NOCTURNOS
En mayo, lloveré sobre tu carne
Amor, no volveré a oler tu piel hasta el mes de las flores. Amor, no acariciaré, como sin querer, tus manos, hasta el umbral de mayo. Amor, voy a reventar de tanta pasión acumulada en mi seso. Ignoras que mi sangre, alarmada, hierve; circula por las venas de mi alma a la búsqueda de un hueco para escaparse y hallar el amor perdido. No sabes que, al alba, creo que la primera claridad del día es tu espíritu que viene a despertarme, a abrir mis ojos a la sensualidad, y que, a la postura del sol, pienso que te has transformado en la luz de luna que rompe la noche negra de esta primavera sin sexo, de concupiscencia invertida, de masturbación de infante.
Mi memoria guarda tu aroma a bien, a belleza, a diosa. Recuerdo tu sonrisa de adolescente, abierta, desvergonzada, femenina. Llevo grabada tu voz en mi cerebro. Maldigo no haber amado más antes de esta peste amarilla. Y me pregunto dónde habrán ido los besos que no te di, por qué no acaricié tus labios con la puntita de mi lengua, por qué reprimí el deseo de morder los lóbulos de tus orejitas.
Amor: ¿perdonarías que goce pensando en tu cuerpo, en la humedad de tu boca, en el valle de tus senos, en hollar sus cumbres, en lamer el cráter de tu ombligo, origen de tu vida, en acomodar mi testa entre tus ingles? ¿Reprimo el deseo de escuchar tus genialidades, de debatir contigo sobre la existencia de Dios, de defenderme de tus acusaciones de niño bien, de caprichoso, de chulo?
Amor: te esperaré en mayo, con un ramo de rosas rojas, perfumado de Loewe, mi sombrero “panamá” y una borrasca de pasión para lloverme sobre tu carne.
Eugenio-Jesús de Ávila
Amor, no volveré a oler tu piel hasta el mes de las flores. Amor, no acariciaré, como sin querer, tus manos, hasta el umbral de mayo. Amor, voy a reventar de tanta pasión acumulada en mi seso. Ignoras que mi sangre, alarmada, hierve; circula por las venas de mi alma a la búsqueda de un hueco para escaparse y hallar el amor perdido. No sabes que, al alba, creo que la primera claridad del día es tu espíritu que viene a despertarme, a abrir mis ojos a la sensualidad, y que, a la postura del sol, pienso que te has transformado en la luz de luna que rompe la noche negra de esta primavera sin sexo, de concupiscencia invertida, de masturbación de infante.
Mi memoria guarda tu aroma a bien, a belleza, a diosa. Recuerdo tu sonrisa de adolescente, abierta, desvergonzada, femenina. Llevo grabada tu voz en mi cerebro. Maldigo no haber amado más antes de esta peste amarilla. Y me pregunto dónde habrán ido los besos que no te di, por qué no acaricié tus labios con la puntita de mi lengua, por qué reprimí el deseo de morder los lóbulos de tus orejitas.
Amor: ¿perdonarías que goce pensando en tu cuerpo, en la humedad de tu boca, en el valle de tus senos, en hollar sus cumbres, en lamer el cráter de tu ombligo, origen de tu vida, en acomodar mi testa entre tus ingles? ¿Reprimo el deseo de escuchar tus genialidades, de debatir contigo sobre la existencia de Dios, de defenderme de tus acusaciones de niño bien, de caprichoso, de chulo?
Amor: te esperaré en mayo, con un ramo de rosas rojas, perfumado de Loewe, mi sombrero “panamá” y una borrasca de pasión para lloverme sobre tu carne.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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