COVID-19
Zamora, después de la pandemia
Segundo fin de semana que una gran mayoría de ciudadanos nos quedaremos en casa. Hoy, viernes, 27 de marzo, salí pronto de casa. Tengo que preparar una edición más de El Día de Zamora, que editaremos el día 3 de abril, Viernes de Dolores. Hacía un frío como de principio de invierno. Sol de hielo. Muy poca gente en la plaza de Alemania, coches contados y una persona esperando al bus. Nadie. La Zamora de la despoblación, lo que será en un par de décadas, ha viajado en el tiempo hasta este maldito 2020. Reflexioné, mientras caminaba hacia el periódico, en mi ciudad, que también es la suya, en lo que podría convertirse dentro de una década y un poco más. Pongamos año 2035. Y creo que no se diferenciará mucho de la que estamos viviendo en este Estado de Alarma. Cierto que habrá más vida económica, algunas cafeterías abiertas, tiendas, escasas, de textil y calzados; supermercados, menos que en la actualidad, y pocos espacios para el ocio y el espectáculo. Si no hay gente, no hay consumo, y sin nadie gasta, nadie gana dinero. Zamora será una ciudad de ancianos, con numerosos centenarios, y muy pocos jóvenes, que se emplearán en empresas de servicios.
Si el futuro económico de nuestra ciudad se hallaba en el alero, ahora, esta pandemia la ha empujado al abismo. No quiero ser agorero. Ni soy un optimista antropológico, ni mi carácter es derrotista. Pero a nuestra ciudad le han robado la Semana Santa, días esenciales para recoger la cosecha y hacer sembrar semillas de turismo. Supongo que los meses de verano, los mejores del año con los navideños, para las cuentas de nuestras pequeñas empresas, apenas recibiremos visitantes, salvo los hijos de zamoranos que regresan a los pueblos a pasar sus vacaciones. Ojalá los agricultores recojan frutos a su trabajo, porque sus hermanos los ganaderos lo pasarán muy mal, con el cierre de hoteles y restaurantes.
Un servidor mantenía esperanzas de cambio para nuestra ciudad con la llegada a Monte La Reina de una Brigada del Ejército de Tierra, de la que tanto he escrito, siendo el primer medio que dio la noticia de su posible implantación en territorio zamorano. Me imagino que el Gobierno recortará el gasto y quizá se malogre esta operación o, como mal menor, se retrase hasta que llegue la bonanza económica.
Regresé a casa tras el trabajo de la mañana. Elegí el camino más apartado para llegar al hogar, dulce hogar, del que tanto estoy abusando durante estos días. Desprecio San Torcuato y elijo la Cuesta de San Antolín, Sacho IV, San Esteban, Palomar, Cuartel Viejo, plaza de Alemania y Víctor Gallego, donde todavía se mantiene en pie el edificio que mando construir mi bisabuelo Eugenio Pichel Sebastian. Me cruzó con personas sospechosas de insolidaridad, de ir a lo suyo, de pasar de todo. Me callo. No debo entrar en discusiones. Saldría perdiendo según la legislación.
Así se fue yendo un día más de esta cárcel para el alma que es un Estado de Alarma, donde se piensa más, el miedo toma protagonismo y se ama hasta la locura la vida, porque se huele la muerte más cerca, ahí, al lado, donde trabajan héroes y heroínas de la Sanidad Pública para derrotar un virus político y económico.
Eugenio-Jesús de Ávila
Segundo fin de semana que una gran mayoría de ciudadanos nos quedaremos en casa. Hoy, viernes, 27 de marzo, salí pronto de casa. Tengo que preparar una edición más de El Día de Zamora, que editaremos el día 3 de abril, Viernes de Dolores. Hacía un frío como de principio de invierno. Sol de hielo. Muy poca gente en la plaza de Alemania, coches contados y una persona esperando al bus. Nadie. La Zamora de la despoblación, lo que será en un par de décadas, ha viajado en el tiempo hasta este maldito 2020. Reflexioné, mientras caminaba hacia el periódico, en mi ciudad, que también es la suya, en lo que podría convertirse dentro de una década y un poco más. Pongamos año 2035. Y creo que no se diferenciará mucho de la que estamos viviendo en este Estado de Alarma. Cierto que habrá más vida económica, algunas cafeterías abiertas, tiendas, escasas, de textil y calzados; supermercados, menos que en la actualidad, y pocos espacios para el ocio y el espectáculo. Si no hay gente, no hay consumo, y sin nadie gasta, nadie gana dinero. Zamora será una ciudad de ancianos, con numerosos centenarios, y muy pocos jóvenes, que se emplearán en empresas de servicios.
Si el futuro económico de nuestra ciudad se hallaba en el alero, ahora, esta pandemia la ha empujado al abismo. No quiero ser agorero. Ni soy un optimista antropológico, ni mi carácter es derrotista. Pero a nuestra ciudad le han robado la Semana Santa, días esenciales para recoger la cosecha y hacer sembrar semillas de turismo. Supongo que los meses de verano, los mejores del año con los navideños, para las cuentas de nuestras pequeñas empresas, apenas recibiremos visitantes, salvo los hijos de zamoranos que regresan a los pueblos a pasar sus vacaciones. Ojalá los agricultores recojan frutos a su trabajo, porque sus hermanos los ganaderos lo pasarán muy mal, con el cierre de hoteles y restaurantes.
Un servidor mantenía esperanzas de cambio para nuestra ciudad con la llegada a Monte La Reina de una Brigada del Ejército de Tierra, de la que tanto he escrito, siendo el primer medio que dio la noticia de su posible implantación en territorio zamorano. Me imagino que el Gobierno recortará el gasto y quizá se malogre esta operación o, como mal menor, se retrase hasta que llegue la bonanza económica.
Regresé a casa tras el trabajo de la mañana. Elegí el camino más apartado para llegar al hogar, dulce hogar, del que tanto estoy abusando durante estos días. Desprecio San Torcuato y elijo la Cuesta de San Antolín, Sacho IV, San Esteban, Palomar, Cuartel Viejo, plaza de Alemania y Víctor Gallego, donde todavía se mantiene en pie el edificio que mando construir mi bisabuelo Eugenio Pichel Sebastian. Me cruzó con personas sospechosas de insolidaridad, de ir a lo suyo, de pasar de todo. Me callo. No debo entrar en discusiones. Saldría perdiendo según la legislación.
Así se fue yendo un día más de esta cárcel para el alma que es un Estado de Alarma, donde se piensa más, el miedo toma protagonismo y se ama hasta la locura la vida, porque se huele la muerte más cerca, ahí, al lado, donde trabajan héroes y heroínas de la Sanidad Pública para derrotar un virus político y económico.
Eugenio-Jesús de Ávila

















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.48