COVID-19
La mentira política y el coronavirus
En cualquier nación seria, civilizada, democrática, que no sean monarquías comunistas, como la de Corea del Norte y Cuba, gigantesco lupanar, que no sea España, sucedáneo de democracia, mentir se castiga al ostracismo para cualquier político, el finiquito de su carrera en la res pública.
Recuerdo la confesión, con dos huevos –perdón por la expresión, pero estoy muy enojado- del tal Maragall, cuando era alcalde de Barcelona o presidente de la Generalidad, que realizó en R.N.E. a Carlos Herrera: “Un político nunca debe decir la verdad”. No sucedió nada. Aquí, en España, o lo que quedará de ella después de esta pandemia, se premió y se condecora la mentira con presidencias de Gobierno. Ahí tenemos, tan guapo y alto, a nuestro gran Pedro Sánchez, que, durante su campaña electoral, realizó todo un doctorado de cómo se incumplen las promesas. Con anterioridad, ya había mentido sobre su tesis doctoral. También Casado, que parece tan buena gente, se burló de la Universidad, y su amiga y correligionaria, la presidente de la Comunidad Madrileña, Cristina Cifuentes, demostró su pericia en este mundo del embuste pagado, un espectáculo que los españoles aplauden con efusión.
Mintieron los socialistas andaluces con los EREs, el mayor robo que jamás partido alguno realizó en Europa, aunque menos que el que Prieto y Negrín ejecutaron en plena Guerra Civil con los tesoros del Estado, para llevárselo a México en el yate “Vita”. En fin. Todos mienten. Solo se triunfa en política si se miente. Las universidades españolas deberían crear el grado de Mentiras, Embustes y derivados. Muchos jóvenes se matricularían y realizarían el doctorado.
Pero me temo que la mayor mentira, la gigantesca, se llama coronavirus. Este Gobierno y sus medios de comunicación, todos, menos un par de emisoras, tres periódicos, y alguna televisión que solo ve gente de edad, nos engañaron, nos mintieron, o, si se quiere, no nos dijeron la verdad. Se cachondearon de este pueblo español, que sigue siendo muy analfabeto, aunque sepa leer y escribir, pero desconoce su historia. Quizá tendrá su memoria, que es cosa subjetiva y de cada cual, pero desconoce cuál fue su pasado y, por lo tanto, no imagina cómo será su futuro. ..si es que este COVID no elimina a media nación.
Estos periodistas progres, que se creen de izquierdas, pero son unos conservadores de la peor laya, gente millonaria, se carcajaron de lo que sucedía en Italia en sus programas de televisión, se carcajearon del virus, quizá porque su nombre de pila fuese “corona”. Todos animaron al personal femenino a que acudiese en masa a las manifestaciones del 8 de marzo. Y el tal doctor Simón, tan loado, inició su ronda de ruedas de prensa de las mentiras, con lo que el personal salía de fiesta tan tranquilo.
También, los tontos de Vox, que se habían creído que este asunto de vida o muerte que nos legó China, con sus experimentos, una forma de hacer frente a la guerra comercial y tecnológica con USA, se montaron un mitin en Vista Alegre. Abascal y Ortega Smith, dos cándidos, contagiados. Dos conservadores que se creyeron las chanzas de los apóstoles de la felicidad Pedro y Pablo, dos almas de la progresía. Como esta derecha de nuestros pecados, mortales y veniales, no ha leído a Lenin, el San Pablo del marxismo, ignoraba aquello de que la mentira es un arma revolucionaria. Harían muy bien en acercarse acercarse al sociopata Illich Ulianov durante este confinamiento, pues conocerían cuál es el diseño de Iglesias para salir triunfante esta crisis.
Después de todo ese contubernio político, el pueblo empezó a contagiarse y los ciudadanos a morirse. Y, como no hay un solo estadista en toda la nación –el último, con todas sus corrupciones, se llamó Felipe González-, el coronavirus se ha ido imponiendo a la política. La nación percibe que con esta gente de la política, mentirosa, zafia y solo con talento para el mal, para construir edificios con vigas de mentira, no la guiará a la salud colectiva, sino que confía solo en los médicos, en las enfermeras, en los profesionales de la Sanidad, que claman porque no les llegan material, para acabar con este quinto jinete del apocalipsis.
Cuando hayan muerto muchos españoles, acontecerá una crisis económica descomunal, que un gobierno de esta simplicidad, más el sectarismo neocomunista de Unidas Podemos, jamás podrá, sin la cooperación de todos los partidos nacionales –los gobiernos vascos y catalán nunca apoyarán a la nación, solo ayudarán a hundirla- relanzar detener la sangría del desempleo y remontar. Habrá llegado el momento para que el talento, la capacidad y la inteligencia guíen a un pueblo atemorizado, pusilánime y desgarrado. Pero me temo que la mentira seguirá presidiendo, protagonizando y regentando la política española. Entonces, la ciudadanía, la honrada, la honesta, la solidaria, dejará su confinamiento para invadir las avenidas, calles y plazas y exigirá a los que la engañaron un tributo.
