ZAMORANA
Cuando llegue ese día
Volveremos a las calles, a las salidas, a los paseos, a las terrazas, al colegio y a los trabajos. Volverán los coches a pisar el asfalto y llegarán los temidos atascos. Regresará también la vida a la ciudad, se materializarán nuestras efusiones públicas: abrazos, besos, cogernos del brazo o de la mano, por las que los españoles tanto nos caracterizamos; regresará ese calor mediterráneo que sabemos poner a los días, porque nos gusta palpar la vida, acariciar, hablar en voz alta, disfrutar de las mil y una fiestas que se señalan en rojo y animan el calendario; nos emociona la buena comida, valoramos el chato de vino, la copa con amigos o la caña de cerveza y esto no es sino un lapsus hasta que nuestra vida pueda reanudarse.
Tal vez entonces valoremos más los abrazos y no tengamos reparos en expresar nuestro cariño en publico o en privado a los demás porque ningún virus nos lo impida. El día en que todo esto acabe, el primer día que podamos salir a la calle sin protección, atrás los guantes, las mascarillas y los geles desinfectantes, con la libertad de caminar a nuestro antojo sin restricciones, sin llevar un certificado que justifique nuestro desplazamiento, el día en que podamos por fin reunirnos, la celebración será más estrepitosa, el abrazo mucho más estrecho, el beso sin duda interminable; y de las reuniones con amigos y familia haremos una fiesta.
Cuando todo esto acabe, el día en que podamos llenar las terrazas, disfrutar de darnos la mano y caminar juntos paseando por el parque mientras gozamos de la primavera con su estallido de flores y color, entonces valoraremos cada rama, cada hoja, cada flor que se viste con sus mejores galas; valoraremos la vida que se renueva y no entiende de virus ni restricciones, porque el orden natural del cosmos no se detiene por un simple microbio, por muy letal que sea.
El día en que por fin se acabe todo esto y continuemos con la rutina de nuestras vidas como si nada hubiera pasado, cuando veamos a aquellas personas que tanto nos ayudaron en la cuarentena, tal vez una simple sonrisa de agradecimiento sirva para que no olvidemos la labor tan inmensa que nos procuraron cuando la situación era otra. Cuando acabe todo esto y acudamos a los hospitales para esas necesidades lógicas que todos precisaremos: una intervención, un alumbramiento, una terapia.... espero que contemplemos a los profesionales de la salud de otro modo, no seamos tan impacientes cuando haya que esperar en la urgencia o en la consulta y valoremos a los que llevan bata blanca o pijama vede, ya sin mascarilla ni guantes, ya reconociendo sus caras, ya pudiendo escuchar sus voces, porque ellos sí van a seguir ahí como han estado siempre.
Espero que esa misma sonrisa de complicidad se la dediquemos también al resto de personas que nos ayudaron, y que sea un poquito más amplia para que comprueben que no los hemos olvidado y que tanto valoramos su esfuerzo..
El día en que por fin acabe todo esto, habrá cambiado drásticamente la vida de muchas personas, habrá que hacer un duelo por aquellos que se fueron sin poder despedirlos, poner tal vez un altar o una lápida para recordarlos en un lugar preciso, llorar su ausencia y mantener su recuerdo.
Desde ese primer día en que ya, por fin, seamos libres, llevaremos una mochila a la espalda y muchas cosas tienen que variar en nuestra conducta diaria, mucho hemos de pensar sobre la fragilidad de la vida, como todo se puede torcer de un momento a otro de la manera mas inesperada y habremos de apreciar cada jornada, cada amanecer, cada puesta de sol... Esa mochila que hemos cargado a fuerza de duras experiencias durante esta cuarentena no la podemos abandonar en cualquier esquina porque cada una de las vivencias que depositamos en ella serán deberes para reflexionar, poner en valor, dar las gracias y comprobar que al fin, de una vez y esperemos que para siempre, esta pandemia la hemos superado.
