CON LOS CINCO SENTIDOS
Que suerte la mía
Qué suerte la mía de haber tenido un padre como tú. Con Tu verborrea incesante (que algo queda, a base de repetir hasta la saciedad a los hijos lo que deben de hacer…) Qué suerte la mía. Podría haber escrito hace tiempo una canción para ti, en tu nombre y con cada una de tus particulares y únicas características, podría haberlo hecho. Podría. Pero me cuesta mucho. Dejaste un poso, una partitura inacabada, una frase sin palabra final que diese redondo cierre al conjunto, como bien te gustaba hacer. Qué enorme tristeza la mía cuando ahora se han ido tantos mayores, abandonados, otros no, sólo dejados en las mejores manos posibles.
Qué tristeza más infinita invade mi ser que hasta lloro tu ausencia como si te hubieras ido ayer, y en un mes hará ya ocho años que me dejaste sola. No querrías estar aquí ahora, lo sé, no podrías reprimir tus impulsos dialécticos para mandar a más de dos a” Cagar a la vía” por su ineptitud. Papá, no sabes, ni imaginas lo que esto está suponiendo para todos. Para tus hijos, para mí, para esos médicos que tanto te devolvieron a la vida, como a mí. Para los enfermeros y los auxiliares, para los MAESTROS, como tú, que tuviste que abandonar el barco de la Enseñanza antes de tiempo por tus ojos y tus oídos, por lo frágiles que fueron al final.
Qué tristeza acordarme de tu risa a bocajarro y tu “porque hoy es hoy”. Vivías la vida a tragos de nubes, a pasos del gigante del cuento, protegiendo a tu prole ante cualquier mal que viniese de fuera. Cualquier mal. Nos enseñaste que nadie te posee, que tiene la grandísima suerte de contar con nosotros, con cualquiera de tus hijos. Nos hiciste importantes ante tus ojos, para que el mundo viera y se diera cuenta de que, a veces, uno educa bien a sus vástagos, y éstos, son su pasión y su orgullo extremo.
Qué tristeza el no tenerte ahora, en estos tiempos convulsos junto a mí, para que me arrulles en tus brazos ante la chimenea del pueblo, leyéndome a Quevedo, a Neruda, a Cernuda, a Machado, a Óscar Wilde, o a algún filósofo de esa colección con la que me castigabas cuando era díscola, a escribir una vez tras otra, páginas a mano que no lograba comprender entonces y ahora se me antojan absolutamente imprescindibles para la vida. Una vida sin ti. Mi figura ejemplar, mi rosa de los vientos, mi brújula en tiempos oscuros, de quien echo mano cuando vienen mal dadas. Y ahora vienen muy mal dadas, querido mentor de mis tiempos vitales y de mi cordura.
Amo, soy medianamente feliz y tu nieta es una artista. Yo hago lo que puedo desde que decidiste dejar de respirar en este mundo para respirar por encima de todas nuestras posibilidades. Te envidio, pero he de seguir aquí por un tiempo indefinido. No sé cuánto, ni me importa. Viviré y exprimiré el día a día como si de la última jornada se tratase. Pensaré que me acompañas (siempre lo haces, aunque no lo sientas, yo lo siento en mis huesos y en mi carne y eso me basta).
Qué suerte la mía haberte conocido en tu máximo esplendor y en tus momentos más bajos. Nos parecemos tanto, que asusta al miedo. Hoy te dedico este humilde relato a ti, MAESTRO, por todos los que se han dejado la piel en estos meses por sus alumnos es una suerte de locura maléfica y desbordante.
Tú hubieras estado a la altura, como todos los MAESTROS que tengo el honor de conocer. Un café o un vino de Toro con todos ellos te hubiera hecho sentir el hombre más importante del mundo. El Ramón y Cajal de la enseñanza. No exagero en absoluto. He conocido a cientos de profesores y maestros. Cientos. Para mí eres un referente que se fue demasiado pronto. Qué suerte la mía haber vivido con tu persona esos años hasta que te fuiste. Qué suerte la mía.
