Eugenio de Ávila
Viernes, 20 de Marzo de 2020
COVID-19

Dedicado a los sujetos que desprecian la orden del Gobierno de quedarnos en casa

[Img #36535]Jamás me colé en una fila del cine, de un estadio de fútbol, de cualquier espectáculo. Nunca saqué partido de privilegios que pude obtener de mi trabajo o cargo. Nunca copié un examen. Porque lo consideraba no un engaño al profesor, sino una traición a mí mismo, a mi ética.

 El Estado de Alerta ha puesto en evidencia a numerosas personas, si bien la gran mayoría de los ciudadanos respetan las consignas del Gobierno, aunque no hayamos votado ni al PSOE, ni mucho menos a Unidas Podemos, una fuerza que ha viajado en el tiempo, desde el ecuador del siglo XIX o 1917, hay individuos que van de privilegiados, de casta distinta, de personas geniales, que se burlan, no ya del ejecutivo de la nación, sino de todos los que nos quedamos en casa, salvo para ir al trabajo, porque la autoridad sanitaria afirma que esa forma de proceder favorece  extinción de la pandemia.

Pues hete aquí que yo tengo, entre los miembros de mi familia y amistades, este tipo de personajes, para los que la palabra solidaridad no significa absolutamente nada, porque ellos, como digo, forman parte de una elite que considera al resto de humanos, a los que nos quedamos en casa, como seres inferiores.

He escrito sobre estos sujetos, huérfanos de ética, ególatras, narcisos, hace unos días, pero hoy me he vuelto a enfadar porque en mi familia no se me ha hecho ni puto caso. Un día y otro día advertí que no se podía salir a la calle, excepción hecha de una serie de casos concretos: ir al trabajo, sacar al can para que haga sus necesidades y comprar. Pero, como esta gente es superior a los somos apenas nada, se mofan y ofrecen argumentos ridículos como que “vengo a ver a mi madre, a tirar la basura, en un contenedor a kilómetro y medio de su casa, o que, simplemente, se aburría”. Y un servidor se enoja, y se encabrona, y se sulfura, porque, por esas mismas razones, todos aquellos a los que les invade el tedio de permanecer en sus hogares día y noche, de la ducha, al desayuno, de la mesa, al salón, de la tele a la radio y a la prensa nacional, porque la local da pena, y a la cama, cuando llega la hora bruja, saldrían a las rúas y plazas. Imaginemos. ¿Qué sucedería si todos aquellos a los que les devora el hastío por tantas jornadas encerrados, decidiesen darse un garbeo por la ciudad, salir a correr, a caminar para bajar el cocido o la fabada; a dar un paseo y ver tiendas con ropa y calzado para la primavera, que nos llegó en casa, sin darnos cuenta, sin percibirla en el aire, en los jardines. Pues todas las fuerzas del orden público se verían desbordadas y daría lugar a rotundos enfrentamientos y a poderosas revueltas sociales.

Cuando el coronavirus sea derrotado, ajustaré cuentas con esta gente abyecta, insolidaria y asocial. Una nación se quiebra cuando estos personajes toman el poder. ¡Qué ejemplo da a la ciudadanía el tal Pablo Iglesias que, con su mujer contagiada, asistió a un Consejo de Ministros y comparece ante la prensa madrileña! Este sí que es casta aparte, un modelo de comunista, de Lenin de pacotilla, un dictador en potencia, un narciso unidimensional.

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