OPINIÓN
La hora del cinismo
Óscar de Prada López
En estos tiempos los poderosos no saben admitir sus errores ni ponen plazos para reconocerlos. Al que debe transmitir su mensaje lo compran volviéndolo vocero y al que no se vende le ponen un bozal. En estos tiempos, la verdad –que dijo Lope de Vega– permanece en el cielo porque tal la pusieron los hombres que desde entonces no ha vuelto. La hipocresía es levadura de toda masa en política y muchos ilustres representantes sufren amnesia selectiva. En estos tiempos donde la corrección política es un nuevo autoritarismo y la crítica legítima al discurso oficial es denostada para ilegalizarla, no está de más tirar de filosofía.
Repasando así mis apuntes de Bachillerato, recuperé nociones básicas sobre el cinismo. Ya saben, esa corriente filosófica del siglo IV a.C. que protestaba y cuestionaba lo establecido a través de métodos varios (ironía, burla, humor). Con no poca controversia e indiscreción, todo sea dicho. Si el gran Sócrates era visto como un tábano por sus paisanos, Diógenes de Sinope –el cínico por excelencia– se definiría como una mosca cojonera. De ésas que te denuncian y ponen a prueba tu paciencia hasta decir basta. Justo las que no se toleran en ciertos ambientes seculares, pese a ser tan necesarias como juiciosas.
El gimnasio extramuros donde se reunían los primeros cínicos, Cinosargo -literalmente “perro blanco" o "perro veloz”-, les dio nombre. Admiraban a los canes por representar su ideal de felicidad frugal y plena, imitándoles en su búsqueda de la felicidad sin precisar de mayor lujo que la libertad. Es fama que Diógenes rompió su escudilla cuando vio a un niño que bebía del río, usando las manos como cuenco. O que vivía dentro de un barril, quizá eso provocara su mala uva y su afán peleón. Su radicalidad resultaba estrambótica e inusual, no pocas veces vista como demencia. Un Quijote griego, sin lanza en astillero ni adarga antigua ni rocín flaco ni galgo corredor.
Viendo cómo los cínicos se atrevían a morder la mano que les podía dar de comer, cabe preguntarse si no deberíamos tomar ejemplo de su espíritu imperturbable. Lo peor de un Gobierno que provoca desconfianza es el hastío y la miseria que genera entre sus gobernados; lo peor de esos súbditos es que lo asuman con estoicismo suicida. Cuanto más se fuerza un mecanismo, mayor es el desgaste y más se reduce su vida útil. La paciencia nacional no es una máquina, por otra parte, aunque requiera de mantenimiento. Y en eso tienen los mass media un papel fundamental. Hay cosas que no se subvencionan y bajar la verdad al pueblo llano es -en sí mismo y en este momento- la mayor recompensa y el mejor servicio. Pese a quien pese.
En estos tiempos los poderosos no saben admitir sus errores ni ponen plazos para reconocerlos. Al que debe transmitir su mensaje lo compran volviéndolo vocero y al que no se vende le ponen un bozal. En estos tiempos, la verdad –que dijo Lope de Vega– permanece en el cielo porque tal la pusieron los hombres que desde entonces no ha vuelto. La hipocresía es levadura de toda masa en política y muchos ilustres representantes sufren amnesia selectiva. En estos tiempos donde la corrección política es un nuevo autoritarismo y la crítica legítima al discurso oficial es denostada para ilegalizarla, no está de más tirar de filosofía.
Repasando así mis apuntes de Bachillerato, recuperé nociones básicas sobre el cinismo. Ya saben, esa corriente filosófica del siglo IV a.C. que protestaba y cuestionaba lo establecido a través de métodos varios (ironía, burla, humor). Con no poca controversia e indiscreción, todo sea dicho. Si el gran Sócrates era visto como un tábano por sus paisanos, Diógenes de Sinope –el cínico por excelencia– se definiría como una mosca cojonera. De ésas que te denuncian y ponen a prueba tu paciencia hasta decir basta. Justo las que no se toleran en ciertos ambientes seculares, pese a ser tan necesarias como juiciosas.
El gimnasio extramuros donde se reunían los primeros cínicos, Cinosargo -literalmente “perro blanco" o "perro veloz”-, les dio nombre. Admiraban a los canes por representar su ideal de felicidad frugal y plena, imitándoles en su búsqueda de la felicidad sin precisar de mayor lujo que la libertad. Es fama que Diógenes rompió su escudilla cuando vio a un niño que bebía del río, usando las manos como cuenco. O que vivía dentro de un barril, quizá eso provocara su mala uva y su afán peleón. Su radicalidad resultaba estrambótica e inusual, no pocas veces vista como demencia. Un Quijote griego, sin lanza en astillero ni adarga antigua ni rocín flaco ni galgo corredor.
Viendo cómo los cínicos se atrevían a morder la mano que les podía dar de comer, cabe preguntarse si no deberíamos tomar ejemplo de su espíritu imperturbable. Lo peor de un Gobierno que provoca desconfianza es el hastío y la miseria que genera entre sus gobernados; lo peor de esos súbditos es que lo asuman con estoicismo suicida. Cuanto más se fuerza un mecanismo, mayor es el desgaste y más se reduce su vida útil. La paciencia nacional no es una máquina, por otra parte, aunque requiera de mantenimiento. Y en eso tienen los mass media un papel fundamental. Hay cosas que no se subvencionan y bajar la verdad al pueblo llano es -en sí mismo y en este momento- la mayor recompensa y el mejor servicio. Pese a quien pese.


















