NOCTURNOS
Mi ucronía femenina favorita
Nunca ejercí de Quijote, más bien fui un Sancho a dieta. Mi locura consistió en analizar por qué se ama y por qué se deja de amar, y mientras me respondía a mí mismo, buscar a Dios, verbigracia, en los pétalos de una flor pisoteada, en un nido de golondrina o en una gota de lluvia que estalló en mi frente.
Y confieso que, después de tantos años de peregrino hacia ninguna parte, mantengo idéntica ignorancia sobre asuntos esenciales. No me atrevo a afirmar que no sé nada. Algo conozco sobre Historia, Filosofía, Literatura, unos cuantos conceptos sobre Astrofísica y Matemáticas y poco más.
Si sé que amar a esa mujer, tan hermosa como inteligente, tan inaccesible como la nieve que encanece las cumbres de los Himalayas, hubiera sido encontrarme con Dios en su gineceo. Y, además, esa dama ya me confesó que no existía como amante para ella, que solo podría acceder a sus labios como amigo, como hacedor de verbos, prestidigitador de las palabras.
Porque la verdad del amor quizá se encuentre en el ombligo de una dama y en la voz de un caballero. Mientras que la mentira se engendra en un sexo sin arte, en cópulas sin poesía, en nirvanas sin seso.
Reconoces que amas a una mujer cuando el silencio se escucha entre las palabras que pronuncian las miradas, si piensas más en ella que en ti, si te duele su pena, si te alegra su deleite. Me humilló su confesión, pero no puedo evitar amarla en medio de este atroz silencio.
Vencido por la utopía de eros. Quijote sin Mancha, Sancho sin grasas.
Eugenio-Jesús de Ávila
Nunca ejercí de Quijote, más bien fui un Sancho a dieta. Mi locura consistió en analizar por qué se ama y por qué se deja de amar, y mientras me respondía a mí mismo, buscar a Dios, verbigracia, en los pétalos de una flor pisoteada, en un nido de golondrina o en una gota de lluvia que estalló en mi frente.
Y confieso que, después de tantos años de peregrino hacia ninguna parte, mantengo idéntica ignorancia sobre asuntos esenciales. No me atrevo a afirmar que no sé nada. Algo conozco sobre Historia, Filosofía, Literatura, unos cuantos conceptos sobre Astrofísica y Matemáticas y poco más.
Si sé que amar a esa mujer, tan hermosa como inteligente, tan inaccesible como la nieve que encanece las cumbres de los Himalayas, hubiera sido encontrarme con Dios en su gineceo. Y, además, esa dama ya me confesó que no existía como amante para ella, que solo podría acceder a sus labios como amigo, como hacedor de verbos, prestidigitador de las palabras.
Porque la verdad del amor quizá se encuentre en el ombligo de una dama y en la voz de un caballero. Mientras que la mentira se engendra en un sexo sin arte, en cópulas sin poesía, en nirvanas sin seso.
Reconoces que amas a una mujer cuando el silencio se escucha entre las palabras que pronuncian las miradas, si piensas más en ella que en ti, si te duele su pena, si te alegra su deleite. Me humilló su confesión, pero no puedo evitar amarla en medio de este atroz silencio.
Vencido por la utopía de eros. Quijote sin Mancha, Sancho sin grasas.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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