Mª Soledad Martín Turiño
Volveremos a las calles, a las salidas, a los paseos, a las terrazas, al colegio y a los trabajos. Volverán los coches a pisar el asfalto y llegarán los temidos atascos. Regresará también la vida a la ciudad, se materializarán nuestras efusiones públicas: abrazos, besos, cogernos del brazo o de la mano, por las que los españoles tanto nos caracterizamos; regresará ese calor mediterráneo que sabemos poner a los días, porque nos gusta palpar la vida, acariciar, hablar en voz alta, disfrutar de las mil y una fiestas que se señalan en rojo y animan el calendario; nos emociona la buena comida, valoramos el chato de vino, la copa con amigos o la caña de cerveza y esto no es sino un lapsus hasta que nuestra vida pueda reanudarse.
Tal vez entonces valoremos más los abrazos y no tengamos reparos en expresar nuestro cariño en publico o en privado a los demás porque ningún virus nos lo impida. El día en que todo esto acabe, el primer día que podamos salir a la calle sin protección, atrás los guantes, las mascarillas y los geles desinfectantes, con la libertad de caminar a nuestro antojo sin restricciones, sin llevar un certificado que justifique nuestro desplazamiento, el día en que podamos por fin reunirnos, la celebración será más estrepitosa, el abrazo mucho más estrecho, el beso sin duda interminable; y de las reuniones con amigos y familia haremos una fiesta.
Cuando todo esto acabe, el día en que podamos llenar las terrazas, disfrutar de darnos la mano y caminar juntos paseando por el parque mientras gozamos de la primavera con su estallido de flores y color, entonces valoraremos cada rama, cada hoja, cada flor que se viste con sus mejores galas; valoraremos la vida que se renueva y no entiende de virus ni restricciones, porque el orden natural del cosmos no se detiene por un simple microbio, por muy letal que sea.
El día en que por fin se acabe todo esto y continuemos con la rutina de nuestras vidas como si nada hubiera pasado, cuando veamos a aquellas personas que tanto nos ayudaron en la cuarentena, tal vez una simple sonrisa de agradecimiento sirva para que no olvidemos la labor tan inmensa que nos procuraron cuando la situación era otra. Cuando acabe todo esto y acudamos a los hospitales para esas necesidades lógicas que todos precisaremos: una intervención, un alumbramiento, una terapia.... espero que contemplemos a los profesionales de la salud de otro modo, no seamos tan impacientes cuando haya que esperar en la urgencia o en la consulta y valoremos a los que llevan bata blanca o pijama vede, ya sin mascarilla ni guantes, ya reconociendo sus caras, ya pudiendo escuchar sus voces, porque ellos sí van a seguir ahí como han estado siempre.
Espero que esa misma sonrisa de complicidad se la dediquemos también al resto de personas que nos ayudaron, y que sea un poquito más amplia para que comprueben que no los hemos olvidado y que tanto valoramos su esfuerzo..
El día en que por fin acabe todo esto, habrá cambiado drásticamente la vida de muchas personas, habrá que hacer un duelo por aquellos que se fueron sin poder despedirlos, poner tal vez un altar o una lápida para recordarlos en un lugar preciso, llorar su ausencia y mantener su recuerdo.
Desde ese primer día en que ya, por fin, seamos libres, llevaremos una mochila a la espalda y muchas cosas tienen que variar en nuestra conducta diaria, mucho hemos de pensar sobre la fragilidad de la vida, como todo se puede torcer de un momento a otro de la manera mas inesperada y habremos de apreciar cada jornada, cada amanecer, cada puesta de sol... Esa mochila que hemos cargado a fuerza de duras experiencias durante esta cuarentena no la podemos abandonar en cualquier esquina porque cada una de las vivencias que depositamos en ella serán deberes para reflexionar, poner en valor, dar las gracias y comprobar que al fin, de una vez y esperemos que para siempre, esta pandemia la hemos superado.
Mª Soledad Martín Turiño




















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