DIARIO DEL ESTADO DE ALERTA
Si el coronavirus acabara con mi vida
Me pierdo en este Estado de Alarma. No encuentro una salida a este laberinto del coronavirus. Ya no sé si son 10 u 11 los días de confinamiento. Un servidor posee el privilegio de acudir a mi trabajo todas las mañanas, mientras el coronavirus o el Gobierno no me lo impidan. A las diez y algo, acompañado de mi can, salí de casa. Me encontré con un alto cargo de la Justicia de Zamora, una buena amiga mía. Cambiamos sentimientos de la situación de cada una de nuestras familias durante un minuto, a una distancia de más de tres metros. Ni ella ni yo portamos mascarilla. Cada cual, tras la conversación, tomó un camino distinto para llegar a nuestro destino: San Torcuato, en su caso, y Palomar, plaza del Cuartel Viejo, San Esteban, calle del Riego, Plaza Mayor y, por fin, Ramón Álvarez. Respecto a días anteriores, solo un matiz: hoy sí es un día de primavera. Ya dejé el abrigo en casa. Americana, chaleco y camisa, pero el cuello cerrado con una pajarita.
Poca información en el correo electrónico: la llegada a Zamora de militares para apoyar a las policías en labores de vigilancia, una aclaración de la Gerencia de Salud sobre el número de fallecidos por coronavirus en nuestra provincia, que son tres y no cuatro como se publicó ayer, y poco más.
Sobre la hora del Ángelus, siento que me pica a nariz. No toso. No tengo fiebre, o no la percibo. No sé si es la hipocondría, pero me pongo a pensar en un posible contagio de coronavirus y qué efectos tendría en mi persona. Me ofusco y pienso que el “bicho” acaba con mi vida. Y reflexiono sobre los más de 60 años que llevo sobre la faz de la tierra. Y me confieso a mí mismo. Y me digo que no he sido malo de todo, pero tampoco un alma grande. Que me amaron más que amé, que quizá quise más a quién no se portó de manera exquisita que a las féminas que me entregaron el cuerpo y esclavizaron su alma por mí, porque creyeron en mi persona, como hombre, como amante, como un todo. Hice daño. Y me lo causé, hasta sufrir, penar, llorar. No soy un don Juan incapaz de sentir.
Pude haber sido mejor padre y un hijo ejemplar. Me quedé a mitad de camino. No tuve complejos. No envidié. Batallé contra los malos, allá donde los encontré: política, periodismo, sociedad. Fui un poco Quijote. Siempre me quedé con los perdedores, con los humildes, con los buenos. Me jacto de haber tenido amigos maravillosos, que me dieron más que yo a ellos. Quizá fui, en determinados momentos de mi vida, altivo, pretencioso, arrogante. Lo siento. Con el tiempo, las enfermedades de alma desaparecen, se atemperan o se curan.
Y si me muriera hora, nadie me acompañaría. No habría pésames, ni entierro formal, ni misas, ni zarandajas, ni lágrimas, ni sonrisas, ni hipocresía en forma de sentimienos. Ideal. Y si me incineraran, que arrojasen mis cenizas cerca del Duero, pero no tanto que se mojaran; más bien entre los árboles que me hablarían con su idioma de clorofila y savia, mientras algún pajarillo, en un descanso de su vuelo, trinase melodías posado sobre las ramas.
Nunca quise ser nada. Llegué donde pude. Carecí de ambición. Solo deseé ser mejor persona de lo que soy. Amar con intensidad. Buscar la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, incluso en una gota de agua solitaria sobre el haz de una hoja, en un caracol con sus cuernos al sol, en la mirada de un can, en la caricia de tu amante, en la lágrima que no recogió ningún pañuelo, ni una sonrisa que la secara. Solo la poesía nos podría salvar del dolor de vivir. Si me fuera, no lloréis por mí. Recordad mis tonterías y reíros. Os quise.
Me servirá esta pandemia para pensar en la ucronía de mi vida, en dejar de ser para convertirme en nada, en por qué no fui una persona más sociable, más abierta a los demás, menos introspectiva. Si no logro atravesar este desierto de la pandemia, considero que no aporté nada a mi sociedad, ni familia, ni amigos.
No obstante, intentaré vencer también al coronavirus, sin rezar, sin llorar, sin lamentarme. Después, lo celebraremos con una orgía de belleza.
