MUJERES
“Me siento ciudadana antes que mujer”
Frase de Clara Campoamor, la política que consiguió el voto femenino durante la II República, contra el parecer de su partido, el PSOE
Perogrullo, poeta que a la mano cerrada definió como puño: sin una mujer, ni usted, lector, ni yo existiríamos. Ni el ser humano viajaría en este planeta del sistema solar. Yo no celebro hoy el Día de la Mujer, porque cada segundo de lo que me queda por vivir homenajeo a una mujer, a mi mamá, a mis hijas, a mi nieta, a mis hermanas, a mi pareja, a mis amigas…a la vida, porque la mujer es la madre de la vida.
Quizá mi comportamiento pretérito dañase a mujeres. Seguro. Maldigo aquel hombre, más machista que persona, más estólido que inteligente, más rudo que sensible. Pero el tiempo obra como catarsis interior, que limpia la mugre de las paredes de una educación machista, que todavía perdura en España, donde, paradoja del falso progresismos dominante, todas las leyes de Educación y una mayoría de docentes pertenecen a la izquierda. Porque en la escuela pública, también en la privada, se enseña antes las cuatro reglas que a respetar al prójimo, hombre o mujer; que los niños, varones, aprendan el Teorema de Pitágoras antes de que asuman que las niñas, mujeres, merecen un trato diferente, sensible, delicado, especial. Porque, desde la infancia, las niñas nos marcan el camino, porque ellas, si quieren, son las madres del futuro, porque ellas siembran vida con dolor, porque ellas perpetúan la especie, porque sin ellas no hay vida. Y agredir, física y psicológicamente, a una mujer significa asesinar la vida, matar el porvenir, destruir la poesía, el arte, lo sublime y lo etéreo.
El hombre solo es superior a la mujer es poderío físico. Nada más. Y aprovechó su fuerza, desde el inicio de la Historia, para convertir a la mujer en su propiedad. Tenía derecho a todo sobre su pareja. La mujer solo poseía deberes: atender al varón, alimentarlo, crear y criar a sus hijos, obedecer sin rechistar, hablar cuando se la autorizara, educarla para el servicio del padre de familia e impedir su desarrollo personal e intelectual.
Nadie lo ha escrito, ni nadie lo investigó, pero existe una cesura en la historia de la Humanidad: el golpe de Estado que dieron los pueblos semitas en el Paraíso, al desplazar a las diosas y colocar al monarca varón, poder absolutista, en el trono del cielo, en la dirección de las religiones monoteístas. Hay un punto de inflexión en la sociedad humana, marcado por la toma del poder por Yavhé, Jehová, Dios y Alá. Y yo sé que, si Dios existiese, sería un ser femenino, como aseguré antes de una rueda de prensa a una audiencia de señoras y señoritas femeninas. Todas sonrieron, pero sin saber por qué.
Pero el monoteísmo fue incapaz de borrar el toque de distinción femenino del catolicismo, porque las vírgenes permanecen en el alma de toda persona religiosa, en la que despierta más devoción, adoración, cercanía. Otros cristianismos, los protestantes, despreciaron a la mujer, porque Lutero, Calvino, Zuinglio fueron hombres machistas.
Amo y admiro el mundo femenino, pero me preocupa este feminismo militante, dirigido por marxistas burguesas y desclasadas, que han colocado al hombre, por el mero hecho de serlo, como potencial asesino de las mujeres, para convertirlo en el judío de los nazis o el burgués de los bolcheviques; que considera a la mujer conservadora, liberal, no izquierdista, como enemiga de clase, como ser inferior. Hasta las feministas genuinas, las que defendieron la causa de la mujer en tiempos pretéritos, como Lidia Falcón, se avergüenzan del feminismo podemita, el feminismo del odio, que ha dicho sobre las manifestaciones del 8M que “como militantes no sirven, su feminismo es una juerga”, porque “al poder no se le derrota con una fiesta o una manifestación”. Recuerdo que Lidia Falcón, 85 años, se la jugó durante el franquismo. Esta mujer milita en IU, es comunista, pero, por fortuna, no tiene nada que ver con Irene Montero. Y en esta nación, mientras para ser ministra, como, verbigracia, el caso de la mujer de Pablo Iglesias, se necesite ser la esposa de un hombre, no el talento, ni el intelecto, significa que nada ha cambiado, que la ultraizquierda sigue considerando al hombre, macho alfa, por encima de la mujer.
Las democracias liberales llevaron a la mujer a su casi total emancipación, al poder político, al poder económico. Las dictaduras comunistas, la soviética, antaño; la china, la cubana y la coreana de la monarquía marxista, siguen obviando el papel de la mujer en la jerarquía política.
Clara Campoamor recibió todo tipo de improperios de sus compañeros y compañeras, como el caso de Margarita Nelken, por defender el voto de la mujer durante la II República. En plena Guerra Civil huyó de España, porque temía ser asesinada por los bolcheviques del PSOE y PCE. Lo dejó escrito: Si el futuro tiene que depararnos el triunfo de los ejércitos gubernamentales (Frente Popular), este triunfo no traerá consigo un régimen democrático, pues los republicanos ya no cuentan en el grupo gubernamental”. Y cierro con otro aserto esclarecdor: “Me siento ciuadana, antes que mujer”.
Yo confieso también que me siento más ciudadano que hombre.
