NOCTURNOS
Enamorarse de mí
No te he perdido, porque solo te deseé. Nunca te quise mía. No tengo más propiedad privada que mis libros y música. Ni tan si quiera mi sombra me pertenece y la soledad juega conmigo al escondite.
Mi anhelo fue ser tuyo, como una joya de carne, como un obsequio con movimiento y espíritu. Intenté seducir tu alma, para después perderme en tu cuerpo. Despreciaste mi manera de ser y te movió a la sonrisa mi capacidad de seducción.
Desde que desapareciste de mi vida, lo confieso, pienso aún más en ti: tu dulce voz se ha grabado en las circunvalaciones de mi cerebro. Cuando estoy solo, la escucho pronunciando mi nombre a tu manera, siempre si el duro sonido “ge”. Podría pintar tu rostro en una tela, al óleo, si tuviera la habilidad de cualquier licenciado en Bellas Artes, porque lo veo, perfectamente, como si te mirara a una cuarta de mis ojos. Y recuerdo la última noche que pasé contigo, sentados, cerca del pasado, al borde del tiempo, como si yo fuera un templario vestido con chaleco y pantalón ceñido de verano.
No estoy enojado contigo, princesa. Nunca te obligué a enamorarte de mí, más a ti, una mujer tan hermosa, tan necesitada de otro tipo de hombre que fuese mi antítesis. Yo soy raro, extraño y un poco estúpido. Me gustan las mujeres bellas y cultas. Me encanta que me mimen, que me levanten el ánimo, que me engañen, que me hagan creer que soy un tío cojonudo, culto, elegante, atractivo y sensual. Pero nunca, que yo recuerde, recibí de tus hermosas manos ni una caricia, ni tu dulce voz pronunció mi nombre, ni tus labios besaron, tan si quiera, mi mejilla.
Eugenio-Jesús de Ávila
No te he perdido, porque solo te deseé. Nunca te quise mía. No tengo más propiedad privada que mis libros y música. Ni tan si quiera mi sombra me pertenece y la soledad juega conmigo al escondite.
Mi anhelo fue ser tuyo, como una joya de carne, como un obsequio con movimiento y espíritu. Intenté seducir tu alma, para después perderme en tu cuerpo. Despreciaste mi manera de ser y te movió a la sonrisa mi capacidad de seducción.
Desde que desapareciste de mi vida, lo confieso, pienso aún más en ti: tu dulce voz se ha grabado en las circunvalaciones de mi cerebro. Cuando estoy solo, la escucho pronunciando mi nombre a tu manera, siempre si el duro sonido “ge”. Podría pintar tu rostro en una tela, al óleo, si tuviera la habilidad de cualquier licenciado en Bellas Artes, porque lo veo, perfectamente, como si te mirara a una cuarta de mis ojos. Y recuerdo la última noche que pasé contigo, sentados, cerca del pasado, al borde del tiempo, como si yo fuera un templario vestido con chaleco y pantalón ceñido de verano.
No estoy enojado contigo, princesa. Nunca te obligué a enamorarte de mí, más a ti, una mujer tan hermosa, tan necesitada de otro tipo de hombre que fuese mi antítesis. Yo soy raro, extraño y un poco estúpido. Me gustan las mujeres bellas y cultas. Me encanta que me mimen, que me levanten el ánimo, que me engañen, que me hagan creer que soy un tío cojonudo, culto, elegante, atractivo y sensual. Pero nunca, que yo recuerde, recibí de tus hermosas manos ni una caricia, ni tu dulce voz pronunció mi nombre, ni tus labios besaron, tan si quiera, mi mejilla.
Eugenio-Jesús de Ávila














Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.42