CON LOS CINCO SENTIDOS
Algo de informalidad
No sé si el autor de “Don Juan Tenorio” estaría muy orgulloso de mí, vecina por cercanía provincial a su Valladolid natal, o si nos encontraríamos en un cruce de caminos y acabaríamos departiendo sobre la vida y la muerte, el amor y la virtud, el desengaño y la maldad humanas, el destierro o la huída. Obviamente, este episodio podría ocurrir en mi fase onírica ya que dudo mucho que encajase en aquella época por principios, porque soy mujer y porque ni soy tonta, ni sumisa, ni me avengo a los designios que me marque un hombre, aunque éste acabe enamorándose perdidamente de mí sin que esa fuese su primigenia intención. Una ha de labrarse su propio destino, en igualdad de condiciones.
Eso está claro, aunque ese romanticismo llevado al límite para sucumbir al amor puro y verdadero, ese cazador cazado y esa dama doliente, sufridora, que muere de tristeza, vayan mucho con mi soñadora manera de concebir el mundo. Un mundo paralelo y, tal y como he dicho en el párrafo anterior, sólo posible en mi armario nocturno, irreal e imaginario.
Es como si me plantasen en un gigantesco teatro, engalanado de color rojo granada madura, y se representase mi propia existencia, con los mismos ropajes, la misma liturgia, similares miradas furtivas y hogueras interiores de incontinencia insalvable. Mi yo, a la luz del día, es bien distinto. Pero sigo pensando que, fuera de iglesias y panteones, de oscuridad y lágrimas reales o fingidas, de amores por placer y amores que te rompen las entrañas, quizá el día uno de noviembre vuelva a visitar la tumba de mi padre, o no me deje hacerlo esta puta pandemia, o tenga que pedir vez, aún sabiendo que nada yace bajo esa piedra gris con un nombre y una fecha tallados a cincel y martillo. Con una cruz en la que mi padre no creía. Ni yo.
Espero que quizá él, desde otra dimensión que desconozco y que sólo podré descubrir cuando me vaya, se esté riendo de todo y de todos, recordándome jactancioso aquella famosa esquela con la que nos tronchábamos de risa y que parte por la mitad y le quita seriedad a todo el conjunto que se desarrolla alrededor de estas fechas, máxime en los tiempos de repugnancia política y virulencia médica. Decía así la esquela en cuestión: “Aquí yace Joao Pinto.
Fue a rascar con una cerilla el fondo de un bidón de gasolina por ver si quedaba algo en su interior. Y sí que quedaba…” P.D.: la imagen que ilustra el relato pertenece a la Escenografía de la muerte para “Don Juan Tenorio”, de Salvador Dalí (1950).
Nélida L. del Estal Sastre
No sé si el autor de “Don Juan Tenorio” estaría muy orgulloso de mí, vecina por cercanía provincial a su Valladolid natal, o si nos encontraríamos en un cruce de caminos y acabaríamos departiendo sobre la vida y la muerte, el amor y la virtud, el desengaño y la maldad humanas, el destierro o la huída. Obviamente, este episodio podría ocurrir en mi fase onírica ya que dudo mucho que encajase en aquella época por principios, porque soy mujer y porque ni soy tonta, ni sumisa, ni me avengo a los designios que me marque un hombre, aunque éste acabe enamorándose perdidamente de mí sin que esa fuese su primigenia intención. Una ha de labrarse su propio destino, en igualdad de condiciones.
Eso está claro, aunque ese romanticismo llevado al límite para sucumbir al amor puro y verdadero, ese cazador cazado y esa dama doliente, sufridora, que muere de tristeza, vayan mucho con mi soñadora manera de concebir el mundo. Un mundo paralelo y, tal y como he dicho en el párrafo anterior, sólo posible en mi armario nocturno, irreal e imaginario.
Es como si me plantasen en un gigantesco teatro, engalanado de color rojo granada madura, y se representase mi propia existencia, con los mismos ropajes, la misma liturgia, similares miradas furtivas y hogueras interiores de incontinencia insalvable. Mi yo, a la luz del día, es bien distinto. Pero sigo pensando que, fuera de iglesias y panteones, de oscuridad y lágrimas reales o fingidas, de amores por placer y amores que te rompen las entrañas, quizá el día uno de noviembre vuelva a visitar la tumba de mi padre, o no me deje hacerlo esta puta pandemia, o tenga que pedir vez, aún sabiendo que nada yace bajo esa piedra gris con un nombre y una fecha tallados a cincel y martillo. Con una cruz en la que mi padre no creía. Ni yo.
Espero que quizá él, desde otra dimensión que desconozco y que sólo podré descubrir cuando me vaya, se esté riendo de todo y de todos, recordándome jactancioso aquella famosa esquela con la que nos tronchábamos de risa y que parte por la mitad y le quita seriedad a todo el conjunto que se desarrolla alrededor de estas fechas, máxime en los tiempos de repugnancia política y virulencia médica. Decía así la esquela en cuestión: “Aquí yace Joao Pinto.
Fue a rascar con una cerilla el fondo de un bidón de gasolina por ver si quedaba algo en su interior. Y sí que quedaba…” P.D.: la imagen que ilustra el relato pertenece a la Escenografía de la muerte para “Don Juan Tenorio”, de Salvador Dalí (1950).
Nélida L. del Estal Sastre




















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