Eugenio de Ávila
Viernes, 28 de Agosto de 2020
PASIÓN POR ZAMORA

Zamora se arruga: ¡estirémosla!

[Img #43075]Se me han muerto personas a las que estimaba y quería en unos pocos meses de este año 2020, que parece una primera entrega del Apocalipsis de San Juan de Patmos. El mismo día, el ángel de Zamora, Ana Cordero, y el dependiente de la serenidad, la bonhomía y la educación exquisita, Miguel “Coruja” Beato, y ayer el inolvidable Valeriano Colino, un conserje mayor de la Diputación que marcó toda una época, cuando la institución vivió sus años más conflictivos. Y no me olvido de José María Enríquez, mi vecino desde mi niñez, hombre educado, funcionario de los de antes.

En este mes celebré mi cumpleaños con gente que estimo y una mujer que amo. Me siento querido. No sé por qué, si parezco altivo, orgulloso, distante y pagado de mí mismo, una mezcla de seductor y millonario. Quizá, si se me conoce, hombres y mujeres perciban en mí más virtudes que defectos. No soy tan jactancioso como para afirmar que soy una buena persona. Prefiero decir que no soy malo del todo. Pero, sin que me dé ni cuenta, me estoy haciendo muy mayor, aunque, a veces, me crea que friso los 40 años. No. La vejez no es bonita. Una noche de invierno, mi papá, me confesó: “¡Geño, qué malo es ser viejo”. Tenía entonces 85 años. Me queda mucho aún para convertirme en octogenario. Y todavía amo. Y todavía creo en la amistad. Y todavía creo en el periodismo. Y todavía creo en ti, mujer, porque te quiero sin que me quieras, tal y como deseo el periodismo sin que jamás me besase con sus labios de tinta.

Se acaba agosto. Llegamos al estío, que es como el verano viejo. Todo sigue igual. Los muertos mueren y las sombras pasan, lleva quien deja y vive el que ha vivido, que versificase Antonio Machado, un hombre bueno. Pero los vivos envejecen, Zamora, la ciudad pretérito, se arruga, y yo escribo sobre lo que pudo haber sido y no fue.

Y Zamora también es una ciudad vieja, que tiene una abuela muy mayor, su provincia. Pero en el campo, donde los zamoranos aprendieron a sentir la libertad del ruiseñor, del pardal, de las aves rapaces, del negrillo y el olmo, todavía hay gente joven y madura rebelde. Agricultores y ganaderos se curtieron al sol del estío, a la helada de invierno, a las nieblas y lluvias del otoño. Saben que una gota de sudor es el perfume de la verdad, de esa sinceridad con la que habla la madre tierra a quién la mima, acaricia, le extraer su fruto más elegante.

Zamora ya tiene muchos años, incluso más que yo. Y hay que cuidarla, ponerla guapa. La política debería aplicarle un maquillaje embellecedor para vuelva a sonreír, a lucir su hermosa cara, a presumir ante otras provincias y ciudades. Insisto en la frase lapidaria de mi papá, Antonio de Ávila Comín: “Qué malo es ser viejo”. Quiero una Zamora joven, fuerte, ambiciosa y valiente, no una tierra vieja, resignada a su suerte, pusilánime, derrotada. Zamora se arruga.

Los que aún creemos en su futuro, los que nos peleamos con rojos y azules, los que nos negamos a vivir de rodillas, a lamer culitos políticos, tenemos que estirar su piel económico y, ante todo, tensar su personalidad.

 

Eugenio-Jesús de Ávila

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