DIARIO DEL ESTADO DE ALERTA
Vivid, la vida sigue; los muertos mueren y las sombras pasan…
En principio fue una mañana más dentro de este Estado de Alerta. Temperatura propia de la primavera niña. Ni frío ni calor, más bien todo lo contrario. Tiempo para reflexionar, para imaginar lo que quedará de nuestra ciudad y su provincia después de esta pandemia, que, sin duda, marcará un punto de inflexión en nuestra Zamora, en su vida social y económica. Me pregunto por el número de comercios, bares y cafeterías, de negocios, en general, que sobrevivirán a esta guerra, iniciada en un laboratorio chino. Y entristece tanta muerte, más de ancianos, personas que, en muchos casos, pasaban los últimos años de sus vidas en una residencia de la tercera edad, a los que sus familias no pudieron despedir. Se murieron sin unas palabras de cariño, sin ternura, sin un último beso. Los enterraron como a canes y gastos domésticos, sin que nadie asistiera a sus funerales. Viejitos que protagonizaron la postguerra, los que levantaron este país, a golpe de riñón, construyendo cayos en sus manos, sudando lágrimas de hambre, llanto de injusticias, de marcharon sin saber por qué, a traición, del revés.
Los zamoranos que se salven en de esta infección vírica generalizada, que no se fija en la clase social, a la que le trae sin cuidado si eres aristócrata, ex presidente de un club de fútbol, obrero de la construcción o agricultor jubilado; aquellos que regente un negocio en nuestra ciudad del Romancero, comprobarán que perdieron lo poco que tenían, patrimonio e ilusiones, dinero y esperanzas; que el Gobierno no les perdonará la cuota mensual de autónomo, ni la declaración del IVA, ni otro cualquier impuesto.
Porque el virus político también mata, poco a poco, destruyendo la moral, los sueños, las ansias de vivir. Personajes que llegaron a la res pública en busca de su bien particular, que prometieron, a sabiendas de que mentían, un paraíso en la tierra; que jugaron con el pueblo como un mozalbete de mi generación con peones, chapas y pelotas; que permitieron que este monstruo del coronavirus, quizá un invento chino en su silente guerra con EE.UU., entrase hasta el Sancta Sanctorum de España, a mayor gloria de un progresismo reaccionario, loado por propaganda periodística, de unos cuantos jetas millonarios, que hicieron de la mentira un arma de degeneración masiva, una bomba de amoralidad, un altar al despotismo sin lustre, sin talento, sin carisma, sin genio.
“Vivid, la vida sigue, los muertos mueren y las sombras pasan; lleva quien deja y vive el que ha vivido. ¡Yunque sonad; enmudeced campanas!” Antonio Machado, siempre en mi memoria.
Eugenio-Jesús de Ávila
En principio fue una mañana más dentro de este Estado de Alerta. Temperatura propia de la primavera niña. Ni frío ni calor, más bien todo lo contrario. Tiempo para reflexionar, para imaginar lo que quedará de nuestra ciudad y su provincia después de esta pandemia, que, sin duda, marcará un punto de inflexión en nuestra Zamora, en su vida social y económica. Me pregunto por el número de comercios, bares y cafeterías, de negocios, en general, que sobrevivirán a esta guerra, iniciada en un laboratorio chino. Y entristece tanta muerte, más de ancianos, personas que, en muchos casos, pasaban los últimos años de sus vidas en una residencia de la tercera edad, a los que sus familias no pudieron despedir. Se murieron sin unas palabras de cariño, sin ternura, sin un último beso. Los enterraron como a canes y gastos domésticos, sin que nadie asistiera a sus funerales. Viejitos que protagonizaron la postguerra, los que levantaron este país, a golpe de riñón, construyendo cayos en sus manos, sudando lágrimas de hambre, llanto de injusticias, de marcharon sin saber por qué, a traición, del revés.
Los zamoranos que se salven en de esta infección vírica generalizada, que no se fija en la clase social, a la que le trae sin cuidado si eres aristócrata, ex presidente de un club de fútbol, obrero de la construcción o agricultor jubilado; aquellos que regente un negocio en nuestra ciudad del Romancero, comprobarán que perdieron lo poco que tenían, patrimonio e ilusiones, dinero y esperanzas; que el Gobierno no les perdonará la cuota mensual de autónomo, ni la declaración del IVA, ni otro cualquier impuesto.
Porque el virus político también mata, poco a poco, destruyendo la moral, los sueños, las ansias de vivir. Personajes que llegaron a la res pública en busca de su bien particular, que prometieron, a sabiendas de que mentían, un paraíso en la tierra; que jugaron con el pueblo como un mozalbete de mi generación con peones, chapas y pelotas; que permitieron que este monstruo del coronavirus, quizá un invento chino en su silente guerra con EE.UU., entrase hasta el Sancta Sanctorum de España, a mayor gloria de un progresismo reaccionario, loado por propaganda periodística, de unos cuantos jetas millonarios, que hicieron de la mentira un arma de degeneración masiva, una bomba de amoralidad, un altar al despotismo sin lustre, sin talento, sin carisma, sin genio.
“Vivid, la vida sigue, los muertos mueren y las sombras pasan; lleva quien deja y vive el que ha vivido. ¡Yunque sonad; enmudeced campanas!” Antonio Machado, siempre en mi memoria.
Eugenio-Jesús de Ávila




















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