COVID 19
Cuarto día del Estado de Alarma: el silencio roto por el trino de los pájaros
Cuarto día del Estado de Alarma. Cuarto día que contemplo mi ciudad, la del alma, casi vacía, y cuarto día en el que me he encontrado con ancianos que no iban a parte alguna, que desafiaban la autoridad, que rompían con la solidaridad debida. Fue otra mañana como la del lunes, pero con más luz, sin lluvia, sosa. Al llegar a la Plaza Mayor, me detuve. Iba con mi can, Zorba, que se halla en estado de amo. Entonces, percibí un sonido que, en un día de diario normal, cuando los coches, las camionetas de reparto y la gente surcan calles y aceras de Zamora, que mis oídos no perciben: trinaban los pajarillos. Creí que paseaba por un bosque. Jugaban entre los arbolitos, ajenos a las cuitas humanas. Se buscaban para amarse. En este umbral de la primavera, la naturaleza procrea: las flores se visten con sus mejores vestidos, como si exhibieran modelos de Balenciaga, para convocar a las abejitas, celestinas del néctar, alcahuetas del polen; Eolo, que huele a sexo, hace el amor con los brotes de los árboles, con la arenisca de las rocas, a las que cabalga en su corcel de viento; las nubes copulan con el sol sobre el lecho de la atmósfera…Eros se impone. ¡Creced y multiplicaos!
Zamora, como escribo, parece una ciudad de cartón-piedra, un escenario de película de ciencia ficción. La moda de primavera le exige a los maniquíes que la saque de paseo. Americanas y vestidos necesitan cuerpos, bellos y hermosos, de hombres y mujeres, para rimar con la luz de la pasión. No hay nadie en las tiendas. La gente pasa, como sonámbula, sorda y ciega, caminando hacia ninguna parte. Y yo pienso en los pequeños empresarios de esos comercios, en su futuro, en cómo les castigará este Estado de Alarma, este estado de vacío, de no saber por qué ha pasado, de desconocer por qué la autoridad política tardo tanto en reaccionar. Y pienso también en cuándo editaré el próximo periódico de El Día de Zamora, que, como otros años, vendría protagonizado por la Semana Santa, si bien con textos distintos, diferentes, alejados de la cursilería que preside otras publicaciones en prensa escrita y digitales. Y no sé qué hacer. No quiero robarles otro barquito de papel en este finiquito de marzo e inicio de abril. Me niego a que naufraguen tantas palabras en este estanque de coronavirus.
Mientras avanzan los días y el silencio suena, me entretendré con los trinos de los gorriones de Zamora, pajarillos humildes, obreros de los nidos, proletariado de las alas. Se va muriendo el cuarto día del Estado de Alerta. El presidente habló. Y yo, un pobre autónomo, no he encontrado alivio a mis heridas económicas en sus palabras. Los políticos siempre mienten. Todos. La mentira, como afirmó Lenin, es un arma revolucionaria. De hecho, hay mucha prensa, televisiones y emisoras que son de izquierdas. ¿Me explico?
Eugenio-Jesús de Ávila
Fotografía: Plaza Mayor sobre la una de la tarde (Pedro Ladoire)
Cuarto día del Estado de Alarma. Cuarto día que contemplo mi ciudad, la del alma, casi vacía, y cuarto día en el que me he encontrado con ancianos que no iban a parte alguna, que desafiaban la autoridad, que rompían con la solidaridad debida. Fue otra mañana como la del lunes, pero con más luz, sin lluvia, sosa. Al llegar a la Plaza Mayor, me detuve. Iba con mi can, Zorba, que se halla en estado de amo. Entonces, percibí un sonido que, en un día de diario normal, cuando los coches, las camionetas de reparto y la gente surcan calles y aceras de Zamora, que mis oídos no perciben: trinaban los pajarillos. Creí que paseaba por un bosque. Jugaban entre los arbolitos, ajenos a las cuitas humanas. Se buscaban para amarse. En este umbral de la primavera, la naturaleza procrea: las flores se visten con sus mejores vestidos, como si exhibieran modelos de Balenciaga, para convocar a las abejitas, celestinas del néctar, alcahuetas del polen; Eolo, que huele a sexo, hace el amor con los brotes de los árboles, con la arenisca de las rocas, a las que cabalga en su corcel de viento; las nubes copulan con el sol sobre el lecho de la atmósfera…Eros se impone. ¡Creced y multiplicaos!
Zamora, como escribo, parece una ciudad de cartón-piedra, un escenario de película de ciencia ficción. La moda de primavera le exige a los maniquíes que la saque de paseo. Americanas y vestidos necesitan cuerpos, bellos y hermosos, de hombres y mujeres, para rimar con la luz de la pasión. No hay nadie en las tiendas. La gente pasa, como sonámbula, sorda y ciega, caminando hacia ninguna parte. Y yo pienso en los pequeños empresarios de esos comercios, en su futuro, en cómo les castigará este Estado de Alarma, este estado de vacío, de no saber por qué ha pasado, de desconocer por qué la autoridad política tardo tanto en reaccionar. Y pienso también en cuándo editaré el próximo periódico de El Día de Zamora, que, como otros años, vendría protagonizado por la Semana Santa, si bien con textos distintos, diferentes, alejados de la cursilería que preside otras publicaciones en prensa escrita y digitales. Y no sé qué hacer. No quiero robarles otro barquito de papel en este finiquito de marzo e inicio de abril. Me niego a que naufraguen tantas palabras en este estanque de coronavirus.
Mientras avanzan los días y el silencio suena, me entretendré con los trinos de los gorriones de Zamora, pajarillos humildes, obreros de los nidos, proletariado de las alas. Se va muriendo el cuarto día del Estado de Alerta. El presidente habló. Y yo, un pobre autónomo, no he encontrado alivio a mis heridas económicas en sus palabras. Los políticos siempre mienten. Todos. La mentira, como afirmó Lenin, es un arma revolucionaria. De hecho, hay mucha prensa, televisiones y emisoras que son de izquierdas. ¿Me explico?
Eugenio-Jesús de Ávila
Fotografía: Plaza Mayor sobre la una de la tarde (Pedro Ladoire)

















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