CON LOS CINCO SENTIDOS
Perdida en la traducción
Recuerdo la famosa película de igual nombre al de mi título de hoy “Lost in translation”. Me encantó por el argumento, la temática, los actores (Bill Murray está sublime) y porque Japón es uno de los países en los que quiero recalar antes de irme hacia ninguna parte. Esa manera de entender el honor entre humanos siempre me ha “puesto” bastante, aparte de sus bellísimos paisajes cuajados de verde, agua, templos y cerezos en flor. Una auténtica maravilla. ¡Ah! Y el sushi, me encanta el sushi.
Pero esta película sólo es el título de un estado de ánimo frente a lo que se me presenta a la cara en estos días de dimes y diretes, de comisiones de investigación por esto y por lo otro, de “negocio contigo sí y contigo no, bicho, pero luego, a solas, puede…”. “Te apoyo en esto, pero luego voy a la radio y digo que hemos tenido un encontronazo verbal; que me ha pedido disculpas fulanito…” Estoy perdida ante esta especie de mercado de la carne y de las ideas en el que se han convertido los posibles pactos políticos entre fuerzas que parecen afines, pero son dispares, entre fuerzas que parecen dispares, pero son afines, para sacar adelante Decretos, acuerdos, moñeces…Un lío de narices. O no tanto.
Yo no soy de ningún partido, al menos no que se me reconozca ni yo misma lo diga por no definirme. No conviene en mi caso. No intereso a nadie. Tengo mis ideas, mis afinidades y mis convicciones pero no te vas a enterar si yo no quiero. Quizá no se identifiquen con una postura determinada, un azul, un rojo, un morado, un naranja o un sinfín de colores todos juntos. Te vas a quedar con las ganas, o puede que te importe un pimiento. Pero resulta que nos ha de importar lo que otros hagan con nuestra confianza, con nuestros votos, con nuestro derecho a decidir qué es lo que queremos. Llevamos un tiempo en el que he entendido poca cosa, la verdad.
Estoy absolutamente segura de que los españoles (ya no digo “los ciudadanos” porque un partido lleva ese nombre y no quiero inducir a error…) no queremos este lamentable espectáculo de “Juego de Tronos” con nuestra voluntad en el voto que depositamos en las urnas hace casi un año. NO. Me hacéis sentir como un solomillo, qué digo solomillo, como un humilde filete de magro de cerdo. Mi voto vale, cuenta. Como el de todos. Pero los que decidís lo que valen nuestros votos estáis jugando a las casitas, a ver quién hace de padre de familia y quién de chacha. Me repugna, me ofende. No os hemos votado para esto. Lo hicimos para que sepáis que ninguno de vosotros cuenta con la confianza absoluta y que os halláis en la tesitura de tener que negociar y mostrar vuestra altura intelectual, si es que eso os ha adornado alguna vez, que, visto lo visto, yo dudo bastante.
Siempre he dicho, y me ha costado no pocas críticas, que nuestros representantes no están a la altura intelectual de sus votantes. Si bien es cierto que para vivir de la política, para dedicarse a ella cobrando (no me refiero a los que no cobran un duro y, aún así, defienden unas siglas en un pequeño pueblo) hay que tener cierta dosis de egocentrismo, pocas ganas de lidiar con la plebe (la que os paga, la que os vota) y muchas ganas de medrar. Yo no valgo para eso. Me sorprende la gente que rinde pleitesía a los políticos de su pueblo, provincia, región o país, cuando de todos es sabido que debería ser a la contra, pues los españoles les pagamos, entre todos, el sueldo y las prebendas. Es así. Somos sus jefes, así que no os arrodilléis nunca, no ha lugar, son empleados nuestros.
Pues a lo que iba, que me perdí en la traducción de este entremés de Cervantes, de este sainete de Arniches, de esta vergüenza que ya me aburre hasta el paroxismo.
Haced lo que sea, pero hacedlo bien, que no estamos para someternos a otro “ensayo/error” en estas circunstancias víricas. Hay vidas en juego. No estrujéis durante más tiempo la paciencia de los que os otorgaron la confianza con su voto. Los votos no se prostituyen y si esa es vuestra intención, lo pagaréis muy caro la próxima vez, si es que los españoles dejamos de lado nuestra cara más naif y conformista (ojalá) y os pedimos cuentas de una puñetera vez mandándoos a casa a trabajar sudando a más de uno, de dos, de cientos….
Es ahora cuando me viene a la memoria una imagen tremenda vivida muchos veranos, siendo yo muy niña. Mi abuela nos decía a mis hermanos y a mí que eso de leer era una pérdida de tiempo, que si no sudabas, no habías trabajado. Acto seguido, daba un manotazo al libro que estaba disfrutando bajo la sombra de la parra y éste se caía al suelo. ¿Qué queremos ser, de los que leen libros o de los que los tiran al suelo?
