CON LOS CINCO SENTIDOS
La luz que ilumina el cerebro
Hoy una amiga querida y admirada por mí ha escrito algo y lo ha ilustrado con una imagen que es y forma parte de mi vida, desde que empecé a leer, casi a escondidas, a la tenue luz de una linterna por si me pillaba mi madre y me daba un coscorrón, pensando, pobre de ella, que ya estaría durmiendo. De ahí vinieron las posteriores dioptrías y mi perenne vista cansada. Leo todo, de todo, para saber algo de todo. Pero como acertadamente decía Sócrates “Sólo sé que no sé nada”.
Recuerdo vagamente a mi abuela materna echarme unas broncas de la leche por leer a Miguel Hernández o a Lorca o Machado, aquellas tórridas tardes en el pueblo, cuando, siendo yo muy niña, los demás hermanos mayores segaban o cuidaban del ganado familiar durante cada estío. Yo era demasiado pequeña, pero mi abuela consideraba que cualquier trabajo que no te hiciese sudar, no era trabajo, por ende, leer no era ni un trabajo. Enaltecer el alma, llorar de emoción era de flojos, de débiles y pusilánimes. Alguna vez me tiró el libro al suelo…
Y es tan cierto como que el día tiene veinticuatro horas que no tenemos tiempo de aprender tanto como se nos ofrece, por mucho que lo intentemos. Tendríamos que vivir en varios cuerpos, varias vidas, para sopesar nuestro pensamiento, nuestro comportamiento y nuestra “sapiencia”. Somos seres perecederos en un mundo que va tan aprisa que no te deja aliento para postrar tus posaderas y leer un buen libro, de filosofía, por ejemplo, tan necesaria en nuestros días. Todo se consume a lo bestia, casi toda la “cultura” que nos intentan meter en la cabeza es una cultura de baja estofa, “low cost”, como se dice ahora. Es una hamburguesa que te sacia en el momento y a la media hora te da ganas de comer otra, sin mesura ni conocimiento alguno.
Por eso recuerdo esos momentos irrepetibles cuando me escondía bajo las sábanas con algún libro de los que mi padre tenía en la librería del salón, aunque fuera para adultos, quizá fuera por eso. Lo leía con tal fruición y ansiedad porque pensaba que en cualquier momento me descubrirían y me lo arrebatarían, sin dejarme saber cómo terminaba la historia o la disquisición que mostrase la página abierta del libro.
Qué manía coño, cuando un hijo te roba los libros para leerlos bajo las sábanas con una linterna, hazle una fiesta, alábale el gusto, cómprale bombillas de bajo consumo y no le des un coscorrón para que duerma. Tiene toda la vida por delante para dormir, pero las ganas de aprender se pueden pasar demasiado pronto. Si todos leyésemos más, si la cultura inundase las casas, la música y la filosofía, esto sería diametralmente distinto, tanto, que no lo reconocería ni la madre que lo parió.
Nélida L. del Estal Sastre
Hoy una amiga querida y admirada por mí ha escrito algo y lo ha ilustrado con una imagen que es y forma parte de mi vida, desde que empecé a leer, casi a escondidas, a la tenue luz de una linterna por si me pillaba mi madre y me daba un coscorrón, pensando, pobre de ella, que ya estaría durmiendo. De ahí vinieron las posteriores dioptrías y mi perenne vista cansada. Leo todo, de todo, para saber algo de todo. Pero como acertadamente decía Sócrates “Sólo sé que no sé nada”.
Recuerdo vagamente a mi abuela materna echarme unas broncas de la leche por leer a Miguel Hernández o a Lorca o Machado, aquellas tórridas tardes en el pueblo, cuando, siendo yo muy niña, los demás hermanos mayores segaban o cuidaban del ganado familiar durante cada estío. Yo era demasiado pequeña, pero mi abuela consideraba que cualquier trabajo que no te hiciese sudar, no era trabajo, por ende, leer no era ni un trabajo. Enaltecer el alma, llorar de emoción era de flojos, de débiles y pusilánimes. Alguna vez me tiró el libro al suelo…
Y es tan cierto como que el día tiene veinticuatro horas que no tenemos tiempo de aprender tanto como se nos ofrece, por mucho que lo intentemos. Tendríamos que vivir en varios cuerpos, varias vidas, para sopesar nuestro pensamiento, nuestro comportamiento y nuestra “sapiencia”. Somos seres perecederos en un mundo que va tan aprisa que no te deja aliento para postrar tus posaderas y leer un buen libro, de filosofía, por ejemplo, tan necesaria en nuestros días. Todo se consume a lo bestia, casi toda la “cultura” que nos intentan meter en la cabeza es una cultura de baja estofa, “low cost”, como se dice ahora. Es una hamburguesa que te sacia en el momento y a la media hora te da ganas de comer otra, sin mesura ni conocimiento alguno.
Por eso recuerdo esos momentos irrepetibles cuando me escondía bajo las sábanas con algún libro de los que mi padre tenía en la librería del salón, aunque fuera para adultos, quizá fuera por eso. Lo leía con tal fruición y ansiedad porque pensaba que en cualquier momento me descubrirían y me lo arrebatarían, sin dejarme saber cómo terminaba la historia o la disquisición que mostrase la página abierta del libro.
Qué manía coño, cuando un hijo te roba los libros para leerlos bajo las sábanas con una linterna, hazle una fiesta, alábale el gusto, cómprale bombillas de bajo consumo y no le des un coscorrón para que duerma. Tiene toda la vida por delante para dormir, pero las ganas de aprender se pueden pasar demasiado pronto. Si todos leyésemos más, si la cultura inundase las casas, la música y la filosofía, esto sería diametralmente distinto, tanto, que no lo reconocería ni la madre que lo parió.
Nélida L. del Estal Sastre



















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