NOCTURNOS
No amamos, deseamos
No sé si he convertido mi vida en literatura, pero si escribiera la historia de mi paso por este mundo, hecho de materia con tiempo, envuelto en deseo y realidad, quien leyese mis andanzas se emocionaría: hubo momentos para las lágrimas, secas y de colores, y para sonrisas, húmedas y blancas. Permíteme que aplique unas cuantas pinceladas impresionistas al cuadro de mi existencia, quizá comunes a mi género. Sostengo, sin ser Pereyra, que el hombre, desde la adolescencia hasta convertirse en adulto, no ama, desea, busca satisfacerse, y no halla mayor placer que aquel que procura el sexo, la cópula con una mujer. Se trata de un amor egoísta, paradoja de Eros.
A cierta edad, cuando la libido decae y el talento, la sensibilidad, la inteligencia se adueñan del alma y surge el caballero, el trovador, el juglar, el poeta, te encuentras, más allá de la mitad del camino, con el amor. Comprendes entonces que nunca amaste a ninguna mujer, que te moviste por el deseo, que consideraste a todas las féminas cual materia prima para fabricar hedonismo.
Ahora, fecundo el intelecto, cuesta bajo en la rodada el armazón físico, conociste a esa dama que anhelas adorar en el sancta sanctorum de tu espíritu, y quieres desaparecer en ella, diluirte en su sangre, ser su carne, la manzana que la alimenta, el agua que apaga su sed, sostener su esqueleto, convertir cada cópula en una oración, en un canto sagrado, cual rey David escribirle salmos porque ella te cambió, transformó tu ego, tu concepto sobre la pasión y el amor.
Y esa mujer está ahí, existe, respira, sufre y goza, mira y... la adoraría. Durante años, el destino te colocó en su camino. Contemplar su manera de moverse, casi un levitar místico; su delicadeza de gestos; su boca, una colmena de besos, provocaba en mi espíritu un singular placer estético. La gran belleza.
Pero, además, esa dama guardaba sorpresas en sus adentros. Unía a un universo espectacular, galaxias brotando de sus máculas, planetas orbitando en torno al sol de su ombligo, una sensibilidad de poetisa, que derrama versos en el papiro de su voz; una cultura superior y un talento singular. Me enamoró.
Sé que ella hubiera sido la mujer perfecta para acompañarme hasta la tumba del tiempo. Pero yo ya soy muy poco para disputar un espacio en un ser tan bello. Ucronía. Nada más. Salud.
Eugenio-Jesús de Ávila
No sé si he convertido mi vida en literatura, pero si escribiera la historia de mi paso por este mundo, hecho de materia con tiempo, envuelto en deseo y realidad, quien leyese mis andanzas se emocionaría: hubo momentos para las lágrimas, secas y de colores, y para sonrisas, húmedas y blancas. Permíteme que aplique unas cuantas pinceladas impresionistas al cuadro de mi existencia, quizá comunes a mi género. Sostengo, sin ser Pereyra, que el hombre, desde la adolescencia hasta convertirse en adulto, no ama, desea, busca satisfacerse, y no halla mayor placer que aquel que procura el sexo, la cópula con una mujer. Se trata de un amor egoísta, paradoja de Eros.
A cierta edad, cuando la libido decae y el talento, la sensibilidad, la inteligencia se adueñan del alma y surge el caballero, el trovador, el juglar, el poeta, te encuentras, más allá de la mitad del camino, con el amor. Comprendes entonces que nunca amaste a ninguna mujer, que te moviste por el deseo, que consideraste a todas las féminas cual materia prima para fabricar hedonismo.
Ahora, fecundo el intelecto, cuesta bajo en la rodada el armazón físico, conociste a esa dama que anhelas adorar en el sancta sanctorum de tu espíritu, y quieres desaparecer en ella, diluirte en su sangre, ser su carne, la manzana que la alimenta, el agua que apaga su sed, sostener su esqueleto, convertir cada cópula en una oración, en un canto sagrado, cual rey David escribirle salmos porque ella te cambió, transformó tu ego, tu concepto sobre la pasión y el amor.
Y esa mujer está ahí, existe, respira, sufre y goza, mira y... la adoraría. Durante años, el destino te colocó en su camino. Contemplar su manera de moverse, casi un levitar místico; su delicadeza de gestos; su boca, una colmena de besos, provocaba en mi espíritu un singular placer estético. La gran belleza.
Pero, además, esa dama guardaba sorpresas en sus adentros. Unía a un universo espectacular, galaxias brotando de sus máculas, planetas orbitando en torno al sol de su ombligo, una sensibilidad de poetisa, que derrama versos en el papiro de su voz; una cultura superior y un talento singular. Me enamoró.
Sé que ella hubiera sido la mujer perfecta para acompañarme hasta la tumba del tiempo. Pero yo ya soy muy poco para disputar un espacio en un ser tan bello. Ucronía. Nada más. Salud.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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