NOCTURNOS
Hubo un tiempo para amar… ¿Todavía lo hay? ¿Hasta cuándo?
Hubo un tiempo para jugar, y jugamos con los sueños, mientras perseguíamos almas de hormigas entre granos de cereales, intentábamos perder nuestra sombra y recoger las lágrimas que lloraban los peces en el Duero. Todo aquello pasó. Y se sucedieron placeres, tan escasos, y penas, siempre abundantes y al acecho. Y cuando ya no se sueña ni dormido, se espera el alba con un rictus serio, los labios sellados y los ojos medio abiertos, como si temiéramos ver a la vida disfrazada de anciana, haciéndonos un corte de mangas.
Y buscamos en la chistera del alma para sacar el conejo de la juventud, aquel que se nos fue mientras intentábamos amar, formar una familia, hacernos hombres y mujeres de provecho. 2019, aún bebé, con pañales, que recogen las micciones que no supimos eyectar a lo largo de los años que ya son patrimonio de la memoria, un año que me invita a amar, a recordar que hay seres humanos humillados sin trabajo, enfermos, rendidos; un año, preñado de días, de tiempo, que nos traerá el fin de la injusticia, la derrota de la hipocresía, la igualdad de los hombres, de la derrota de los mediocres y el triunfo del talento y la solidaridad, de los hombres que combaten la mentira política, la roña ideológica, el nepotismo, la vulgaridad para alcanzar la victoria en la batalla por la belleza más sublime: la del bien, la libertad y la equidad.
Y hubo un tiempo para amar. Y ese tiempo todavía perdura en mí, en mi alma, merced a esa mujer a la que amo, pero no me presta demasiada atención. Creo que me moriré amándola. Pero no sé vivir si no la deseo, anhelo y disfruto de su compañía. Ella no es de nadie. Y yo solo soy de ella.
Eugenio-Jesús de Ávila
Hubo un tiempo para jugar, y jugamos con los sueños, mientras perseguíamos almas de hormigas entre granos de cereales, intentábamos perder nuestra sombra y recoger las lágrimas que lloraban los peces en el Duero. Todo aquello pasó. Y se sucedieron placeres, tan escasos, y penas, siempre abundantes y al acecho. Y cuando ya no se sueña ni dormido, se espera el alba con un rictus serio, los labios sellados y los ojos medio abiertos, como si temiéramos ver a la vida disfrazada de anciana, haciéndonos un corte de mangas.
Y buscamos en la chistera del alma para sacar el conejo de la juventud, aquel que se nos fue mientras intentábamos amar, formar una familia, hacernos hombres y mujeres de provecho. 2019, aún bebé, con pañales, que recogen las micciones que no supimos eyectar a lo largo de los años que ya son patrimonio de la memoria, un año que me invita a amar, a recordar que hay seres humanos humillados sin trabajo, enfermos, rendidos; un año, preñado de días, de tiempo, que nos traerá el fin de la injusticia, la derrota de la hipocresía, la igualdad de los hombres, de la derrota de los mediocres y el triunfo del talento y la solidaridad, de los hombres que combaten la mentira política, la roña ideológica, el nepotismo, la vulgaridad para alcanzar la victoria en la batalla por la belleza más sublime: la del bien, la libertad y la equidad.
Y hubo un tiempo para amar. Y ese tiempo todavía perdura en mí, en mi alma, merced a esa mujer a la que amo, pero no me presta demasiada atención. Creo que me moriré amándola. Pero no sé vivir si no la deseo, anhelo y disfruto de su compañía. Ella no es de nadie. Y yo solo soy de ella.
Eugenio-Jesús de Ávila
















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