COSAS MÍAS
Domingo de (Ramos) Coronavirus
Hoy es Domingo de Ramos. Quizá, dentro de un año, si el Gobierno profundiza en sus reformas socialcomunistas, podría ser el Domingo de Germinal. Todo es posible en esta nación en quiebra moral y camino de la económica, donde la mentira se ha impuesto a la verdad y Pedro Sánchez imita a Fidel Castro con sus discursos plúmbeos, ideales para la siesta. Mientras la oposición se cruza de brazos y espera a que el coronavirus haga su trabajo.
Como escribía, es Domingo de Ramos. No estrenaremos ni tan si quiera unos calcetines de hilo. Tampoco los niños portarán palmeras. Los que hayan comprado el periódico de las instituciones, que ha hecho un extra de Semana Santa con la aportación económica de las instituciones públicas, también recibirían laurel. ¡Dios mío, qué cursis son!
Los niños se quedarán sin palmas. No lucirán los balcones su estandarte ilicitano. La Borriquita no entrará en Jerusalén. Ni cornetas ni tambores, ni madres, vestidas para la ocasión de primavera y sensualidad; ni padres, con corbatas o pajaritas, festejando la vida. Porque la Pasión es alegría, jolgorio, invasión de calles, rúas y plazas; de abrazos y besos, de reencuentro entre los que se fueron y los que nos quedamos.
La Semana Santa es algo más que vírgenes y cristos; mucho más, es hallar el amor debajo de un caperuz; en un pub, mientras te tomas el gin-tonic de la medianoche; en la acera, mientras esperas la procesión. En nuestra ciudad, había mucha gente que se enamoraba en Semana Santa. Nos han robado el amor. Nos han confinado in illo témpore en nuestras viviendas. Solo vemos pasar la no vida a través de las ventanas. Y transcurre lenta, parsimoniosa, como si no tuviera ganas de seguir, como si hubiera tanta muerte acumulada que si hubiese cansado de vivir. Sí, la vida no quiere vivir y hasta las parcas han pedido un descanso o una subida de sueldo, porque no dan abasto a llevarse tantos muertos a la barca donde espera Caronte para atravesar la Laguna Estigia.
Yo quiero vivir para reencontrarme con la mujer que quiero, con los amigos que adoro y me enseñan, con mis hijas y mi nieta, con la familia de verdad. Yo quiero seguir aquí para que sea Semana Santa todos los días, y me pare en la calle para charlar con el conocido y decir adiós a unos y otras, y deleitarme con la belleza de nuestras mujeres, y que los domingos y fiestas de guardar repiquen las campanas, aunque a mí nunca me convencerán de que me guardan un reclinatorio en la parroquia. Porque esta pandemia ha acabado con nuestra sociedad, la que condujo a la Humanidad desde las cuevas hasta las ciudades, la herramienta que llevo al hombre a la jerarquía de la naturaleza. La que nos acercó a los dioses.
Domingo de Pandemia, de coronavirus, de muerte en silencio, sin funerales, solo con tierra. “Para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera…menos un sepulturero”. León Felipe, el poeta que se sabía todos los cuentos. Yo, también, más si son políticos.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hoy es Domingo de Ramos. Quizá, dentro de un año, si el Gobierno profundiza en sus reformas socialcomunistas, podría ser el Domingo de Germinal. Todo es posible en esta nación en quiebra moral y camino de la económica, donde la mentira se ha impuesto a la verdad y Pedro Sánchez imita a Fidel Castro con sus discursos plúmbeos, ideales para la siesta. Mientras la oposición se cruza de brazos y espera a que el coronavirus haga su trabajo.
Como escribía, es Domingo de Ramos. No estrenaremos ni tan si quiera unos calcetines de hilo. Tampoco los niños portarán palmeras. Los que hayan comprado el periódico de las instituciones, que ha hecho un extra de Semana Santa con la aportación económica de las instituciones públicas, también recibirían laurel. ¡Dios mío, qué cursis son!
Los niños se quedarán sin palmas. No lucirán los balcones su estandarte ilicitano. La Borriquita no entrará en Jerusalén. Ni cornetas ni tambores, ni madres, vestidas para la ocasión de primavera y sensualidad; ni padres, con corbatas o pajaritas, festejando la vida. Porque la Pasión es alegría, jolgorio, invasión de calles, rúas y plazas; de abrazos y besos, de reencuentro entre los que se fueron y los que nos quedamos.
La Semana Santa es algo más que vírgenes y cristos; mucho más, es hallar el amor debajo de un caperuz; en un pub, mientras te tomas el gin-tonic de la medianoche; en la acera, mientras esperas la procesión. En nuestra ciudad, había mucha gente que se enamoraba en Semana Santa. Nos han robado el amor. Nos han confinado in illo témpore en nuestras viviendas. Solo vemos pasar la no vida a través de las ventanas. Y transcurre lenta, parsimoniosa, como si no tuviera ganas de seguir, como si hubiera tanta muerte acumulada que si hubiese cansado de vivir. Sí, la vida no quiere vivir y hasta las parcas han pedido un descanso o una subida de sueldo, porque no dan abasto a llevarse tantos muertos a la barca donde espera Caronte para atravesar la Laguna Estigia.
Yo quiero vivir para reencontrarme con la mujer que quiero, con los amigos que adoro y me enseñan, con mis hijas y mi nieta, con la familia de verdad. Yo quiero seguir aquí para que sea Semana Santa todos los días, y me pare en la calle para charlar con el conocido y decir adiós a unos y otras, y deleitarme con la belleza de nuestras mujeres, y que los domingos y fiestas de guardar repiquen las campanas, aunque a mí nunca me convencerán de que me guardan un reclinatorio en la parroquia. Porque esta pandemia ha acabado con nuestra sociedad, la que condujo a la Humanidad desde las cuevas hasta las ciudades, la herramienta que llevo al hombre a la jerarquía de la naturaleza. La que nos acercó a los dioses.
Domingo de Pandemia, de coronavirus, de muerte en silencio, sin funerales, solo con tierra. “Para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera…menos un sepulturero”. León Felipe, el poeta que se sabía todos los cuentos. Yo, también, más si son políticos.
Eugenio-Jesús de Ávila





















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