En cualquier nación seria, civilizada, democrática, que no sean monarquías comunistas, como la de Corea del Norte y Cuba, gigantesco lupanar, que no sea España, sucedáneo de democracia, mentir se castiga al ostracismo para cualquier político, el finiquito de su carrera en la res pública.
Recuerdo la confesión, con dos huevos –perdón por la expresión, pero estoy muy enojado- del tal Maragall, cuando era alcalde de Barcelona o presidente de la Generalidad, que realizó en R.N.E. a Carlos Herrera: “Un político nunca debe decir la verdad”. No sucedió nada. Aquí, en España, o lo que quedará de ella después de esta pandemia, se premió y se condecora la mentira con presidencias de Gobierno. Ahí tenemos, tan guapo y alto, a nuestro gran Pedro Sánchez, que, durante su campaña electoral, realizó todo un doctorado de cómo se incumplen las promesas. Con anterioridad, ya había mentido sobre su tesis doctoral. También Casado, que parece tan buena gente, se burló de la Universidad, y su amiga y correligionaria, la presidente de la Comunidad Madrileña, Cristina Cifuentes, demostró su pericia en este mundo del embuste pagado, un espectáculo que los españoles aplauden con efusión.
Mintieron los socialistas andaluces con los EREs, el mayor robo que jamás partido alguno realizó en Europa, aunque menos que el que Prieto y Negrín ejecutaron en plena Guerra Civil con los tesoros del Estado, para llevárselo a México en el yate “Vita”. En fin. Todos mienten. Solo se triunfa en política si se miente. Las universidades españolas deberían crear el grado de Mentiras, Embustes y derivados. Muchos jóvenes se matricularían y realizarían el doctorado.
Pero me temo que la mayor mentira, la gigantesca, se llama coronavirus. Este Gobierno y sus medios de comunicación, todos, menos un par de emisoras, tres periódicos, y alguna televisión que solo ve gente de edad, nos engañaron, nos mintieron, o, si se quiere, no nos dijeron la verdad. Se cachondearon de este pueblo español, que sigue siendo muy analfabeto, aunque sepa leer y escribir, pero desconoce su historia. Quizá tendrá su memoria, que es cosa subjetiva y de cada cual, pero desconoce cuál fue su pasado y, por lo tanto, no imagina cómo será su futuro. ..si es que este COVID no elimina a media nación.
Estos periodistas progres, que se creen de izquierdas, pero son unos conservadores de la peor laya, gente millonaria, se carcajaron de lo que sucedía en Italia en sus programas de televisión, se carcajearon del virus, quizá porque su nombre de pila fuese “corona”. Todos animaron al personal femenino a que acudiese en masa a las manifestaciones del 8 de marzo. Y el tal doctor Simón, tan loado, inició su ronda de ruedas de prensa de las mentiras, con lo que el personal salía de fiesta tan tranquilo.
También, los tontos de Vox, que se habían creído que este asunto de vida o muerte que nos legó China, con sus experimentos, una forma de hacer frente a la guerra comercial y tecnológica con USA, se montaron un mitin en Vista Alegre. Abascal y Ortega Smith, dos cándidos, contagiados. Dos conservadores que se creyeron las chanzas de los apóstoles de la felicidad Pedro y Pablo, dos almas de la progresía. Como esta derecha de nuestros pecados, mortales y veniales, no ha leído a Lenin, el San Pablo del marxismo, ignoraba aquello de que la mentira es un arma revolucionaria. Harían muy bien en acercarse acercarse al sociopata Illich Ulianov durante este confinamiento, pues conocerían cuál es el diseño de Iglesias para salir triunfante esta crisis.
Después de todo ese contubernio político, el pueblo empezó a contagiarse y los ciudadanos a morirse. Y, como no hay un solo estadista en toda la nación –el último, con todas sus corrupciones, se llamó Felipe González-, el coronavirus se ha ido imponiendo a la política. La nación percibe que con esta gente de la política, mentirosa, zafia y solo con talento para el mal, para construir edificios con vigas de mentira, no la guiará a la salud colectiva, sino que confía solo en los médicos, en las enfermeras, en los profesionales de la Sanidad, que claman porque no les llegan material, para acabar con este quinto jinete del apocalipsis.
Cuando hayan muerto muchos españoles, acontecerá una crisis económica descomunal, que un gobierno de esta simplicidad, más el sectarismo neocomunista de Unidas Podemos, jamás podrá, sin la cooperación de todos los partidos nacionales –los gobiernos vascos y catalán nunca apoyarán a la nación, solo ayudarán a hundirla- relanzar detener la sangría del desempleo y remontar. Habrá llegado el momento para que el talento, la capacidad y la inteligencia guíen a un pueblo atemorizado, pusilánime y desgarrado. Pero me temo que la mentira seguirá presidiendo, protagonizando y regentando la política española. Entonces, la ciudadanía, la honrada, la honesta, la solidaria, dejará su confinamiento para invadir las avenidas, calles y plazas y exigirá a los que la engañaron un tributo.




















Juan Olivera Rodríguez | Domingo, 22 de Marzo de 2020 a las 10:48:46 horas
Muy buen análisis de la sitruación.
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