Miguel Ángel Vegas
Jueves, 10 de Septiembre de 2020
POLÍTICA

Deriva de nuestro sistema democrático: regeneración o peligro de muerte

[Img #43505]Habiendo leído hace unos días cierto comentario sobre la situación política en nuestro país escrito por el insigne periodista, maestro de periodistas e historiador, Vicente Talón, he reflexionado sobre lo escrito por él llegando a varias conclusiones que me gustaría compartir con ustedes.

Muchos ciudadanos estábamos en la convicción de que nuestro sistema político es ideológicamente variado y diverso pues conviven en el partidos y personas con ideas y adscripciones comunistas, ultraizquierdistas, socialdemócratas, conservadoras, liberales, secesionistas, antisistema  e incluso fascistas (aunque, en verdad, esta  terminología la aplican algunos simplemente a todo aquél que les lleve la contraria). Creo, como el maestro Talón, que estamos equivocados, ya que- si lo analizamos desde otra óptica-en realidad nuestro sistema político es más uniforme de lo que pensamos. Tenemos un denominador común que todo lo estructura y estabiliza: SAQUEO y EXPOLIO constante de los bienes públicos y ENGAÑO  continuado a la ciudadanía.

El sistema que se ha ido instaurando tiene a su disposición un entramado impositivo cuyo único objetivo es extraer todo lo posible de la parte productiva de la sociedad, capaz de explotar, saquear y robar con un impresionante despliegue técnico, humano y propagandístico (no olvidemos que, de todas las Administraciones, la mejor dotada de medios técnicos y humanos es Hacienda, que disfruta sin fallos de conexiones on-line con todo el big-data del ciudadano). Hasta tal punto que podríamos afirmar que el resto de administraciones son subsidiarias de ella.

Las recaudaciones se distribuyen fundamentalmente en dos grupos o montones: un montón va a la clase dirigente, para mantener las estructuras; y otro para fomentar o cuidar la  red clientelar de electores que le da soporte ( bajo la apariencia de “políticas sociales” y de bienestar) generando con ello un círculo de retroalimentación permanente y costosísimo.
Las élites privilegiadas (partidos políticos, sindicatos, altos funcionarios, medios de comunicación, algunas grandes empresas y grupos de presión) intentan maximizar el expolio llevándose por delante el propio sistema productivo, poniendo trabas a empresas y empresarios de  éxito, entorpeciendo  la innovación, despreciando nuevas ideas e imponiendo un sistema de valores donde el éxito empresarial y el  enriquecimiento son criticados y atacados moralmente, incluso aunque generen miles de empleos y cientos de millones para las arcas públicas, mientras contraponen las supuestas bondades de la iniciativa pública..
 

Todo comenzó con el PSOE en los 80. Recordemos que sus primeras acciones de gobierno se orientaron a: 1) invadir el sistema educativo cambiando ejes que habían permanecido secularmente inmutables; 2) inflar la administración; 3) dar a los políticos el control de las Cajas de Ahorro (con las consecuencias que ya conocemos y aún padecemos); 4) desvirtuar la separación de poderes (recordemos el “Montesquieu ha muerto”) y 5) “reestructurar” la industria del país ( es decir, desindustrialización de nuestra economía) mientras regalaban empresas a amiguetes, previa comisión suculenta.
Complementariamente se diseñaba un sistema de prebendas y salidas honorables para esa misma élite, de tal manera que ningún político quedara huérfano de colocación, ya fuera en organismos de la órbita pública existentes o creados (“ad-hoc” o “ad personam”) como en las altas esferas del sector privado    (las famosas “ puertas giratorias”).
Cuando el PP accedió al poder no desmontó este burdo, oneroso y extenso aparato de saqueo sino que- tomando el relevo- se aprovechó obscenamente de él, lo agrandó y perfeccionó. ¡ y vaya si se aprovechó!

Tampoco las Comunidades Autónomas se han orientado a una mejor gestión. Sus prioridades se han centrado en la profundización identitaria, a costa de la nacional; en buscar el máximo manejo de fondos presupuestarios; en la compra de voluntades en los medios de comunicación y en la manipulación perversa de las mentes a través de su propio sistema formativo-educativo que, en las autonomías más nacionalistas no sólo es evidente sino peligrosamente palpable (algo que jamás encontraríamos en un sistema federal; sépanlo ustedes).

Pero es que, además, tienen a su servicio un extraordinario aparato propagandístico-periodístico de ínfimo nivel profesional en el que el sentido crítico, el análisis imparcial y la objetividad han desaparecido por completo para dar paso a un asqueroso y destructivo sectarismo porque- obviamente- sobrevive gracias a los presupuestos públicos.

