EXTERMINAR LA LIBERTAD
Nueva bienvenida a Hitler
Cuando entró por la puerta a tomar café, el yerno no lo entendía. Ese bigote cuadrado, esas maneras rígidas, ese uniforme... Lo peor no era el parecido físico con el horrendo tirano germano, sino las barbaridades que de su boca salían. Hitler no iba predicando en sus discursos el exterminio de judíos ni una era de grandes guerras y generales destrucciones, de erradicación de libertades... Decía cosas que muchos hoy aceptarían, basta ver el documental de Leni Riefenstahl sobre El triunfo de la voluntad. La efervescencia de esos discursos que actualmente nos parecen propios de locos era aplaudida también porque no eran tan insensatos como luego supimos, pues conocemos las consecuencias.
El individuo invitado por los padres de su mujer hablaba directamente de matar y exterminar mientras las pastas se impregnaban en el tibio manto de la leche. No creía lo que sus oídos escuchaban. Si hablaba así, sin esconderse, ¿qué haría?
¿Escena imposible? Algo parecido ocurre en nuestros liberales países cada día y más que en los hogares, en nuestras instituciones de abierta acogida. Los nuevos nazis, más que portar esvásticas y bigotes cuadrados, portan velos o turbantes y hoces o martillos. Lo estamos viendo, por desgracia, de modo cotidiano en Francia y otros países, donde quieren exterminar las libertades. Hace poco mataban a varios periodistas de una redacción porque ahí habían publicado una caricatura que les parecía ofensiva con su religión (solo esa importa, no tanto que se burlen de las demás). Luego se repitió en su aniversario cuando un joven, casi sin saber el idioma de la patria que le acogía, intentó repetir tan memorable acción a cuchilladas. Ahora fue el padre de un niño que consideró intolerable y ofensivo mostrar dicha imagen en una clase sobre la libertad de expresión: no ofende a nadie y es muy educativo cortar la cabeza de dicho profesor para enseñar las manos teñidas de sangre.
Cada vez que llegan en frágiles barcazas a Europa los inmigrantes y no se les devuelve a su origen, se queda un porcentaje de fanáticos, de potenciales asesinos, ellos o sus hijos, que odian nuestra libertad, nuestra civilización, pero aquí vienen a aprovecharse económica y socialmente para luego imponernos sus creencias. La mayoría no es así, parece, pero nadie hace filtros y, además, la izquierda política ha otorgado con inmensa facilidad la nacionalidad a quienes más van a odiar sus propuestas en un inmediato futuro, a sus mayores enemigos. También la derecha de brazos cruzados quedó, somnolienta.
La seguridad exige que se filtre, tras un atento examen de valores en quienes vienen, si pueden o no quedarse en casa.
Exterminar la libertad, controlar a los jueces para que no haya justicia sino condenas en función de los gubernamentales intereses, invitar a quienes odian nuestra sociedad: nuestro gobierno, tomando café con Satanás.
Ilia Galán
Cuando entró por la puerta a tomar café, el yerno no lo entendía. Ese bigote cuadrado, esas maneras rígidas, ese uniforme... Lo peor no era el parecido físico con el horrendo tirano germano, sino las barbaridades que de su boca salían. Hitler no iba predicando en sus discursos el exterminio de judíos ni una era de grandes guerras y generales destrucciones, de erradicación de libertades... Decía cosas que muchos hoy aceptarían, basta ver el documental de Leni Riefenstahl sobre El triunfo de la voluntad. La efervescencia de esos discursos que actualmente nos parecen propios de locos era aplaudida también porque no eran tan insensatos como luego supimos, pues conocemos las consecuencias.
El individuo invitado por los padres de su mujer hablaba directamente de matar y exterminar mientras las pastas se impregnaban en el tibio manto de la leche. No creía lo que sus oídos escuchaban. Si hablaba así, sin esconderse, ¿qué haría?
¿Escena imposible? Algo parecido ocurre en nuestros liberales países cada día y más que en los hogares, en nuestras instituciones de abierta acogida. Los nuevos nazis, más que portar esvásticas y bigotes cuadrados, portan velos o turbantes y hoces o martillos. Lo estamos viendo, por desgracia, de modo cotidiano en Francia y otros países, donde quieren exterminar las libertades. Hace poco mataban a varios periodistas de una redacción porque ahí habían publicado una caricatura que les parecía ofensiva con su religión (solo esa importa, no tanto que se burlen de las demás). Luego se repitió en su aniversario cuando un joven, casi sin saber el idioma de la patria que le acogía, intentó repetir tan memorable acción a cuchilladas. Ahora fue el padre de un niño que consideró intolerable y ofensivo mostrar dicha imagen en una clase sobre la libertad de expresión: no ofende a nadie y es muy educativo cortar la cabeza de dicho profesor para enseñar las manos teñidas de sangre.
Cada vez que llegan en frágiles barcazas a Europa los inmigrantes y no se les devuelve a su origen, se queda un porcentaje de fanáticos, de potenciales asesinos, ellos o sus hijos, que odian nuestra libertad, nuestra civilización, pero aquí vienen a aprovecharse económica y socialmente para luego imponernos sus creencias. La mayoría no es así, parece, pero nadie hace filtros y, además, la izquierda política ha otorgado con inmensa facilidad la nacionalidad a quienes más van a odiar sus propuestas en un inmediato futuro, a sus mayores enemigos. También la derecha de brazos cruzados quedó, somnolienta.
La seguridad exige que se filtre, tras un atento examen de valores en quienes vienen, si pueden o no quedarse en casa.
Exterminar la libertad, controlar a los jueces para que no haya justicia sino condenas en función de los gubernamentales intereses, invitar a quienes odian nuestra sociedad: nuestro gobierno, tomando café con Satanás.
Ilia Galán




















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