Eugenio de Ávila
Lunes, 18 de Mayo de 2020
NOCTURNOS

Memoria de un niño pijo y un hombre caprichoso

[Img #39331]Quise querer a una mujer, muy bella, que consideró que yo era un caprichoso, un niño pijo y alguna virtud más que me enjaretó y de la que ya no me acuerdo. Y no pude amarla. Ni lo intenté. Me ahorré palabras y desvelos, humillaciones y desprecios. Alguno guardo, no obstante.

 Me doctoré en mis defectos. Nadie es tan erudito como un servidor en mis carencias. El prójimo que me estima conoce también mejor que yo cuáles son mis potencias y virtudes. La vida, como el amor, es ir perdiendo lo que te sobra para quedarte con lo mejor que había en ti. La vida te esculpe y el amor te da forma. Esa mujer me sobraba. Ella no mereció a un hombre como yo. Creyó que me engañaba.  Actué. Siempre supe quién y cómo era.

Este tipo de féminas, que llaman la atención por su estética, por la arquitectura de esqueleto, por su rostro inmaculado, por su voz melodiosa, canto de sirena, hipnotizan al macho, lo descolocan, le absorben el cerebro, lo dejan  reducido a sexo, a patrimonio de la lujuria. Sucede que, a cierta edad, cuando ya tienes callo en el alma y conservas el bálano en formol, solo te conquista una mujer inteligente, con clase y con tanta elegancia en el cuerpo como en el seso. Y ya la encontré sin buscarla. Y ya no soy un niño pijo, ni un caprichoso ni otras virtudes que niego a describir.

Eugenio-Jesús de Ávila

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