NOCTURNOS
Porque te amo, existo
No me conoces. Yo, tampoco. Intento saber quién soy, si el que te ama, el hombre al que inspiras cada palabra, ese que dedica parte de su tiempo a penetrar en el misterio de tu esencia, o la persona vulgar que vive por inercia, que rechaza una sociedad que no entiende, una forma de hacer política que le duele hasta en el alma.
He de confesar que lo mejor de mí, si es que hay algo que merezca la pena en mi raído cuerpo, aparece cuando escribo cartas que nunca te envío al buzón de tu carne, que se quedan aquí, en este muro cibernético para que las leas tú, mujer, Carlota, mi diosa, y quién guste de sentir lo que escribo, que goce con mi sintaxis enamorada, con forma de anegarme de pasión.
Otro de mis pecados consistió en que nunca amé con tanta inteligencia, que jamás, en mi ya larga, tortuosa, volcánica vida, quise a una dama con semejante sensibilidad y ternura. Pero no solo me deslumbran tu ética y tu talento. Me provocan tus senos perfectos, que desafían a mis labios, que despiertan mi concupiscencia; tu rostro bellísimo, así como tus manos de geisha, o tus piernas, dos columnas perfectas sobre las que se asienta un cuerpo de princesa.
Considero, después de hablar conmigo mismo, que cometería un pecado mortal si, después de conocerte, de disfrutar del tono de tu voz, de tu clase al caminar, de tus ojos, balcones de tu esencia; de tu talento cuando hablamos, no intentara amarte en cuerpo y alma e incluso más allá de la muerte, cuando sea un espíritu sin tiempo.
Eugenio-Jesús de Ávila
No me conoces. Yo, tampoco. Intento saber quién soy, si el que te ama, el hombre al que inspiras cada palabra, ese que dedica parte de su tiempo a penetrar en el misterio de tu esencia, o la persona vulgar que vive por inercia, que rechaza una sociedad que no entiende, una forma de hacer política que le duele hasta en el alma.
He de confesar que lo mejor de mí, si es que hay algo que merezca la pena en mi raído cuerpo, aparece cuando escribo cartas que nunca te envío al buzón de tu carne, que se quedan aquí, en este muro cibernético para que las leas tú, mujer, Carlota, mi diosa, y quién guste de sentir lo que escribo, que goce con mi sintaxis enamorada, con forma de anegarme de pasión.
Otro de mis pecados consistió en que nunca amé con tanta inteligencia, que jamás, en mi ya larga, tortuosa, volcánica vida, quise a una dama con semejante sensibilidad y ternura. Pero no solo me deslumbran tu ética y tu talento. Me provocan tus senos perfectos, que desafían a mis labios, que despiertan mi concupiscencia; tu rostro bellísimo, así como tus manos de geisha, o tus piernas, dos columnas perfectas sobre las que se asienta un cuerpo de princesa.
Considero, después de hablar conmigo mismo, que cometería un pecado mortal si, después de conocerte, de disfrutar del tono de tu voz, de tu clase al caminar, de tus ojos, balcones de tu esencia; de tu talento cuando hablamos, no intentara amarte en cuerpo y alma e incluso más allá de la muerte, cuando sea un espíritu sin tiempo.
Eugenio-Jesús de Ávila














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