ZAMORANA
Balcones y ventanas
Debido al estado de confinamiento que estamos viviendo, encerrados en casa, paso mucho tiempo mirando por la ventana y he descubierto personas y situaciones que antes desconocía; como este es un barrio con muchas y bellas casas, de grandes ventanas y amplios balcones y ahora casi todo el mundo ha perdido el miedo a la privacidad, abrimos las persianas, descorremos las cortinas en una llamada de auxilio hacia el exterior, para que entre el sol, limpie y purifique las estancias, provocando corrientes de aire, y permitiendo también que ojos indiscretos nos observen sin pudor alguno.
Observo en el edificio de enfrente, habitado en su mayoría por familias de militares, a un hombre mayor que cada mañana sale al balcón donde lucen dos banderas de España, una de ellas con crespón negro, a hacer ejercicio. Intuyo que es militar por la perfección con que marca sus movimientos: brazo extendido a la derecha, a la izquierda, brazos juntos arriba y abajo... en series de treinta ejercicios -las he contado-; luego se inclina hacia adelante para fortalecer la espalda otras tantas veces; después movimientos de cabeza hacia uno y otro lado, hasta que completa sus series con exactitud marcial y milimétrica, para entrar de nuevo en su casa.
Ademas del anciano deportista, en otra gran terraza he descubierto a una familia que prácticamente hace vida allí, la han acristalado y dentro tienen una mesa en la que trabajan en manualidades cortando telas que luego cosen formando un mosaico, leyendo o dibujando; también disfrutan de sillones donde solazan sus horas. La madre gusta de absorber los rayos de sol y se coloca de tal modo que aprovecha para broncearse la cara y el cuello.
En otro piso con varias ventanas que dan a la calle, veo a una niña pequeña que se dedica a correr y recorrer una y otra vez, arriba y abajo el pasillo entrando en todas las habitaciones. Es como si tuviera una ruta establecida y se ciñe a ella obligatoriamente cada mañana y tarde. Va enloquecida gritando y marcando sus pasos para incomodidad del vecino de abajo que sufre el molesto ruido de las interminable caminatas.
La terraza que más me gusta está en el tercer piso, frente a mi ventana, tiene muchas macetas con geranios y flores de todo tipo que la embellecen y me deleitan. Las hay colgadas en la pared con sus ramas cayendo cuajadas de flores; otras están en el suelo ya que son de crecimiento vertical y ocupan mucho espacio, y algunas florecen en macetas pequeñas dispuestas sobre una mesa. El conjunto forma un particular minijardín urbano que ha serenado mi espíritu en las largas horas que he destinado a su contemplación. En esa casa vive un matrimonio de mediana edad que suele aliviar el obligado sedentarismo caminando a paso raudo por la casa incluida la terraza, y les veo con frecuencia practicando ese hábito varias veces.
En otro piso una vecina tiende la colada en un tendedero plegable dentro del balcón, oculto a las miradas desde el exterior, y lo hace sin las normas que me enseñó mi madre de pequeña porque ella, que era una perfecta ama de casa y concienzuda del hogar, tenía una peculiar forma de colgar la ropa que aprendí y sigo como un rito: sacudir la prenda antes de colgarla, doblarla y extender primero las piezas más grandes: sábanas, cortinas, toallas hacia afuera, bien extendidas, evitando el efecto acordeón y, a ser posible, sin pinzas que luego dejan señal, y las piezas mas pequeñas en las cuerdas interiores, de tal manera que no se vea la colada desde fuera. Siempre he pensado que la forma de tender la ropa dice mucho de como es la gente, de cuidadosa o desaliñada.
En la terraza contigua a ésta viven dos hombres y una mujer, jóvenes los tres, que se asoman a menudo para distraerse con la escasa gente que transita por la calle o miran los edificios de enfrente para entretenerse, lo mismo que hago yo. Me pregunto si serán una pareja y el hermano de uno de los cónyuges, o tres amigos que comparten piso, una situación muy común en una gran urbe donde el precio de los inmuebles es muy elevado.
Como mi casa hace esquina, tengo el privilegio de contemplar edificios desde dos puntos de observación diferentes: en el salón dispongo de un gran mirador acristalado desde donde diviso un edificio paralelo. Lo conozco desde su creación ya que vi como lo construyeron y también como sus vecinos fueron habitándolo, comprando sus muebles, haciendo sus pequeñas reformas; sin embargo no ponía cara a sus moradores, eran solo seres que deambulaban tras unas cortinas o visillos transparentes y se convertían en sombras. No obstante ahora, en la cita de las ocho de la tarde, cuando todos salimos a las ventanas, nos damos de mano en un gesto de vecindad que agradezco.
Así, el vecindario forma parte de esa ventana indiscreta que tan magistralmente dirigió Alfred Hitchcock donde todos vemos y somos vistos, constatando la realidad de nuestros días que se aleja del pudor y la intimidad y nos confiere la sensación de formar parte de un todo común, de no estar tan solos en el confinado espacio de un piso.
