Mª Soledad Martín
Viernes, 05 de Junio de 2020
ZAMORANA

Oratoria y elocuencia

[Img #40101]Nada resulta tan patético como la falta de asunción de un hecho, el entonar un mea culpa sincero y más si existe un pepito grillo que lo echa en cara con manifiesta alevosía. No estamos acostumbrados a pedir disculpas, a aceptar un error o a someternos a la crítica; en el fondo tal vez sea una cuestión de orgullo o, quizá, de educación. 

Los griegos nos regalaron la oratoria, es decir, el arte de hablar con elocuencia, habilidad ésta harto difícil de desarrollar y que tiene sus máximos exponentes en aquellas personas que detentar poder en cualquiera de sus manifestaciones: escritores, banqueros, periodistas o políticos por poner solo algunos ejemplos. Desde luego existen otros muchos oficios que se benefician de buenos oradores porque, en definitiva, el hecho de hablar con locuacidad o con desparpajo es una herramienta con infinitas posibilidades: convence, persuade, educa e incluso catequiza al público a quien se dirige el interlocutor. Esto es aplicable a la política, el periodismo, la empresa e incluso a la vida cotidiana en todo lo que respecta a la relación interpersonal.

En la historia de la política, concretamente en España, hemos gozado de excelentes oradores; eran personas que utilizaban un verbo cuidado, sintaxis perfecta, entonación y enfatización muy estudiada acorde con el momento concreto o la circunstancia que quisieran subrayar; algunos incluso declamaban sin la ayuda de un guion previo que le sirviera de muleta donde apoyarse, y era eso precisamente lo más difícil: presentar los argumentos de manera ordenada y exponerlos a la audiencia con urbanidad y lógica… todo un arte. También es capital la capacidad de improvisación cuando el adversario, sin previo aviso, les ponía en una situación difícil y el buen orador tenía que salir del embrollo con una respuesta brillante y sin titubeos.

En la actualidad cuando un político sube a una tribuna o le colocan un micrófono enfrente, para desgracia de quienes escuchamos con atención sus argumentos, nos decepcionan con un repertorio de improperios, insultos y descalificaciones al partido contrario, sin aportar nada nuevo, nada constructivo. No hablan de su programa político, no plantean soluciones y, por supuesto, no se ofrecer a aliase con el gobierno de turno para encarar un grave problema nacional donde se precisa de las aportaciones de todos, sin excluir a nadie, pero sin personalismos ni egolatrías que impidan el paso a los demás. Lo hemos visto muchas veces pero, tal vez sea ahora con motivo de esta pandemia, cuando hemos asistido a un espectáculo más lamentable: desde un presidente que no ha querido tender la mano al resto de fuerzas políticas para hacer un frente común de ideas ante a una situación nueva y grave, porque era más importante lucir sus muescas en la culata y hacer ostentación de los logros conseguidos, hasta los egoísmos particulares de un vicepresidente que se quiere colgar medallas a toda cosa como la Renta Mínima que lleva anunciando desde hace un mes, cuando aún faltaban demasiados “flecos” para hacerla viable, ninguneando al ministro de Seguridad Social que era quien tejía las complicadas redes para llevarla a cabo. Incluso el tratamiento de esta pandemia no ha sido claro, pese a la multitud de comparecencias públicas que ha habido: falta de transparencia en los datos de fallecidos, opacidad en el reparto de material de protección, falsedad cuando decían que el abastecimiento de los centros de salud estaba garantizado; hipocresía en el cuidado a los sanitarios que han participado y puesto su vida en peligro y a quienes han rescindido su contrato cuando ya no eran necesarios… un cúmulo, en fin, de contradicciones demasiado graves dirigidas a una población que les escuchaba en la convicción de que sus palabras eran sinceras.

Elocuentes sí se han mostrado, convincentes también hasta que las investigaciones posteriores y el tiempo han demostrado que sus argumentos eran falaces y que, a la larga, los ciudadanos no son manipulables, son adultos y capaces de descubrir las palabras que no se pronuncian o los datos que bailan sin llegar a ser concretos, porque como decía Unamuno, por cierto además de brillante escritor un gran orador: “Venceréis, pero no convenceréis”

Marisol Martín Turiño

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