ZAMORANA
Repercusiones personales del COVID 19
Estamos viviendo un escenario extraño, una situación con la que no contábamos incluso los más escépticos entre los que me encuentro; pensábamos que nunca iba a llegar, seguramente debido a la confianza o a la inconsciencia; parecía que el virus se iba a quedar en aquellas tierras asiáticas tan lejanas a las nuestras y, en el fondo, nosotros los europeos, acomodados e instalados en una situación de bienestar de la que llevamos gozando mucho tiempo, pensábamos que seríamos inmunes a tal virus. Sin embargo, cuando el gobierno ha tomado la medida de aplicar el Estado de Alarma, ahora que nos obligan a permanecer en nuestras casas, la sensación es muy diferente. Psicológicamente me siento encerrada, enclaustrada, agobiada, asustada; a mí que me gusta la soledad y el confinamiento voluntario para pensar, recapacitar o escribir, me encuentro ahora impotente, el pensamiento se desazona, las musas me han eludido, y no hago otra cosa que mirar instintivamente por la ventana boqueando por un poco de aire fresco que parece que nos falta.
Las relaciones familiares cuando se nos obliga a permanecer en un espacio cerrado durante bastante tiempo, también se resienten, sobre todo porque valoramos la importancia de la libertad, el poder movernos a nuestro antojo y no estar pendientes de compartir los mismos espacios durante todo el tiempo; incluso con la persona que amamos, se anhela una autonomía que nos cortan momentáneamente y eso se resiente mucho en este momento porque las relaciones de pareja están configuradas en muchos casos en una especie de relevo doméstico, encuentros rápidos con los cónyuges, un hola y adiós entre trabajos de ambos, compromisos con amigos, reuniones, hijos..
Por otra parte la ciudad ha perdido vida, está en silencio, poca gente caminando, algunos paseando al perrito, otros con bolsas de comida, alguien que va o vuelve del trabajo y poco más. Los autobuses y metros están semivacíos, el desierto urbano es casi total en esta urbe cosmopolita abierta al mundo, acogedora con los que llegan, que a nadie cierra sus brazos... por eso el espectáculo resulta tan insólito.
Me he propuesto aprovechar este tiempo para reanudar la relación con familiares y amigos dispersos por la geografía española, personas queridas que a veces relegamos debido a las actividades diarias que consumen nuestro tiempo y así he decidido coger el teléfono y mantener esas largas conversaciones que tanto añoraba y he descubierto que son un antídoto perfecto contra la soledad, sirven para calmar la inquietud y, al mismo tiempo, restablecen esos nexos que resultan tan necesarios sobre todo cuando al otro lado del hilo telefónico hay personas mayores con las que apenas tenemos trato y tanto necesitan de un poco de conversación.
En cuanto al aspecto práctico, he desinfectado la casa, cambiado los armarios, movilizado muebles, limpiado estanterías y he aprovechado también para deshacerme de aquellos tastos inútiles que uno va acumulando a lo largo del tiempo. Esta especie de catarsis epidemiológica me ha servido para tomar conciencia de lo fútil que resultan las cosas innecesarias, tantos objetos que se guardan porque sí, sin hacer una revisión periódica para ir limpiando o quitando lo intrascendente y quedarnos solo con lo fundamental: ordenar los escritos, archivar, etiquetar los documentos correctamente en carpetas para que estén claros a la vista ha sido una ocupación que me ha permitido descubrir pequeños tesoros: esa carta que una vez recibí y tanto me emocionó, el dibujo de mi hija pequeña en sus primeros años de colegio, el esbozo de lo que un día pensé que sería mi anhelada casa en el pueblo... pequeños tesoros que han salido a la luz y han arropado mi obsesión de encierro; es como si me hubieran abierto al mundo retazos de un pasado que tanto significó para mí.
Hemos de seguir confinados en casa, y como no tenemos costumbre, es posible que surja de nuevo el agobio, la hartura, la ansiedad o el desasosiego; confiemos en seguir las indicaciones y descubrir que aún dentro del hogar, hay un sinfín de ocupaciones y distracciones que todavía debemos descubrir para hacer más llevadera esta crisis.