Mª Soledad Martín Turiño
Debido al estado de confinamiento que estamos viviendo, encerrados en casa, paso mucho tiempo mirando por la ventana y he descubierto personas y situaciones que antes desconocía; como este es un barrio con muchas y bellas casas, de grandes ventanas y amplios balcones y ahora casi todo el mundo ha perdido el miedo a la privacidad, abrimos las persianas, descorremos las cortinas en una llamada de auxilio hacia el exterior, para que entre el sol, limpie y purifique las estancias, provocando corrientes de aire, y permitiendo también que ojos indiscretos nos observen sin pudor alguno.
Observo en el edificio de enfrente, habitado en su mayoría por familias de militares, a un hombre mayor que cada mañana sale al balcón donde lucen dos banderas de España, una de ellas con crespón negro, a hacer ejercicio. Intuyo que es militar por la perfección con que marca sus movimientos: brazo extendido a la derecha, a la izquierda, brazos juntos arriba y abajo... en series de treinta ejercicios -las he contado-; luego se inclina hacia adelante para fortalecer la espalda otras tantas veces; después movimientos de cabeza hacia uno y otro lado, hasta que completa sus series con exactitud marcial y milimétrica, para entrar de nuevo en su casa.
Ademas del anciano deportista, en otra gran terraza he descubierto a una familia que prácticamente hace vida allí, la han acristalado y dentro tienen una mesa en la que trabajan en manualidades cortando telas que luego cosen formando un mosaico, leyendo o dibujando; también disfrutan de sillones donde solazan sus horas. La madre gusta de absorber los rayos de sol y se coloca de tal modo que aprovecha para broncearse la cara y el cuello.
En otro piso con varias ventanas que dan a la calle, veo a una niña pequeña que se dedica a correr y recorrer una y otra vez, arriba y abajo el pasillo entrando en todas las habitaciones. Es como si tuviera una ruta establecida y se ciñe a ella obligatoriamente cada mañana y tarde. Va enloquecida gritando y marcando sus pasos para incomodidad del vecino de abajo que sufre el molesto ruido de las interminable caminatas.
La terraza que más me gusta está en el tercer piso, frente a mi ventana, tiene muchas macetas con geranios y flores de todo tipo que la embellecen y me deleitan. Las hay colgadas en la pared con sus ramas cayendo cuajadas de flores; otras están en el suelo ya que son de crecimiento vertical y ocupan mucho espacio, y algunas florecen en macetas pequeñas dispuestas sobre una mesa. El conjunto forma un particular minijardín urbano que ha serenado mi espíritu en las largas horas que he destinado a su contemplación. En esa casa vive un matrimonio de mediana edad que suele aliviar el obligado sedentarismo caminando a paso raudo por la casa incluida la terraza, y les veo con frecuencia practicando ese hábito varias veces.
En otro piso una vecina tiende la colada en un tendedero plegable dentro del balcón, oculto a las miradas desde el exterior, y lo hace sin las normas que me enseñó mi madre de pequeña porque ella, que era una perfecta ama de casa y concienzuda del hogar, tenía una peculiar forma de colgar la ropa que aprendí y sigo como un rito: sacudir la prenda antes de colgarla, doblarla y extender primero las piezas más grandes: sábanas, cortinas, toallas hacia afuera, bien extendidas, evitando el efecto acordeón y, a ser posible, sin pinzas que luego dejan señal, y las piezas mas pequeñas en las cuerdas interiores, de tal manera que no se vea la colada desde fuera. Siempre he pensado que la forma de tender la ropa dice mucho de como es la gente, de cuidadosa o desaliñada.
En la terraza contigua a ésta viven dos hombres y una mujer, jóvenes los tres, que se asoman a menudo para distraerse con la escasa gente que transita por la calle o miran los edificios de enfrente para entretenerse, lo mismo que hago yo. Me pregunto si serán una pareja y el hermano de uno de los cónyuges, o tres amigos que comparten piso, una situación muy común en una gran urbe donde el precio de los inmuebles es muy elevado.
Como mi casa hace esquina, tengo el privilegio de contemplar edificios desde dos puntos de observación diferentes: en el salón dispongo de un gran mirador acristalado desde donde diviso un edificio paralelo. Lo conozco desde su creación ya que vi como lo construyeron y también como sus vecinos fueron habitándolo, comprando sus muebles, haciendo sus pequeñas reformas; sin embargo no ponía cara a sus moradores, eran solo seres que deambulaban tras unas cortinas o visillos transparentes y se convertían en sombras. No obstante ahora, en la cita de las ocho de la tarde, cuando todos salimos a las ventanas, nos damos de mano en un gesto de vecindad que agradezco.
Así, el vecindario forma parte de esa ventana indiscreta que tan magistralmente dirigió Alfred Hitchcock donde todos vemos y somos vistos, constatando la realidad de nuestros días que se aleja del pudor y la intimidad y nos confiere la sensación de formar parte de un todo común, de no estar tan solos en el confinado espacio de un piso.
Mª Soledad Martín Turiño



















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.82