COVID 19
Reflexiones sobre la alerta del alma
![[Img #36399]](http://eldiadezamora.es/upload/images/03_2020/9912_soledad.jpg)
Estoy solo, pero me ha dejado la soledad. No hay nadie cerca de mí, pero mi can me mira, me guiña el ojo y me lame las manos. Zamora está sola. La ciudad del Romancero huele a…nada. Eolo juega con las calles a la tula. Toca y se va. Los árboles se pintan de verde para que los pajarillos construyan sus nidos de esperanza. Los perros ya ni ladran. El mío no olvida el camino hacia el trabajo. Extraña caricias y piropos femeninos. Yo también extraño el amor. Necesito que me quieran en cuerpo, aunque sepan que me adoran en el alma.
Escribo porque mi cautiverio solo se cumple a media jornada. Mantengo el privilegio de salir. Todas las mañanas, a primera hora, camino hacia mi oficina. Como resulta característico en mi persona, mi ritmo es veloz. No me detengo. Se me ha olvidado decir “buenos días” y “adiós”. No puedo abrazar a nadie. Tendré que rodear a un chopo de la plaza del Cuartel Viejo para sentir que sé querer.
A veces, creo que solo existe la gente con la que me cruzo, que las casas se hallan vacías, que no me puedo morir ahora, que nadie me llorará, que no tendré ni esquela, que me iré en silencio, sin que suene “Romanza”, de Salvador de Bacarisse. Ahora, una vez yerto, ¡qué más da la vida! Y reflexiono sobre mi ausencia, ahora, cuando vivo un destierro interior, una privación social, un dolor externo, un vivir del revés. Y siento que nada cambiará cuando falte yo. Porque morir también debe ser un Estado de Alarma para el alma, un robo de calles, de gente, de plataneros de ciudad, de saludos, de sentimientos, de amor melancólico…
Cuando, casi al alba, abandono mi casa rumbo al trabajo, siento que yo he muerto o ha fallecido la vida. San Torcuato se me parece al cementerio de San Atilano y la Plaza Mayor el cenotafio de lo que fue mi ciudad.
Eugenio-Jesús de Ávila
![[Img #36399]](http://eldiadezamora.es/upload/images/03_2020/9912_soledad.jpg)
Estoy solo, pero me ha dejado la soledad. No hay nadie cerca de mí, pero mi can me mira, me guiña el ojo y me lame las manos. Zamora está sola. La ciudad del Romancero huele a…nada. Eolo juega con las calles a la tula. Toca y se va. Los árboles se pintan de verde para que los pajarillos construyan sus nidos de esperanza. Los perros ya ni ladran. El mío no olvida el camino hacia el trabajo. Extraña caricias y piropos femeninos. Yo también extraño el amor. Necesito que me quieran en cuerpo, aunque sepan que me adoran en el alma.
Escribo porque mi cautiverio solo se cumple a media jornada. Mantengo el privilegio de salir. Todas las mañanas, a primera hora, camino hacia mi oficina. Como resulta característico en mi persona, mi ritmo es veloz. No me detengo. Se me ha olvidado decir “buenos días” y “adiós”. No puedo abrazar a nadie. Tendré que rodear a un chopo de la plaza del Cuartel Viejo para sentir que sé querer.
A veces, creo que solo existe la gente con la que me cruzo, que las casas se hallan vacías, que no me puedo morir ahora, que nadie me llorará, que no tendré ni esquela, que me iré en silencio, sin que suene “Romanza”, de Salvador de Bacarisse. Ahora, una vez yerto, ¡qué más da la vida! Y reflexiono sobre mi ausencia, ahora, cuando vivo un destierro interior, una privación social, un dolor externo, un vivir del revés. Y siento que nada cambiará cuando falte yo. Porque morir también debe ser un Estado de Alarma para el alma, un robo de calles, de gente, de plataneros de ciudad, de saludos, de sentimientos, de amor melancólico…
Cuando, casi al alba, abandono mi casa rumbo al trabajo, siento que yo he muerto o ha fallecido la vida. San Torcuato se me parece al cementerio de San Atilano y la Plaza Mayor el cenotafio de lo que fue mi ciudad.
Eugenio-Jesús de Ávila




















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