Miércoles, 11 de Febrero de 2026

Redacción
Lunes, 16 de Marzo de 2020
OPINIÓN

El quinto jinete

Óscar de Prada López

[Img #36308]Cuenta el transalpino Bocaccio en “El Decamerón” los avatares de un grupo heterogéneo de personas, fugitivas de una epidemia de peste bubónica en la Florencia medieval. Como se ve, también los antiguos tenían sus métodos para escurrir el bulto o burlar -en la medida de lo posible- cualquier mal aciago del cuerpo. Más o menos lo que están haciendo muchos ahora, huyendo de las grandes urbes hacia la España Vaciada en busca de una mayor seguridad sanitaria. Y es que nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena.

 

Según el Apocalipsis de San Juan, los cuatro jinetes eran Conquista, Guerra, Hambre y Muerte. Dada la repercusión que está cobrando el coronavirus, igual cabría verlo como el quinto Beatle de una conjunción mortífera. Por ponerle una denominación, llamémoslo Enfermedad. Sea cual sea (lepra, peste, cólera, fiebre amarilla, tifus, sarampión, SIDA, gripe aviar, cáncer, SARS, ébola, zika, etc.), todas las susodichas tienen el mismo objetivo. Hacen saltar la salud y la tranquilidad colectiva por los aires, haciendo que todos se sientan igual de vulnerables y expuestos. En ese sentido, las epidemias obran el peculiar milagro de la humildad junto a la necedad egoísta del PQY (“¿Por qué yo?”).

 

Es extraño que nadie constate cómo la actividad humana puede paralizarse por completo y el mundo sigue girando por sí mismo. Ignorante y desentendido de la suerte que corramos, considerando cuán probable es nuestro destino de ser polvo tornadizo. Atrincherados tras nuestros teclados y pantallas, viendo el mundo a través de la ventana o de la TV, diríase que nos hemos autoimpuesto la caverna platónica. Todo con tal de escapar a algo que nos puede alcanzar, a fin de cuentas. Ningún hombre es una isla en estos tiempos de redes sociales en ebullición, viajes intercontinentales rasgando los cielos y pandemias a escala global. Vivir con temor no es malo, lo malo es temer vivir.

 

Lo que está claro es que no hace falta un asteroide desbocado o una cadena de seísmos para generar el mayor caos concebible. Sin hacer ruido y sin anunciarse, el coronavirus nos ha impactado de lleno y hecho diana con singular efecto. Habrá que ver a cuánto asciende la factura entre suspensiones y aplazamientos; aquí no cabe hacer un simpa y, hasta que el rabo pasa, todo es toro. Muchos comprobarán ahora hasta qué punto son eficaces aquellos a los que votaron. Cuando está en juego la vida de millones, más de uno puede ser encumbrado o humillado. Al final, no hay mal que por bien no venga.

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.