hábitos en breve. La gente tiene miedo, el sentimiento que más afecta a todo ser humano, que anula nuestra presunta racionalidad, que se impone al amor, a la cordura, a la inteligencia.
Cerré ese primer párrafo de este artículo con la palabra inteligencia, virtud de la que carece el presidente del Gobierno, un tío muy listo, pero sin el talento suficiente para convertirse, en estos desgraciados momentos, en un hombre de Estado. Sánchez es un genio del embuste, de transformar la mentira en gigantesca verdad. Lo incumple todo. Se engaña a sí mismo. Su gran enemigo yace en las hemerotecas. Tampoco hay ingenio en la oposición. Nuestros políticos reproducen la mediocridad de esta sociedad española, atontada por las televisiones y el fútbol, los dos medios que el poder utiliza para el aborregamiento general del pueblo.
Sánchez que siendo el jefe de la oposición criticaba a Rajoy cuando el ébola, un solo caso en España, porque no daba la cara, tardó más que el presidente más pachorra de nuestra historia, en dar la cara, y no ofreció la otra mejilla. Su comparecencia no alivió, no ilustró, no guio a los españoles, que esperaban de su primer ministro medidas extraordinarias, acciones contundentes, mensajes positivos. Fue tan ambiguo, estuvo tan alejado de lo que debería ser un hombre de Estado, que su intervención no cambió el sentimiento de temor, de pánico, de miedo entre la población. Y a los pequeños empresarios y trabajadores permanecieron, después de escuchar al presidente, sin esperanzas para superar esta crisis económica que tocará en profundidad las estructuras de la nación. Incluso, cuando después conocimos las manifestaciones del presidente de la Junta de Castilla La Mancha, el socialista García-Page, crítico con su secretario general, que no había coordinado ningún tipo de acción con las comunidades autónomas, aunque Sánchez manifestó, en directo, todo lo contrario. Lo dicho: un artista de la mentira, pero sabe que engañar lo condujo a La Moncloa. Un talento descomunal para la magia verbal, para el birlibirloque político.
Demuestra también esta crisis vírica que el Estado de las Autonomías se desmorona cuando un hecho extraordinario convulsiona una forma de hacer política y a una sociedad estabulada, en franca crisis moral, que siempre antecedió a la económica. Quizá un estado jacobino se halle mejor dotado para ejecutar medidas drásticas. El pueblo español, que se adapta a cualquier régimen, vive acongojado, desarmado y desalmado, hasta el punto de su compra más querida consiste en papel higiénico.
El coronavirus –este periodista provinciano, pensador en ratos libres, ya lo había asumido- evidencia la carencia de políticos preparados, de políticos con carácter, de políticos con carisma para guiar en situaciones de emergencia a un pueblo que necesita líderes, más allá de ideologías políticas y partidistas, hacia la sensatez, la coherencia y la responsabilidad. Quizá, en nuestra ciudad y provincia, haya políticos más congruentes, juiciosos y ponderados que los administradores del Estado. Esta nación, desde ha tiempo, siempre se halla en estado de alarma…de alarma intelectual, contagiada por el virus de la mediocridad, la vulgaridad y la cobardía global.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hoy, 13 y viernes, como el 13 y martes pero en el mundo sajón, tendría que escribir sobre política, sobre ideas para cambiar Zamora, sobre la Semana Santa. Pero el COVID 19 lo ha cambiado todo, nos ha arrebatado lo cotidiano y nos robará todos nuestros hábitos en breve. La gente tiene miedo, el sentimiento que más afecta a todo ser humano, que anula nuestra presunta racionalidad, que se impone al amor, a la cordura, a la inteligencia.
Cerré ese primer párrafo de este artículo con la palabra inteligencia, virtud de la que carece el presidente del Gobierno, un tío muy listo, pero sin el talento suficiente para convertirse, en estos desgraciados momentos, en un hombre de Estado. Sánchez es un genio del embuste, de transformar la mentira en gigantesca verdad. Lo incumple todo. Se engaña a sí mismo. Su gran enemigo yace en las hemerotecas. Tampoco hay ingenio en la oposición. Nuestros políticos reproducen la mediocridad de esta sociedad española, atontada por las televisiones y el fútbol, los dos medios que el poder utiliza para el aborregamiento general del pueblo.
Sánchez que siendo el jefe de la oposición criticaba a Rajoy cuando el ébola, un solo caso en España, porque no daba la cara, tardó más que el presidente más pachorra de nuestra historia, en dar la cara, y no ofreció la otra mejilla. Su comparecencia no alivió, no ilustró, no guio a los españoles, que esperaban de su primer ministro medidas extraordinarias, acciones contundentes, mensajes positivos. Fue tan ambiguo, estuvo tan alejado de lo que debería ser un hombre de Estado, que su intervención no cambió el sentimiento de temor, de pánico, de miedo entre la población. Y a los pequeños empresarios y trabajadores permanecieron, después de escuchar al presidente, sin esperanzas para superar esta crisis económica que tocará en profundidad las estructuras de la nación. Incluso, cuando después conocimos las manifestaciones del presidente de la Junta de Castilla La Mancha, el socialista García-Page, crítico con su secretario general, que no había coordinado ningún tipo de acción con las comunidades autónomas, aunque Sánchez manifestó, en directo, todo lo contrario. Lo dicho: un artista de la mentira, pero sabe que engañar lo condujo a La Moncloa. Un talento descomunal para la magia verbal, para el birlibirloque político.
Demuestra también esta crisis vírica que el Estado de las Autonomías se desmorona cuando un hecho extraordinario convulsiona una forma de hacer política y a una sociedad estabulada, en franca crisis moral, que siempre antecedió a la económica. Quizá un estado jacobino se halle mejor dotado para ejecutar medidas drásticas. El pueblo español, que se adapta a cualquier régimen, vive acongojado, desarmado y desalmado, hasta el punto de su compra más querida consiste en papel higiénico.
El coronavirus –este periodista provinciano, pensador en ratos libres, ya lo había asumido- evidencia la carencia de políticos preparados, de políticos con carácter, de políticos con carisma para guiar en situaciones de emergencia a un pueblo que necesita líderes, más allá de ideologías políticas y partidistas, hacia la sensatez, la coherencia y la responsabilidad. Quizá, en nuestra ciudad y provincia, haya políticos más congruentes, juiciosos y ponderados que los administradores del Estado. Esta nación, desde ha tiempo, siempre se halla en estado de alarma…de alarma intelectual, contagiada por el virus de la mediocridad, la vulgaridad y la cobardía global.
Eugenio-Jesús de Ávila

















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