Perdida…
Nélida L. del Estal Sastre
Recuerdo la famosa película de igual nombre al de mi título de hoy “Lost in translation”. Me encantó por el argumento, la temática, los actores (Bill Murray está sublime) y porque Japón es uno de los países en los que quiero recalar antes de irme hacia ninguna parte. Esa manera de entender el honor entre humanos siempre me ha “puesto” bastante, aparte de sus bellísimos paisajes cuajados de verde, agua, templos y cerezos en flor. Una auténtica maravilla. ¡Ah! Y el sushi, me encanta el sushi.
Pero esta película sólo es el título de un estado de ánimo frente a lo que se me presenta a la cara en estos días de dimes y diretes, de comisiones de investigación por esto y por lo otro, de “negocio contigo sí y contigo no, bicho, pero luego, a solas, puede…”. “Te apoyo en esto, pero luego voy a la radio y digo que hemos tenido un encontronazo verbal; que me ha pedido disculpas fulanito…” Estoy perdida ante esta especie de mercado de la carne y de las ideas en el que se han convertido los posibles pactos políticos entre fuerzas que parecen afines, pero son dispares, entre fuerzas que parecen dispares, pero son afines, para sacar adelante Decretos, acuerdos, moñeces…Un lío de narices. O no tanto.
Yo no soy de ningún partido, al menos no que se me reconozca ni yo misma lo diga por no definirme. No conviene en mi caso. No intereso a nadie. Tengo mis ideas, mis afinidades y mis convicciones pero no te vas a enterar si yo no quiero. Quizá no se identifiquen con una postura determinada, un azul, un rojo, un morado, un naranja o un sinfín de colores todos juntos. Te vas a quedar con las ganas, o puede que te importe un pimiento. Pero resulta que nos ha de importar lo que otros hagan con nuestra confianza, con nuestros votos, con nuestro derecho a decidir qué es lo que queremos. Llevamos un tiempo en el que he entendido poca cosa, la verdad.
Estoy absolutamente segura de que los españoles (ya no digo “los ciudadanos” porque un partido lleva ese nombre y no quiero inducir a error…) no queremos este lamentable espectáculo de “Juego de Tronos” con nuestra voluntad en el voto que depositamos en las urnas hace casi un año. NO. Me hacéis sentir como un solomillo, qué digo solomillo, como un humilde filete de magro de cerdo. Mi voto vale, cuenta. Como el de todos. Pero los que decidís lo que valen nuestros votos estáis jugando a las casitas, a ver quién hace de padre de familia y quién de chacha. Me repugna, me ofende. No os hemos votado para esto. Lo hicimos para que sepáis que ninguno de vosotros cuenta con la confianza absoluta y que os halláis en la tesitura de tener que negociar y mostrar vuestra altura intelectual, si es que eso os ha adornado alguna vez, que, visto lo visto, yo dudo bastante.
Siempre he dicho, y me ha costado no pocas críticas, que nuestros representantes no están a la altura intelectual de sus votantes. Si bien es cierto que para vivir de la política, para dedicarse a ella cobrando (no me refiero a los que no cobran un duro y, aún así, defienden unas siglas en un pequeño pueblo) hay que tener cierta dosis de egocentrismo, pocas ganas de lidiar con la plebe (la que os paga, la que os vota) y muchas ganas de medrar. Yo no valgo para eso. Me sorprende la gente que rinde pleitesía a los políticos de su pueblo, provincia, región o país, cuando de todos es sabido que debería ser a la contra, pues los españoles les pagamos, entre todos, el sueldo y las prebendas. Es así. Somos sus jefes, así que no os arrodilléis nunca, no ha lugar, son empleados nuestros.
Pues a lo que iba, que me perdí en la traducción de este entremés de Cervantes, de este sainete de Arniches, de esta vergüenza que ya me aburre hasta el paroxismo.
Haced lo que sea, pero hacedlo bien, que no estamos para someternos a otro “ensayo/error” en estas circunstancias víricas. Hay vidas en juego. No estrujéis durante más tiempo la paciencia de los que os otorgaron la confianza con su voto. Los votos no se prostituyen y si esa es vuestra intención, lo pagaréis muy caro la próxima vez, si es que los españoles dejamos de lado nuestra cara más naif y conformista (ojalá) y os pedimos cuentas de una puñetera vez mandándoos a casa a trabajar sudando a más de uno, de dos, de cientos….
Es ahora cuando me viene a la memoria una imagen tremenda vivida muchos veranos, siendo yo muy niña. Mi abuela nos decía a mis hermanos y a mí que eso de leer era una pérdida de tiempo, que si no sudabas, no habías trabajado. Acto seguido, daba un manotazo al libro que estaba disfrutando bajo la sombra de la parra y éste se caía al suelo. ¿Qué queremos ser, de los que leen libros o de los que los tiran al suelo?
Perdida…
Nélida L. del Estal Sastre



















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.105