CON LOS CINCO SENTIDOS
Todo está en los libros
La primera vez que entré en una biblioteca, era yo muy niña, recuerdo perfectamente el olor. Quise ese olor embotellado para siempre como un perfume caro e intenso que te embriaga los sentidos. Después vino lo bueno, abrir los libros, conocerlos, devorarlos hasta perder parte de la vista. En casa siempre teníamos muchos pero el espectáculo de una biblioteca repleta de volúmenes, colecciones, libros antiguos y modernos, de autores españoles y extranjeros, con tapa dura, tapa blanda o de bolsillo, me transportaba a otra dimensión. Un libro huele a nuevo si es nuevo, pero huele a historia y a toda la gente que lo leyó cuando es viejo, amarillento y manoseado. Ese libro es especial.
Reconozco que, a veces, sin que nadie me vea, hundo mi naricilla en uno de esos libros y aspiro el aroma que emana de sus páginas como si entrase en trance. ¿Lo habéis probado alguna vez? Es una experiencia que nadie debería perderse. Si los libros se pudieran beber, yo tendría una grave e intensa adicción, incontrolable como casi todas…Pero curable con la mesura. Si la historia te engancha y te identificas con alguno de los personajes de la novela ya subes en el nivel de perturbación mental. Es como cuando sales del cine después de ver una buena película y te sientes el rey del universo, capaz de salvar al mundo del mal, henchido de grandeza y tan satisfecho que es como si te hubiese tocado un dedo del mismo dios en un trozo de tu piel mortal.
Las librerías me provocan un efecto parecido. Soy un peligro cuando hay alguna cerca. Mi mente y mi cartera empiezan a temblar… Siempre tengo dos o tres en la mesita de noche, para, supuestamente, ayudarme a conciliar el sueño después de escribir, pero consiguen el efecto contrario. Si empiezo, quiero más y más. Hasta cuando el libro es manifiestamente malo, tengo que terminarlo para después poder opinar con coherencia y conocimiento sobre él. Hasta para maldecir el tiempo invertido en su lectura.
El saber está en los libros, el dolor está en los libros, el amor está en los libros, la vida está en los libros. Todos los saberes, amores, dolores y vidas están inmersos y escondidos en las páginas de un libro para que los descubras con tus ojos. Pero siempre en papel. No me gustan los libros que no dejan que pases con tus dedos sus páginas de celulosa. No son lo mismo, para mí no.
P.D. La fotografía que ilustra el relato es de la biblioteca del Trinity College de Dublín.
Nélida L. Del Estal Sastre
La primera vez que entré en una biblioteca, era yo muy niña, recuerdo perfectamente el olor. Quise ese olor embotellado para siempre como un perfume caro e intenso que te embriaga los sentidos. Después vino lo bueno, abrir los libros, conocerlos, devorarlos hasta perder parte de la vista. En casa siempre teníamos muchos pero el espectáculo de una biblioteca repleta de volúmenes, colecciones, libros antiguos y modernos, de autores españoles y extranjeros, con tapa dura, tapa blanda o de bolsillo, me transportaba a otra dimensión. Un libro huele a nuevo si es nuevo, pero huele a historia y a toda la gente que lo leyó cuando es viejo, amarillento y manoseado. Ese libro es especial.
Reconozco que, a veces, sin que nadie me vea, hundo mi naricilla en uno de esos libros y aspiro el aroma que emana de sus páginas como si entrase en trance. ¿Lo habéis probado alguna vez? Es una experiencia que nadie debería perderse. Si los libros se pudieran beber, yo tendría una grave e intensa adicción, incontrolable como casi todas…Pero curable con la mesura. Si la historia te engancha y te identificas con alguno de los personajes de la novela ya subes en el nivel de perturbación mental. Es como cuando sales del cine después de ver una buena película y te sientes el rey del universo, capaz de salvar al mundo del mal, henchido de grandeza y tan satisfecho que es como si te hubiese tocado un dedo del mismo dios en un trozo de tu piel mortal.
Las librerías me provocan un efecto parecido. Soy un peligro cuando hay alguna cerca. Mi mente y mi cartera empiezan a temblar… Siempre tengo dos o tres en la mesita de noche, para, supuestamente, ayudarme a conciliar el sueño después de escribir, pero consiguen el efecto contrario. Si empiezo, quiero más y más. Hasta cuando el libro es manifiestamente malo, tengo que terminarlo para después poder opinar con coherencia y conocimiento sobre él. Hasta para maldecir el tiempo invertido en su lectura.
El saber está en los libros, el dolor está en los libros, el amor está en los libros, la vida está en los libros. Todos los saberes, amores, dolores y vidas están inmersos y escondidos en las páginas de un libro para que los descubras con tus ojos. Pero siempre en papel. No me gustan los libros que no dejan que pases con tus dedos sus páginas de celulosa. No son lo mismo, para mí no.
P.D. La fotografía que ilustra el relato es de la biblioteca del Trinity College de Dublín.
Nélida L. Del Estal Sastre


















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