CON LOS CINCO SENTIDOS
Me miro al espejo
El espejo de la vida puede que a veces no refleje lo que andas buscando o te devuelva una furtiva mirada de desaprobación porque algo hiciste que no quiere recordar en ese momento. No le conviene devolverte ese reflejo… Pero te miras a ese espejo ciertos días y sólo ves el trozo de carne en el que nos hemos convertido y que no nos gusta demasiado, mas esa carne es la que nos acompaña y hemos de acostumbrarnos a ella, aunque nuestros huesos apenas puedan soportar el peso al caminar, como si nos arrastrara hasta el fondo de un pozo del que intentamos salir sin éxito.
A veces nos miramos en el espejo de los ojos de otras personas y la imagen que nos devuelve nos gusta, esos días son buenos, pero no son demasiados, la verdad. Entonces recobramos la alegría de vivir y rememoramos los mejores momentos que hemos disfrutado con intensidad, nos sentimos henchidos de un extraño orgullo que se apodera lenta pero inexorablemente de nuestro cerebro.
Ese orgullo va creciendo y dejamos de vernos en el otro, para contemplar únicamente nuestra distorsionada imagen hecha deliberadamente y ad hoc por nosotros mismos. Pero eso no dura mucho porque nuestra Némesis particular y vengativa hace que nos miremos en un espejo de agua y nos castigue como castigó a Narciso a morir ahogado por enamorarse de su propio y esquivo reflejo en el arroyo.
Aunque donde yace su cuerpo dicen que creció una de las flores más bonitas y fragantes que existen y esa flor lleva por nombre Narciso, aquel joven presuntuoso que pagó cara la osadía de escucharse y verse sólo a sí mismo repudiando a una de las ninfas más bellas, Eco, que se enamoró perdidamente de él.
Nélida L. del Estal Sastre
P.D.: El cuadro que ilustra mi relato de hoy es "Eco y Narciso", de John William Waterhouse (1903)
El espejo de la vida puede que a veces no refleje lo que andas buscando o te devuelva una furtiva mirada de desaprobación porque algo hiciste que no quiere recordar en ese momento. No le conviene devolverte ese reflejo… Pero te miras a ese espejo ciertos días y sólo ves el trozo de carne en el que nos hemos convertido y que no nos gusta demasiado, mas esa carne es la que nos acompaña y hemos de acostumbrarnos a ella, aunque nuestros huesos apenas puedan soportar el peso al caminar, como si nos arrastrara hasta el fondo de un pozo del que intentamos salir sin éxito.
A veces nos miramos en el espejo de los ojos de otras personas y la imagen que nos devuelve nos gusta, esos días son buenos, pero no son demasiados, la verdad. Entonces recobramos la alegría de vivir y rememoramos los mejores momentos que hemos disfrutado con intensidad, nos sentimos henchidos de un extraño orgullo que se apodera lenta pero inexorablemente de nuestro cerebro.
Ese orgullo va creciendo y dejamos de vernos en el otro, para contemplar únicamente nuestra distorsionada imagen hecha deliberadamente y ad hoc por nosotros mismos. Pero eso no dura mucho porque nuestra Némesis particular y vengativa hace que nos miremos en un espejo de agua y nos castigue como castigó a Narciso a morir ahogado por enamorarse de su propio y esquivo reflejo en el arroyo.
Aunque donde yace su cuerpo dicen que creció una de las flores más bonitas y fragantes que existen y esa flor lleva por nombre Narciso, aquel joven presuntuoso que pagó cara la osadía de escucharse y verse sólo a sí mismo repudiando a una de las ninfas más bellas, Eco, que se enamoró perdidamente de él.
Nélida L. del Estal Sastre
P.D.: El cuadro que ilustra mi relato de hoy es "Eco y Narciso", de John William Waterhouse (1903)





















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