OPINIÓN
La receta del fin
Óscar de Prada López
Seguimos para bingo con esta coalición nuestra, tan cotidiana como el pan de cada día pero incluso más inevitable. Entre mis lecturas del fin de semana hallé una conferencia relativa a la destrucción del mundo y -por sorprendente que parezca- sólo constaba de los siguientes enunciados: “Éstas son las cosas que acabarán con la raza humana: la política sin principios, el progreso sin compasión, la riqueza sin esfuerzo, la erudición sin silencio, la religión sin riesgo y el culto sin consciencia". Que algunos lectores, por edad, estén curados de espanto no significa que estén exentos de sorprenderse. Cada jornada se puede aprender algo nuevo pero no necesariamente bueno.
Un periodista cuenta, como el filósofo, con dos armas fundamentales: la capacidad de asombro y el don de la interrogación. Si carece de asombro, pregunta por preguntar y no con verdadero interés. Si no sabe cuestionarse ni cuestionar a los demás, es tan digno de admiración y lástima como el deportista que no suda o el profesor que no enseña o el médico que no cura. Ofrezco este pensamiento de forma gratuita, a fin de recordarles lo que diferencia a un trabajador provisional de un buen profesional. Pasar de la visión a la fe sin dejarse cegar. Algo que deberían recordar muchos, a estas alturas de la película. Lo peor es que no podemos salir de esta sesión sin más. Ni Stephen King hubiera diseñado un año así en alguna de sus novelas.
Desde que casi dos años atrás prosperara su moción de censura, no han sido pocas las veces en que este Gobierno ha demostrado carecer de principios y sí ir encaminado a un único fin. Aun cuando éste suponga la ruina absoluta para sus conciudadanos y conmilitones, sin remisión. Mal final puede esperarse de lo que no empieza con buen pie. Cabe preguntarse si todas sus contradicciones no serán mayor motivo de estupefacción en el futuro que en el presente. No serán indulgentes con nosotros los que hayan de venir, no porque sean heraldos de un Apocalipsis programado sino por haberlo precipitado y hacerles partícipes de sus consecuencias. La memoria histórica no tratará al Ejecutivo sanchista con benevolencia. Hasta la siega del tocino.
Con respecto al culto sin consciencia, nadie con dos dedos de frente ignora que adorar a un ídolo resulta más irracional cuanto más patente es su incapacidad para salvar. Como aquellos profetas de Baal a los que hacía burla Elías, recomendándoles que alzaran más la voz porque igual estaba dormido y no podía oírles. Estos días, más de uno en redes sociales ha advertido de la sutil diferencia que existe entre partidario y detractor: "Yo critico al Gobierno por cómo actúa, no por ser. Tú lo defiendes por ser como es, no porque actúe bien". Ha pasado el asteroide 1998 OR2 sobre nuestras cabezas y nadie se ha coscado. Un pequeño virus ha tenido mayor impacto que otros meteoritos vistos en "Deep Impact" o "Armaggedon". Todos ellos dejan un cráter a su paso; aquí nos ha caído la china -sin ánimo de ofender- desde el mes de enero y no termina de trazar su surco.
Seguimos para bingo con esta coalición nuestra, tan cotidiana como el pan de cada día pero incluso más inevitable. Entre mis lecturas del fin de semana hallé una conferencia relativa a la destrucción del mundo y -por sorprendente que parezca- sólo constaba de los siguientes enunciados: “Éstas son las cosas que acabarán con la raza humana: la política sin principios, el progreso sin compasión, la riqueza sin esfuerzo, la erudición sin silencio, la religión sin riesgo y el culto sin consciencia". Que algunos lectores, por edad, estén curados de espanto no significa que estén exentos de sorprenderse. Cada jornada se puede aprender algo nuevo pero no necesariamente bueno.
Un periodista cuenta, como el filósofo, con dos armas fundamentales: la capacidad de asombro y el don de la interrogación. Si carece de asombro, pregunta por preguntar y no con verdadero interés. Si no sabe cuestionarse ni cuestionar a los demás, es tan digno de admiración y lástima como el deportista que no suda o el profesor que no enseña o el médico que no cura. Ofrezco este pensamiento de forma gratuita, a fin de recordarles lo que diferencia a un trabajador provisional de un buen profesional. Pasar de la visión a la fe sin dejarse cegar. Algo que deberían recordar muchos, a estas alturas de la película. Lo peor es que no podemos salir de esta sesión sin más. Ni Stephen King hubiera diseñado un año así en alguna de sus novelas.
Desde que casi dos años atrás prosperara su moción de censura, no han sido pocas las veces en que este Gobierno ha demostrado carecer de principios y sí ir encaminado a un único fin. Aun cuando éste suponga la ruina absoluta para sus conciudadanos y conmilitones, sin remisión. Mal final puede esperarse de lo que no empieza con buen pie. Cabe preguntarse si todas sus contradicciones no serán mayor motivo de estupefacción en el futuro que en el presente. No serán indulgentes con nosotros los que hayan de venir, no porque sean heraldos de un Apocalipsis programado sino por haberlo precipitado y hacerles partícipes de sus consecuencias. La memoria histórica no tratará al Ejecutivo sanchista con benevolencia. Hasta la siega del tocino.
Con respecto al culto sin consciencia, nadie con dos dedos de frente ignora que adorar a un ídolo resulta más irracional cuanto más patente es su incapacidad para salvar. Como aquellos profetas de Baal a los que hacía burla Elías, recomendándoles que alzaran más la voz porque igual estaba dormido y no podía oírles. Estos días, más de uno en redes sociales ha advertido de la sutil diferencia que existe entre partidario y detractor: "Yo critico al Gobierno por cómo actúa, no por ser. Tú lo defiendes por ser como es, no porque actúe bien". Ha pasado el asteroide 1998 OR2 sobre nuestras cabezas y nadie se ha coscado. Un pequeño virus ha tenido mayor impacto que otros meteoritos vistos en "Deep Impact" o "Armaggedon". Todos ellos dejan un cráter a su paso; aquí nos ha caído la china -sin ánimo de ofender- desde el mes de enero y no termina de trazar su surco.
