Eugenio-Jesús de Ávila
Me pierdo en este Estado de Alarma. No encuentro una salida a este laberinto del coronavirus. Ya no sé si son 10 u 11 los días de confinamiento. Un servidor posee el privilegio de acudir a mi trabajo todas las mañanas, mientras el coronavirus o el Gobierno no me lo impidan. A las diez y algo, acompañado de mi can, salí de casa. Me encontré con un alto cargo de la Justicia de Zamora, una buena amiga mía. Cambiamos sentimientos de la situación de cada una de nuestras familias durante un minuto, a una distancia de más de tres metros. Ni ella ni yo portamos mascarilla. Cada cual, tras la conversación, tomó un camino distinto para llegar a nuestro destino: San Torcuato, en su caso, y Palomar, plaza del Cuartel Viejo, San Esteban, calle del Riego, Plaza Mayor y, por fin, Ramón Álvarez. Respecto a días anteriores, solo un matiz: hoy sí es un día de primavera. Ya dejé el abrigo en casa. Americana, chaleco y camisa, pero el cuello cerrado con una pajarita.
Poca información en el correo electrónico: la llegada a Zamora de militares para apoyar a las policías en labores de vigilancia, una aclaración de la Gerencia de Salud sobre el número de fallecidos por coronavirus en nuestra provincia, que son tres y no cuatro como se publicó ayer, y poco más.
Sobre la hora del Ángelus, siento que me pica a nariz. No toso. No tengo fiebre, o no la percibo. No sé si es la hipocondría, pero me pongo a pensar en un posible contagio de coronavirus y qué efectos tendría en mi persona. Me ofusco y pienso que el “bicho” acaba con mi vida. Y reflexiono sobre los más de 60 años que llevo sobre la faz de la tierra. Y me confieso a mí mismo. Y me digo que no he sido malo de todo, pero tampoco un alma grande. Que me amaron más que amé, que quizá quise más a quién no se portó de manera exquisita que a las féminas que me entregaron el cuerpo y esclavizaron su alma por mí, porque creyeron en mi persona, como hombre, como amante, como un todo. Hice daño. Y me lo causé, hasta sufrir, penar, llorar. No soy un don Juan incapaz de sentir.
Pude haber sido mejor padre y un hijo ejemplar. Me quedé a mitad de camino. No tuve complejos. No envidié. Batallé contra los malos, allá donde los encontré: política, periodismo, sociedad. Fui un poco Quijote. Siempre me quedé con los perdedores, con los humildes, con los buenos. Me jacto de haber tenido amigos maravillosos, que me dieron más que yo a ellos. Quizá fui, en determinados momentos de mi vida, altivo, pretencioso, arrogante. Lo siento. Con el tiempo, las enfermedades de alma desaparecen, se atemperan o se curan.
Y si me muriera hora, nadie me acompañaría. No habría pésames, ni entierro formal, ni misas, ni zarandajas, ni lágrimas, ni sonrisas, ni hipocresía en forma de sentimienos. Ideal. Y si me incineraran, que arrojasen mis cenizas cerca del Duero, pero no tanto que se mojaran; más bien entre los árboles que me hablarían con su idioma de clorofila y savia, mientras algún pajarillo, en un descanso de su vuelo, trinase melodías posado sobre las ramas.
Nunca quise ser nada. Llegué donde pude. Carecí de ambición. Solo deseé ser mejor persona de lo que soy. Amar con intensidad. Buscar la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, incluso en una gota de agua solitaria sobre el haz de una hoja, en un caracol con sus cuernos al sol, en la mirada de un can, en la caricia de tu amante, en la lágrima que no recogió ningún pañuelo, ni una sonrisa que la secara. Solo la poesía nos podría salvar del dolor de vivir. Si me fuera, no lloréis por mí. Recordad mis tonterías y reíros. Os quise.
Me servirá esta pandemia para pensar en la ucronía de mi vida, en dejar de ser para convertirme en nada, en por qué no fui una persona más sociable, más abierta a los demás, menos introspectiva. Si no logro atravesar este desierto de la pandemia, considero que no aporté nada a mi sociedad, ni familia, ni amigos.
No obstante, intentaré vencer también al coronavirus, sin rezar, sin llorar, sin lamentarme. Después, lo celebraremos con una orgía de belleza.
Eugenio-Jesús de Ávila





















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