LITERATURA
Ficción policiaca
Las historias detectivescas preceden a los detectives y los investigadores clásicos. Sin ir más lejos, uno de los primeros ejemplos de ficción detectivesca se encuentra en la Biblia, más precisamente en los evangelios apócrifos. Se trata del relato de “Susana y los ancianos”, donde Daniel interroga a una serie de testigos con el objetivo de descubrir a los responsables de un asesinato. Pero el primer ejemplo de ficción detectivesca, como tantas otras cosas, hay que buscarlo en Grecia, más concretamente en “Edipo rey", de Sófocles, compuesto alrededor del 430 a.C. Ya en una época en donde la razón comenzaba a valorarse de otro modo, apareció un ejemplo temprano de la ficción detectivesca: “Zadig ou la Destinée”, de Voltaire. Luego llegaría Mademoiselle, de Scuder Scuderi, en la cual una dama establece la inocencia de un sospechoso acusado del asesinato de un joyero.
Está generalmente aceptado que, aunque sus antecedentes se remontan más atrás en el tiempo, el género policíaco como tal nació en el siglo XIX de la mano de Edgar Allan Poe, al crear al detective Auguste Dupin en su relato “Los crímenes de la Calle Morgue”. Dupin fue el primer detective de ficción, el cual sirvió de modelo a Arthur Conan Doyle para dar vida al “más famoso detective de todos los tiempos”: Sherlock Holmes; ese extrovertido, presuntuoso, egocéntrico y engreído victoriano, célebre por su gorro de cazador de ciervos, su lupa, su pipa y su violín. Doyle, junto a Agatha Christie, comúnmente conocida como la dama del misterio o la reina del crimen, calificada por el Guinnes de los Récords como la novelista más vendida de todos los tiempos, sólo equiparable en cifras a Shakespeare y a la Biblia, fundaron lo que se conocería como la escuela británica de novela policíaca.
Hasta donde se conoce, Agatha Christie relató en su propia autobiografía como comenzó a escribir gracias a una gripe soporífera. Es la autora individual más traducida del planeta, ya que cuenta con ediciones en al menos 103 idiomas. Publicó 66 novelas policiales y detectivescas y 14 antologías, también se atrevió con el género rosa con seis obras bajo el pseudónimo de Mary Westmacott e hizo sus pinitos como autora teatral con las magníficas Testigo de cargo y La ratonera. Esta última lleva representándose ininterrumpidamente desde 1952, constituyendo una de las obras teatrales de mayor éxito en la literatura universal. Ante estas cifras, se comprende que el ex primer ministro británico, y premio Nobel de Literatura, Winston Churchill dijera de ella que “era la mujer que ha sacado más partido al crimen desde Lucrecia Borgia”.
En el siglo XIX ya se habían creado los primeros cuerpos estatales de policía en las áreas metropolitanas: no tardaron en tener mala reputación porque no sabían hacer frente a los numerosos problemas de inseguridad. Por ello, los policías estaban, en general, mal considerados. Esta pobre impresión se trasladó en primera instancia a la literatura policíaca: los detectives eran superiores a sus denostados colegas policiales en sagacidad y altura intelectual. El detective, ante todo un “caballero” (de exquisita ética y moral), jamás entraba en la policía. Su mayor motivación consistía en experimentar la íntima satisfacción de haber resuelto un caso difícil para así eludir la monotonía y el tedio de la vida. La literatura policíaca recogió, asimismo, otros avances decimonónicos como el desarrollo de la ciencia criminalística o el fin de la tortura como medio para obtener confesiones de culpabilidad. Ahora, para probar un delito, había que reunir, cotejar y ordenar pruebas.
© Emilia Casas Fernández.
Las historias detectivescas preceden a los detectives y los investigadores clásicos. Sin ir más lejos, uno de los primeros ejemplos de ficción detectivesca se encuentra en la Biblia, más precisamente en los evangelios apócrifos. Se trata del relato de “Susana y los ancianos”, donde Daniel interroga a una serie de testigos con el objetivo de descubrir a los responsables de un asesinato. Pero el primer ejemplo de ficción detectivesca, como tantas otras cosas, hay que buscarlo en Grecia, más concretamente en “Edipo rey", de Sófocles, compuesto alrededor del 430 a.C. Ya en una época en donde la razón comenzaba a valorarse de otro modo, apareció un ejemplo temprano de la ficción detectivesca: “Zadig ou la Destinée”, de Voltaire. Luego llegaría Mademoiselle, de Scuder Scuderi, en la cual una dama establece la inocencia de un sospechoso acusado del asesinato de un joyero.
Está generalmente aceptado que, aunque sus antecedentes se remontan más atrás en el tiempo, el género policíaco como tal nació en el siglo XIX de la mano de Edgar Allan Poe, al crear al detective Auguste Dupin en su relato “Los crímenes de la Calle Morgue”. Dupin fue el primer detective de ficción, el cual sirvió de modelo a Arthur Conan Doyle para dar vida al “más famoso detective de todos los tiempos”: Sherlock Holmes; ese extrovertido, presuntuoso, egocéntrico y engreído victoriano, célebre por su gorro de cazador de ciervos, su lupa, su pipa y su violín. Doyle, junto a Agatha Christie, comúnmente conocida como la dama del misterio o la reina del crimen, calificada por el Guinnes de los Récords como la novelista más vendida de todos los tiempos, sólo equiparable en cifras a Shakespeare y a la Biblia, fundaron lo que se conocería como la escuela británica de novela policíaca.
Hasta donde se conoce, Agatha Christie relató en su propia autobiografía como comenzó a escribir gracias a una gripe soporífera. Es la autora individual más traducida del planeta, ya que cuenta con ediciones en al menos 103 idiomas. Publicó 66 novelas policiales y detectivescas y 14 antologías, también se atrevió con el género rosa con seis obras bajo el pseudónimo de Mary Westmacott e hizo sus pinitos como autora teatral con las magníficas Testigo de cargo y La ratonera. Esta última lleva representándose ininterrumpidamente desde 1952, constituyendo una de las obras teatrales de mayor éxito en la literatura universal. Ante estas cifras, se comprende que el ex primer ministro británico, y premio Nobel de Literatura, Winston Churchill dijera de ella que “era la mujer que ha sacado más partido al crimen desde Lucrecia Borgia”.
En el siglo XIX ya se habían creado los primeros cuerpos estatales de policía en las áreas metropolitanas: no tardaron en tener mala reputación porque no sabían hacer frente a los numerosos problemas de inseguridad. Por ello, los policías estaban, en general, mal considerados. Esta pobre impresión se trasladó en primera instancia a la literatura policíaca: los detectives eran superiores a sus denostados colegas policiales en sagacidad y altura intelectual. El detective, ante todo un “caballero” (de exquisita ética y moral), jamás entraba en la policía. Su mayor motivación consistía en experimentar la íntima satisfacción de haber resuelto un caso difícil para así eludir la monotonía y el tedio de la vida. La literatura policíaca recogió, asimismo, otros avances decimonónicos como el desarrollo de la ciencia criminalística o el fin de la tortura como medio para obtener confesiones de culpabilidad. Ahora, para probar un delito, había que reunir, cotejar y ordenar pruebas.
© Emilia Casas Fernández.




















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