Para un ciudadano que ansíe la libertad y se sienta demócrata, que se condicione y maneje tanto a los medios de comunicación públicos (mediante instrucciones políticas y nombramientos partidistas) como que se soborne a los medios privados (mediante subvenciones, publicidades, ayudas e información privilegiada) son cuestiones de insoportable cinismo y claramente antidemocráticas.

Para completar el panorama faltamos nosotros, los españolitos de a pie, ciudadanía cuyo nivel medio de cultura cívica y conocimiento político es bastante deficiente (por no decir de ignorancia supina) que seguimos guiando nuestra conducta política por los sentimientos, la irracionalidad, el seguidismo de “los nuestros” y el odio a “los otros”. Cada vez más polarizados y enfrentados, consentimos que todo el entramado se mantenga y que con nuestro dinero se siga pagando todo el sistema corrupto y de engaño permanente para beneficio de unos pocos en lugar del bien común.

Es tal la incultura política del ciudadano medio en España que se ha instalado la creencia de que corrupción es “coger dinero de la caja” (especialmente si es el PP, tal como los medios comprados insisten en difundir, ocultando las demostradas y escandalosamente amplias corruptelas de otros partidos). Pero no es así. Corrupción, abramos los ojos, no es sólo eso.

Fundaciones, observatorios, plataformas, organismos inútiles, cargos absurdos, miles de asesores y redes clientelares, representan muchísimo más dinero y tienen un objetivo igual o más abyecto y pernicioso que el robo directo. Roban más, pero  aparentando que cumplen un servicio. Solo sirven a  sus propios fines, a los intereses del partido, a la colocación de afines y a prestar favores que deberán ser devueltos.

Y así, cerramos el círculo de la corrupción de todo el sistema, con nuestra contribución en mayor o menor medida Unos por hacer y otros por consentir.

Para agrandar  el desastre, la capacidad para generar riqueza de nuestra economía no da para toda esta parafernalia. La consecuencia es que hemos ido generando un desmesurado endeudamiento público que pone a nuestro país a merced de sus acreedores,  absorbiendo el ahorro privado y comprometiendo sobremanera el futuro de las próximas generaciones.

Todo este entramado tiene unos costes insoportables que empobrecen el sistema productivo y las capacidades económicas de las familias. El resultado es que nos vamos alejando cada vez más en productividad, niveles de renta per cápita y PIB de los grandes países de la UE. Y con esta crisis (ya lo estamos viendo) lo haremos aún más.

Y no me lo estoy inventando. Un paseo por cualquier localidad o un análisis no muy riguroso de nuestros servicios públicos evidenciarán lo que afirmo. La corrupción, la mala gestión, la desidia o la ineficiencia son apreciables por doquier y a simple vista:  obras faraónicas e inútiles, sin uso; sobrecostes en presupuestos aceptados sin rechistar y sin pedir indemnizaciones al adjudicatario; incremento incesante de empleados en la función pública en detrimento de la ocupación privada; inexistencia de dimisiones en políticos;  carestía de la vivienda; alta factura de la electricidad y gasolina, consecuencia de los impuestos que las gravan; incremento del delito de allanamiento y asalto a viviendas (las mal llamadas “okupaciones”); insoportables tasas de abandono escolar; niveles bajísimos de educación según Informe Pisa; personal interino y de confianza inundando la Administración pública; falta de oportunidades para los jóvenes; hiperinflación de bares; red productiva que descansa en autónomos y Pymes; exceso de leyes; carga fiscal media superior a la mayoría de países similares; dependencia brutal del turismo; pesada burocracia escasamente tecnificada (excepto la mencionada administración tributaria); cachondeo de las sentencias judiciales; nulo respeto a las leyes por los servidores públicos (que sirve de justificación para su incumplimiento por la ciudadanía);  poca innovación:  salarios bajos, etc...

Todo consecuencia del saqueo sistemático y de la falta de cultura cívica y de compromiso con lo público que nos caracteriza. Y ello nos lleva a un deterioro general del sistema de convivencia, a una desafección por la política y los políticos (y como consecuencia, dejando que ellos sigan manejando el cotarro)  y a la falta de consistencia (o peor, la inexistencia) de los pilares básicos de un estado de derecho y democrático:

no tenemos igualdad real ante la ley,

no sólo no se protege la propiedad privada sino que se demoniza,

no se cree en la unidad y en el futuro común del país y

se ha pervertido el principio de presunción de inocencia.