Mª Soledad Martín Turiño
Estamos viviendo un escenario extraño, una situación con la que no contábamos incluso los más escépticos entre los que me encuentro; pensábamos que nunca iba a llegar, seguramente debido a la confianza o a la inconsciencia; parecía que el virus se iba a quedar en aquellas tierras asiáticas tan lejanas a las nuestras y, en el fondo, nosotros los europeos, acomodados e instalados en una situación de bienestar de la que llevamos gozando mucho tiempo, pensábamos que seríamos inmunes a tal virus. Sin embargo, cuando el gobierno ha tomado la medida de aplicar el Estado de Alarma, ahora que nos obligan a permanecer en nuestras casas, la sensación es muy diferente. Psicológicamente me siento encerrada, enclaustrada, agobiada, asustada; a mí que me gusta la soledad y el confinamiento voluntario para pensar, recapacitar o escribir, me encuentro ahora impotente, el pensamiento se desazona, las musas me han eludido, y no hago otra cosa que mirar instintivamente por la ventana boqueando por un poco de aire fresco que parece que nos falta.
Las relaciones familiares cuando se nos obliga a permanecer en un espacio cerrado durante bastante tiempo, también se resienten, sobre todo porque valoramos la importancia de la libertad, el poder movernos a nuestro antojo y no estar pendientes de compartir los mismos espacios durante todo el tiempo; incluso con la persona que amamos, se anhela una autonomía que nos cortan momentáneamente y eso se resiente mucho en este momento porque las relaciones de pareja están configuradas en muchos casos en una especie de relevo doméstico, encuentros rápidos con los cónyuges, un hola y adiós entre trabajos de ambos, compromisos con amigos, reuniones, hijos..
Por otra parte la ciudad ha perdido vida, está en silencio, poca gente caminando, algunos paseando al perrito, otros con bolsas de comida, alguien que va o vuelve del trabajo y poco más. Los autobuses y metros están semivacíos, el desierto urbano es casi total en esta urbe cosmopolita abierta al mundo, acogedora con los que llegan, que a nadie cierra sus brazos... por eso el espectáculo resulta tan insólito.
Me he propuesto aprovechar este tiempo para reanudar la relación con familiares y amigos dispersos por la geografía española, personas queridas que a veces relegamos debido a las actividades diarias que consumen nuestro tiempo y así he decidido coger el teléfono y mantener esas largas conversaciones que tanto añoraba y he descubierto que son un antídoto perfecto contra la soledad, sirven para calmar la inquietud y, al mismo tiempo, restablecen esos nexos que resultan tan necesarios sobre todo cuando al otro lado del hilo telefónico hay personas mayores con las que apenas tenemos trato y tanto necesitan de un poco de conversación.
En cuanto al aspecto práctico, he desinfectado la casa, cambiado los armarios, movilizado muebles, limpiado estanterías y he aprovechado también para deshacerme de aquellos tastos inútiles que uno va acumulando a lo largo del tiempo. Esta especie de catarsis epidemiológica me ha servido para tomar conciencia de lo fútil que resultan las cosas innecesarias, tantos objetos que se guardan porque sí, sin hacer una revisión periódica para ir limpiando o quitando lo intrascendente y quedarnos solo con lo fundamental: ordenar los escritos, archivar, etiquetar los documentos correctamente en carpetas para que estén claros a la vista ha sido una ocupación que me ha permitido descubrir pequeños tesoros: esa carta que una vez recibí y tanto me emocionó, el dibujo de mi hija pequeña en sus primeros años de colegio, el esbozo de lo que un día pensé que sería mi anhelada casa en el pueblo... pequeños tesoros que han salido a la luz y han arropado mi obsesión de encierro; es como si me hubieran abierto al mundo retazos de un pasado que tanto significó para mí.
Hemos de seguir confinados en casa, y como no tenemos costumbre, es posible que surja de nuevo el agobio, la hartura, la ansiedad o el desasosiego; confiemos en seguir las indicaciones y descubrir que aún dentro del hogar, hay un sinfín de ocupaciones y distracciones que todavía debemos descubrir para hacer más llevadera esta crisis.
Mª Soledad Martín Turiño




















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