Nélida L. del Estal Sastre
Qué suerte la mía de haber tenido un padre como tú. Con Tu verborrea incesante (que algo queda, a base de repetir hasta la saciedad a los hijos lo que deben de hacer…) Qué suerte la mía. Podría haber escrito hace tiempo una canción para ti, en tu nombre y con cada una de tus particulares y únicas características, podría haberlo hecho. Podría. Pero me cuesta mucho. Dejaste un poso, una partitura inacabada, una frase sin palabra final que diese redondo cierre al conjunto, como bien te gustaba hacer. Qué enorme tristeza la mía cuando ahora se han ido tantos mayores, abandonados, otros no, sólo dejados en las mejores manos posibles.
Qué tristeza más infinita invade mi ser que hasta lloro tu ausencia como si te hubieras ido ayer, y en un mes hará ya ocho años que me dejaste sola. No querrías estar aquí ahora, lo sé, no podrías reprimir tus impulsos dialécticos para mandar a más de dos a” Cagar a la vía” por su ineptitud. Papá, no sabes, ni imaginas lo que esto está suponiendo para todos. Para tus hijos, para mí, para esos médicos que tanto te devolvieron a la vida, como a mí. Para los enfermeros y los auxiliares, para los MAESTROS, como tú, que tuviste que abandonar el barco de la Enseñanza antes de tiempo por tus ojos y tus oídos, por lo frágiles que fueron al final.
Qué tristeza acordarme de tu risa a bocajarro y tu “porque hoy es hoy”. Vivías la vida a tragos de nubes, a pasos del gigante del cuento, protegiendo a tu prole ante cualquier mal que viniese de fuera. Cualquier mal. Nos enseñaste que nadie te posee, que tiene la grandísima suerte de contar con nosotros, con cualquiera de tus hijos. Nos hiciste importantes ante tus ojos, para que el mundo viera y se diera cuenta de que, a veces, uno educa bien a sus vástagos, y éstos, son su pasión y su orgullo extremo.
Qué tristeza el no tenerte ahora, en estos tiempos convulsos junto a mí, para que me arrulles en tus brazos ante la chimenea del pueblo, leyéndome a Quevedo, a Neruda, a Cernuda, a Machado, a Óscar Wilde, o a algún filósofo de esa colección con la que me castigabas cuando era díscola, a escribir una vez tras otra, páginas a mano que no lograba comprender entonces y ahora se me antojan absolutamente imprescindibles para la vida. Una vida sin ti. Mi figura ejemplar, mi rosa de los vientos, mi brújula en tiempos oscuros, de quien echo mano cuando vienen mal dadas. Y ahora vienen muy mal dadas, querido mentor de mis tiempos vitales y de mi cordura.
Amo, soy medianamente feliz y tu nieta es una artista. Yo hago lo que puedo desde que decidiste dejar de respirar en este mundo para respirar por encima de todas nuestras posibilidades. Te envidio, pero he de seguir aquí por un tiempo indefinido. No sé cuánto, ni me importa. Viviré y exprimiré el día a día como si de la última jornada se tratase. Pensaré que me acompañas (siempre lo haces, aunque no lo sientas, yo lo siento en mis huesos y en mi carne y eso me basta).
Qué suerte la mía haberte conocido en tu máximo esplendor y en tus momentos más bajos. Nos parecemos tanto, que asusta al miedo. Hoy te dedico este humilde relato a ti, MAESTRO, por todos los que se han dejado la piel en estos meses por sus alumnos es una suerte de locura maléfica y desbordante.
Tú hubieras estado a la altura, como todos los MAESTROS que tengo el honor de conocer. Un café o un vino de Toro con todos ellos te hubiera hecho sentir el hombre más importante del mundo. El Ramón y Cajal de la enseñanza. No exagero en absoluto. He conocido a cientos de profesores y maestros. Cientos. Para mí eres un referente que se fue demasiado pronto. Qué suerte la mía haber vivido con tu persona esos años hasta que te fuiste. Qué suerte la mía.
Nélida L. del Estal Sastre




















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.41