Eugenio-Jesús de Ávila
Perogrullo, poeta que a la mano cerrada definió como puño: sin una mujer, ni usted, lector, ni yo existiríamos. Ni el ser humano viajaría en este planeta del sistema solar. Yo no celebro hoy el Día de la Mujer, porque cada segundo de lo que me queda por vivir homenajeo a una mujer, a mi mamá, a mis hijas, a mi nieta, a mis hermanas, a mi pareja, a mis amigas…a la vida, porque la mujer es la madre de la vida.
Quizá mi comportamiento pretérito dañase a mujeres. Seguro. Maldigo aquel hombre, más machista que persona, más estólido que inteligente, más rudo que sensible. Pero el tiempo obra como catarsis interior, que limpia la mugre de las paredes de una educación machista, que todavía perdura en España, donde, paradoja del falso progresismos dominante, todas las leyes de Educación y una mayoría de docentes pertenecen a la izquierda. Porque en la escuela pública, también en la privada, se enseña antes las cuatro reglas que a respetar al prójimo, hombre o mujer; que los niños, varones, aprendan el Teorema de Pitágoras antes de que asuman que las niñas, mujeres, merecen un trato diferente, sensible, delicado, especial. Porque, desde la infancia, las niñas nos marcan el camino, porque ellas, si quieren, son las madres del futuro, porque ellas siembran vida con dolor, porque ellas perpetúan la especie, porque sin ellas no hay vida. Y agredir, física y psicológicamente, a una mujer significa asesinar la vida, matar el porvenir, destruir la poesía, el arte, lo sublime y lo etéreo.
El hombre solo es superior a la mujer es poderío físico. Nada más. Y aprovechó su fuerza, desde el inicio de la Historia, para convertir a la mujer en su propiedad. Tenía derecho a todo sobre su pareja. La mujer solo poseía deberes: atender al varón, alimentarlo, crear y criar a sus hijos, obedecer sin rechistar, hablar cuando se la autorizara, educarla para el servicio del padre de familia e impedir su desarrollo personal e intelectual.
Nadie lo ha escrito, ni nadie lo investigó, pero existe una cesura en la historia de la Humanidad: el golpe de Estado que dieron los pueblos semitas en el Paraíso, al desplazar a las diosas y colocar al monarca varón, poder absolutista, en el trono del cielo, en la dirección de las religiones monoteístas. Hay un punto de inflexión en la sociedad humana, marcado por la toma del poder por Yavhé, Jehová, Dios y Alá. Y yo sé que, si Dios existiese, sería un ser femenino, como aseguré antes de una rueda de prensa a una audiencia de señoras y señoritas femeninas. Todas sonrieron, pero sin saber por qué.
Pero el monoteísmo fue incapaz de borrar el toque de distinción femenino del catolicismo, porque las vírgenes permanecen en el alma de toda persona religiosa, en la que despierta más devoción, adoración, cercanía. Otros cristianismos, los protestantes, despreciaron a la mujer, porque Lutero, Calvino, Zuinglio fueron hombres machistas.
Amo y admiro el mundo femenino, pero me preocupa este feminismo militante, dirigido por marxistas burguesas y desclasadas, que han colocado al hombre, por el mero hecho de serlo, como potencial asesino de las mujeres, para convertirlo en el judío de los nazis o el burgués de los bolcheviques; que considera a la mujer conservadora, liberal, no izquierdista, como enemiga de clase, como ser inferior. Hasta las feministas genuinas, las que defendieron la causa de la mujer en tiempos pretéritos, como Lidia Falcón, se avergüenzan del feminismo podemita, el feminismo del odio, que ha dicho sobre las manifestaciones del 8M que “como militantes no sirven, su feminismo es una juerga”, porque “al poder no se le derrota con una fiesta o una manifestación”. Recuerdo que Lidia Falcón, 85 años, se la jugó durante el franquismo. Esta mujer milita en IU, es comunista, pero, por fortuna, no tiene nada que ver con Irene Montero. Y en esta nación, mientras para ser ministra, como, verbigracia, el caso de la mujer de Pablo Iglesias, se necesite ser la esposa de un hombre, no el talento, ni el intelecto, significa que nada ha cambiado, que la ultraizquierda sigue considerando al hombre, macho alfa, por encima de la mujer.
Las democracias liberales llevaron a la mujer a su casi total emancipación, al poder político, al poder económico. Las dictaduras comunistas, la soviética, antaño; la china, la cubana y la coreana de la monarquía marxista, siguen obviando el papel de la mujer en la jerarquía política.
Clara Campoamor recibió todo tipo de improperios de sus compañeros y compañeras, como el caso de Margarita Nelken, por defender el voto de la mujer durante la II República. En plena Guerra Civil huyó de España, porque temía ser asesinada por los bolcheviques del PSOE y PCE. Lo dejó escrito: Si el futuro tiene que depararnos el triunfo de los ejércitos gubernamentales (Frente Popular), este triunfo no traerá consigo un régimen democrático, pues los republicanos ya no cuentan en el grupo gubernamental”. Y cierro con otro aserto esclarecdor: “Me siento ciuadana, antes que mujer”.
Yo confieso también que me siento más ciudadano que hombre.
Eugenio-Jesús de Ávila






























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