Tan es así que, en estos momentos, defender alguno o todos estos principios se ha convertido en acto subversivo. O se corre el riesgo de que, en determinados momentos y por algunas personas, seas tachado como facha si los defiendes.

El buenismo, el lenguaje políticamente correcto y plegarse a pensar al dictado de  la progresía, es lo que se impone. Es el nuevo puritanismo en pleno siglo XXI que, encima, se cree que es progresista. A este nivel hemos llegado.

Mientras tanto, para dar sensación de avance, progreso y lucha socio-política, andamos “entretenidos” con nuevas causas (sin duda muy plausibles y beneficiosas) como la ecología, la lucha contra la desigualdad, la inclusión social, el rescate de inmigrantes, la libertad de escoger identidades sexuales, la lucha contra la pobreza, el feminismo, la diversidad, la defensa animal, el indigenismo, el antifascismo…         ¿ qué ser humano no está a favor de estas nobles causas?

Pero para muchos diseñadores e ingenieros sociales al servicio de las élites, estas buenas causas sirven como cortinas de humo para provocar respuestas emocionales e inmediatas y, por tanto, irracionales. Así logran desviar nuestra atención y nuestros esfuerzos de lucha hacia ellas, en vez de poner el foco en sus desmanes y tropelías (curiosamente se observa que el neomarxismo se camufla en ellas para encontrar los adeptos perdidos tras su debacle post-89).

Todo sirve a la misma causa: fomentar las emociones y el visceralismo, crear enfrentamientos de “nueva clase”, generar causas “colectivas” en detrimento de la defensa de las libertades del individuo, promover la desaparición del análisis crítico y modular a conveniencia el conocimiento histórico (pasando de la historiografía y la ciencia documental a la “memoria histórica” basada en recuerdos, emociones y sensaciones, aunque no estén convenientemente respaldadas por documentos o estos las contradigan).

Desde los medios de comunicación-especialmente las TVs e internet- ayudan sin parar. Para evitar la racionalidad y el sentido crítico generan sin descanso programas de entretenimiento mezclados con pseudo-información (“Infotainnment”). Contenidos insulsos, falsamente ingeniosos y de constante chismorreo, cuyos principales protagonistas son periodistas vendidos, gañanes, “hijos e hijas de”, buscadores y buscadoras de fortuna, frikis y demás patulea con escasas capacidades intelectuales que-algunos desde la ESO- no han vuelto a leer nada que no sea su móvil. Esto incita e invita a generar la sensación del “todo vale con tal de ser famoso” y desvirtúa los valores tradicionales que conforman una sociedad seria , madura y verdaderamente progresista:  estudio, esfuerzo, respeto, ansia por conocer y prosperar, sentido colectivo, compromiso cívico, sacrificio y buen comportamiento ciudadano.

En ese entorno, el análisis racional ha sido totalmente desterrado y prácticamente ningún referente verdaderamente intelectual tiene ya un hueco en los medios. Así que, aquí estamos. Y hasta aquí hemos llegado. O no, todo depende de cuánto estemos dispuestos a aguantar y hasta cuándo. Pocas esperanzas debemos tener ya en partidos de la “nueva política” y escasas en la reacción de la sociedad civil, que necesita de líderes que la movilicen.

Por eso, hasta que no nos sacudamos de encima a todos esos parásitos politicastros “de carrera y partido” (pero sin carrera o trayectoria profesional alguna) y las secuelas que arrastran, seguiremos en una sociedad empobrecida, mediocre e irrelevante que  continuará con su deterioro económico, social, cultural y moral.

Nos quedamos mirando el dedo que a ellos y a sus lacayos mediáticos les interesa que veamos y consumimos las noticias que nos elaboran. Nos mantienen entretenidos, mientras ellos juegan y se benefician de nuestro embobamiento.           La sociedad civil debe comenzar a ser consciente y a reaccionar en todos los pueblos, ciudades, empresas y asociaciones de España. Los militantes, afiliados y simpatizantes de los partidos a regenerarlos. Y los ciudadanos-votantes a reflexionar antes de votar, no después.

¿por qué confiar en que un cambio de sistema político (de monarquía parlamentaria constitucional a república) iba a cambiar la situación si los políticos van a ser los mismos y nosotros tampoco cambiamos? Necesitamos una regeneración.En esto sí que nos va la vida y el futuro.

Parafraseando la mítica frase de los revolucionarios sesenteros ( “Patria o Muerte”) yo digo: “españoles, regeneración o muerte de la democracia”.

Miguel Angel Vegas Soto (ciudadano, estudiante de Ciencia Política)

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