COSAS MÍAS
Zamora: ciudad abierta
Ayer, y sucedió hoy también, los zamoranos tomaron las calles. Esta ciudad volvió a demostrar este 2 de mayo, que sabe obedecer al poder, que se lo cree todo, que jamás osará rebelarse contra las decisiones, justas o injustas, racionales o irracionales, serias o caprichosas, que adopte todo gobierno, de las derechas o de las numerosas izquierdas. La gente pisó más fuerte aceras, caminos, calzadas, como si todavía dudasen de que existía su ciudad, la de siempre, la que vivía, antes de la pandemia vírica, momentos complicadísimos en lo económico, causa de una despoblación galopante, que ha convertido a más de la mitad de la provincia en un desierto demográfico.
Mucho me temo que los zamoranos que ayer y hoy regresaron a una vida casi normal padecerán, a no tardar, las secuelas del coronavirus en una pandemia económica de incalculables consecuencias: ¿cuántos comercios volverán a abrirse, cuántas cafeterías, restaurantes, bares regresarán a la actividad cotidiana, cuántas personas perderán su puesto de trabajo, cuántos autónomos se irán al desempleo?
Sí, ayer, 2 de mayo, Zamora, la ciudad pretérito, parecía la de siempre, pero el COVID-19 quizá nos haya dado la puntilla. Solo una apuesta decidida de nuestras instituciones públicas y privadas, con inyecciones económicas en forma de inversiones de la Junta de Castilla y León y del Gobierno de la nación podrá paliar esa deriva económica hacia un abismo económico inimaginable. No soy un pesimista antropológico, ni tampoco un optimista como el “piernas” de Zapatero, asesor del totalitarismo venezolano, pero habrá un antes y un después en la actividad económica de Zamora tras el paso de esta pandemia vírica. Mientras, disfrutemos de nuestra ciudad y de este veranillo primaveral; de nuestro Duero, que nunca se olvida de nosotros; de nuestro legado histórico -¿para cuándo la restauración de nuestro puente de piedra?-, de la vida. Los humildes, si queremos salir del estado de pobreza, debemos ser más inteligentes que los poderosos. Pensemos. No duele.
Eugenio-Jesús de Ávila
Ayer, y sucedió hoy también, los zamoranos tomaron las calles. Esta ciudad volvió a demostrar este 2 de mayo, que sabe obedecer al poder, que se lo cree todo, que jamás osará rebelarse contra las decisiones, justas o injustas, racionales o irracionales, serias o caprichosas, que adopte todo gobierno, de las derechas o de las numerosas izquierdas. La gente pisó más fuerte aceras, caminos, calzadas, como si todavía dudasen de que existía su ciudad, la de siempre, la que vivía, antes de la pandemia vírica, momentos complicadísimos en lo económico, causa de una despoblación galopante, que ha convertido a más de la mitad de la provincia en un desierto demográfico.
Mucho me temo que los zamoranos que ayer y hoy regresaron a una vida casi normal padecerán, a no tardar, las secuelas del coronavirus en una pandemia económica de incalculables consecuencias: ¿cuántos comercios volverán a abrirse, cuántas cafeterías, restaurantes, bares regresarán a la actividad cotidiana, cuántas personas perderán su puesto de trabajo, cuántos autónomos se irán al desempleo?
Sí, ayer, 2 de mayo, Zamora, la ciudad pretérito, parecía la de siempre, pero el COVID-19 quizá nos haya dado la puntilla. Solo una apuesta decidida de nuestras instituciones públicas y privadas, con inyecciones económicas en forma de inversiones de la Junta de Castilla y León y del Gobierno de la nación podrá paliar esa deriva económica hacia un abismo económico inimaginable. No soy un pesimista antropológico, ni tampoco un optimista como el “piernas” de Zapatero, asesor del totalitarismo venezolano, pero habrá un antes y un después en la actividad económica de Zamora tras el paso de esta pandemia vírica. Mientras, disfrutemos de nuestra ciudad y de este veranillo primaveral; de nuestro Duero, que nunca se olvida de nosotros; de nuestro legado histórico -¿para cuándo la restauración de nuestro puente de piedra?-, de la vida. Los humildes, si queremos salir del estado de pobreza, debemos ser más inteligentes que los poderosos. Pensemos. No duele.
Eugenio-Jesús de Ávila


















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