NOCTURNOS
Lágrimas de mujer, glóbulos rojos del alma
Una lágrima de mujer sabe a amor y desprende aroma a pétalos de violetas, claveles, gardenias y deja en el pañuelo que la recoge un toque de ternura, de distinción, de belleza.
He hecho llorar a féminas. Aún mi memoria se ahoga en sus sollozos. Cada gota que recorría sus mejillas me rasga todavía lo que me queda de alma, la epidermis de Dios. Y me pregunto quién era yo, qué clase de malandrín, canalla, badulaque fui antaño, cuando mi rostro se encontraba a gusto con el espejo y mi carne se hallaba en armonía con su musculatura.
Mi yo actual, persona que ya espera muy poco de la vida y nada de mí mismo, no se reconoce en aquel personaje, un botarate provinciano, un poeta de pueblo, un loquinario bien parecido, dotado con un cerebro de invertebrado y un esqueleto de mariposa.
Ahora, a escasos metros para cruzar la meta de la vida, me duele tanto el llanto femenino que noto que mis vísceras lloran glóbulos rojos, que mi sangre circula más aprisa, como si quisiera convertirse en color de arco iris, en carmín de amapola…
Una mujer llora por amor. No derrama lágrimas por ella; su llanto en por el hombre insensible, sin capacidad para descubrir más allá de la belleza exterior, de la bahía que vigilan sus ingles, de la sabrosa cumbre de sus senos, su esencia femenina.
Un hombre llora, en silencio, lágrimas secas, por su egoísmo derrotado, por el deseo perdido en la realidad, por su machismo anacrónico, por desconocer para qué sirven las lágrimas, qué son, de dónde vienen, en qué se convierten una vez derramadas, resbaladas por sus mejillas de acero.
Anoche, de madrugada, me comí unas cuantas lágrimas que me supieron a soledad. Me brotaron de tanto amor contenido, de pasión condensada.
Eugenio-Jesús de Ávila
Una lágrima de mujer sabe a amor y desprende aroma a pétalos de violetas, claveles, gardenias y deja en el pañuelo que la recoge un toque de ternura, de distinción, de belleza.
He hecho llorar a féminas. Aún mi memoria se ahoga en sus sollozos. Cada gota que recorría sus mejillas me rasga todavía lo que me queda de alma, la epidermis de Dios. Y me pregunto quién era yo, qué clase de malandrín, canalla, badulaque fui antaño, cuando mi rostro se encontraba a gusto con el espejo y mi carne se hallaba en armonía con su musculatura.
Mi yo actual, persona que ya espera muy poco de la vida y nada de mí mismo, no se reconoce en aquel personaje, un botarate provinciano, un poeta de pueblo, un loquinario bien parecido, dotado con un cerebro de invertebrado y un esqueleto de mariposa.
Ahora, a escasos metros para cruzar la meta de la vida, me duele tanto el llanto femenino que noto que mis vísceras lloran glóbulos rojos, que mi sangre circula más aprisa, como si quisiera convertirse en color de arco iris, en carmín de amapola…
Una mujer llora por amor. No derrama lágrimas por ella; su llanto en por el hombre insensible, sin capacidad para descubrir más allá de la belleza exterior, de la bahía que vigilan sus ingles, de la sabrosa cumbre de sus senos, su esencia femenina.
Un hombre llora, en silencio, lágrimas secas, por su egoísmo derrotado, por el deseo perdido en la realidad, por su machismo anacrónico, por desconocer para qué sirven las lágrimas, qué son, de dónde vienen, en qué se convierten una vez derramadas, resbaladas por sus mejillas de acero.
Anoche, de madrugada, me comí unas cuantas lágrimas que me supieron a soledad. Me brotaron de tanto amor contenido, de pasión condensada.
Eugenio-Jesús de Ávila














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