COVID 19
El silencio de las campanas: diario del Estado de Alarma
Domingo, 15 de marzo de 2020. ¿Por quién doblan las campanas? No se escuchó ese rotundo sonido metálico de las campanas de nuestras iglesias. Zamora, sin ese repicar en domingos y fiestas de guardar, parece como si hubiera sufrido un golpe de Estado de Unidas Podemos. No. El comunismo todavía no cerró los templos zamoranos. La autoridad eclesial decidió clausurar iglesias y dejar la santa misa para la bonanza. Hoy, quien se muera y crea se irá al Cielo sin un funeral como Dios manda. Jornada ideal para que un ateo como un servidor deje de ser y de estar.
Hoy, no fue un domingo normal para mí, porque no desayuné con mi nieta, liturgia y rito que vengo realizando desde que tenía tres añitos. Entonces, jugábamos con sus muñequitos mientras degustaba una magnífica raqueta en la cafetería pastelería de Torrehermosa o Puerta de San Torcuato; ahora, discutimos de política y de su carrera, Medicina. Sobre la res pública, no nos ponemos de acuerdo. Es demasiado joven. A esa edad todavía se cree en ciertas ideologías. El tiempo te cura de esas demencias. La historia, no la memoria que es algo subjetivo, y la experiencia te descubren que tu verdad, que, durante muchos años de la vida, cuando eras un lerdo, un ágrafo, un analfabeto, era la mentira.
Atravesé San Torcuato para acudir a la oficina, donde trabajo y escribo, desde donde intento informar de lo poco que suceda en este segundo día del Estado de Alarma, y escribir, verbo que necesito conjugar todos los días en presente para sentir que existo, que todavía es pronto para morirse, porque hay gente que se distrae o emociona con mis textos. Y, además, recuerdo que este año, en los primeros días de junio, se cumplirá la primera década de El Día de Zamora, medio de comunicación que fundé después de que me echara el capitalista de La Voz de Zamora, que creé y dirigí durante tres años, porque me negué a escribir al dictado. A los pocos meses, tras una alianza con otro periódico gratuito, la entente del mal, cerró.
Confieso que, hace diez años, ni imaginaba que nuestra sociedad se vería sacudida por una pandemia. Me parecía argumento de películas de Hollywood, como la célebre “Outbreak”, aquí subtitulada, si mi memoria no me falla, “Ébola”, protagonizada por Dustin Hoffman. Finales de los 90, última década de la pasada centuria. Entonces, cuando la vi, en televisión, no me impresionó, porque la consideraba de ciencia ficción. Un cuarto de siglo después aquí tenemos una película de la que somos protagonistas. Quizá no mueran tantas personas como en el film, pero acojona, más por los que tenemos familia de cierta edad y amigos con problemas de pulmón, diabetes y enfermedades más graves.
También fue un domingo sin asambleas de cofradías y hermandades, ni cañas ni vinos, con sus correspondientes pinchos y tapas; sin conversaciones, sentados en una terraza o en el interior de bares y cafeterías, ni fútbol ni deporte. Nosotros, zamoranos, españoles todos, con ese querencia visceral por devorar calles y plazas, por patearlas con el corazón, por bebernos cada segunda de vida, por respirar cada burbuja de oxígeno al aire libre, nos sentimos como en una cárcel sin barrotes, como en una prisión sin alcaide, como protagonistas de aquella célebre película surrealista de Buñuel, “El ángel exterminador”, a los que nadie impedía salir de aquel palacete mexicano, pero jamás accedían a la calle.
Y los que amamos a una mujer, la extrañaremos, la intuiremos, la adoraremos a distancia. En mi caso, escribiré, cuando la noche expropie la luz, para que cada palabra se convierta en un beso y cada oración, en una caricia. Guardaré mi amor para cuando el Gobierno me permita contagiarlo a la dama que quiero.
Eugenio-Jesús de Ávila
Domingo, 15 de marzo de 2020. ¿Por quién doblan las campanas? No se escuchó ese rotundo sonido metálico de las campanas de nuestras iglesias. Zamora, sin ese repicar en domingos y fiestas de guardar, parece como si hubiera sufrido un golpe de Estado de Unidas Podemos. No. El comunismo todavía no cerró los templos zamoranos. La autoridad eclesial decidió clausurar iglesias y dejar la santa misa para la bonanza. Hoy, quien se muera y crea se irá al Cielo sin un funeral como Dios manda. Jornada ideal para que un ateo como un servidor deje de ser y de estar.
Hoy, no fue un domingo normal para mí, porque no desayuné con mi nieta, liturgia y rito que vengo realizando desde que tenía tres añitos. Entonces, jugábamos con sus muñequitos mientras degustaba una magnífica raqueta en la cafetería pastelería de Torrehermosa o Puerta de San Torcuato; ahora, discutimos de política y de su carrera, Medicina. Sobre la res pública, no nos ponemos de acuerdo. Es demasiado joven. A esa edad todavía se cree en ciertas ideologías. El tiempo te cura de esas demencias. La historia, no la memoria que es algo subjetivo, y la experiencia te descubren que tu verdad, que, durante muchos años de la vida, cuando eras un lerdo, un ágrafo, un analfabeto, era la mentira.
Atravesé San Torcuato para acudir a la oficina, donde trabajo y escribo, desde donde intento informar de lo poco que suceda en este segundo día del Estado de Alarma, y escribir, verbo que necesito conjugar todos los días en presente para sentir que existo, que todavía es pronto para morirse, porque hay gente que se distrae o emociona con mis textos. Y, además, recuerdo que este año, en los primeros días de junio, se cumplirá la primera década de El Día de Zamora, medio de comunicación que fundé después de que me echara el capitalista de La Voz de Zamora, que creé y dirigí durante tres años, porque me negué a escribir al dictado. A los pocos meses, tras una alianza con otro periódico gratuito, la entente del mal, cerró.
Confieso que, hace diez años, ni imaginaba que nuestra sociedad se vería sacudida por una pandemia. Me parecía argumento de películas de Hollywood, como la célebre “Outbreak”, aquí subtitulada, si mi memoria no me falla, “Ébola”, protagonizada por Dustin Hoffman. Finales de los 90, última década de la pasada centuria. Entonces, cuando la vi, en televisión, no me impresionó, porque la consideraba de ciencia ficción. Un cuarto de siglo después aquí tenemos una película de la que somos protagonistas. Quizá no mueran tantas personas como en el film, pero acojona, más por los que tenemos familia de cierta edad y amigos con problemas de pulmón, diabetes y enfermedades más graves.
También fue un domingo sin asambleas de cofradías y hermandades, ni cañas ni vinos, con sus correspondientes pinchos y tapas; sin conversaciones, sentados en una terraza o en el interior de bares y cafeterías, ni fútbol ni deporte. Nosotros, zamoranos, españoles todos, con ese querencia visceral por devorar calles y plazas, por patearlas con el corazón, por bebernos cada segunda de vida, por respirar cada burbuja de oxígeno al aire libre, nos sentimos como en una cárcel sin barrotes, como en una prisión sin alcaide, como protagonistas de aquella célebre película surrealista de Buñuel, “El ángel exterminador”, a los que nadie impedía salir de aquel palacete mexicano, pero jamás accedían a la calle.
Y los que amamos a una mujer, la extrañaremos, la intuiremos, la adoraremos a distancia. En mi caso, escribiré, cuando la noche expropie la luz, para que cada palabra se convierta en un beso y cada oración, en una caricia. Guardaré mi amor para cuando el Gobierno me permita contagiarlo a la dama que quiero.
Eugenio-Jesús de Ávila




















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