CON LOS CINCO SENTIDOS
Ella
Si yo fuera mujer, querría ser ella.
La quiero porque es real, de carne y hueso, dice lo que piensa y eso da miedo. A veces es recargada y barroca, a veces minimalista. A veces es sencilla y a veces vira hacia los más recónditos lugares de su cerebro donde anida mi temor y habitan sus demonios. Pero la amo, la amo a morir.
Ella es mujer y es dulce, es madre y es jugosa, es hermana y te deja su rincón preferido del sofá para que te arropes con su manto de estrellas. Ella es hija y es una señora de los pies a la cabeza, inteligente, cariñosa, amable y empática, sufre si tú sufres y está siempre mientras otros desaparecen.
Ella es festiva y divertida cuando la ocasión lo requiere, pero profunda hasta el límite de hacer que llores y sientas su verdad como la única posible sobre este mundo. Es erotismo, sensualidad y sexualidad que me perturba y me subyuga en cada neurona que no se atonta cuando me habla, cuando me ve, cuando me mira. Porque ella te mira y te lee, te sabe, te penetra con su iris verdoso y te transmite todos los colores desde esas vidrieras góticas de sus ojos.
Es ella la mujer que necesito, la que deseo, a la que amo y a la que llevaré en mi corazón y en mi cabeza cuando parta hacia la nada, que será el todo si está ella; aunque sólo me pueda llevar en los pulmones el aroma de sus besos, el sabor de sus palabras, la candidez de sus gestos y el color de su piel tras unos mechones despeinados e infinitos.
Ella se toma la vida a bocanadas de humor y nostalgia, de ironía, de comienzo y de fin, por si acaso pierde el tren. Es una refrescante e inesperada tormenta en mitad de una tórrida tarde de estío, pero también un fuego encendido en la chimenea de la vida para que acerques tus manos en una gélida noche de crudo invierno.
Si el amor, en toda la extensión de la palabra, tuviese otro nombre, un nombre hermano, sinónimo y gemelo, sería sin duda su nombre.
Si yo fuera mujer, querría ser ella.
Nélida L. del Estal Sastre
Si yo fuera mujer, querría ser ella.
La quiero porque es real, de carne y hueso, dice lo que piensa y eso da miedo. A veces es recargada y barroca, a veces minimalista. A veces es sencilla y a veces vira hacia los más recónditos lugares de su cerebro donde anida mi temor y habitan sus demonios. Pero la amo, la amo a morir.
Ella es mujer y es dulce, es madre y es jugosa, es hermana y te deja su rincón preferido del sofá para que te arropes con su manto de estrellas. Ella es hija y es una señora de los pies a la cabeza, inteligente, cariñosa, amable y empática, sufre si tú sufres y está siempre mientras otros desaparecen.
Ella es festiva y divertida cuando la ocasión lo requiere, pero profunda hasta el límite de hacer que llores y sientas su verdad como la única posible sobre este mundo. Es erotismo, sensualidad y sexualidad que me perturba y me subyuga en cada neurona que no se atonta cuando me habla, cuando me ve, cuando me mira. Porque ella te mira y te lee, te sabe, te penetra con su iris verdoso y te transmite todos los colores desde esas vidrieras góticas de sus ojos.
Es ella la mujer que necesito, la que deseo, a la que amo y a la que llevaré en mi corazón y en mi cabeza cuando parta hacia la nada, que será el todo si está ella; aunque sólo me pueda llevar en los pulmones el aroma de sus besos, el sabor de sus palabras, la candidez de sus gestos y el color de su piel tras unos mechones despeinados e infinitos.
Ella se toma la vida a bocanadas de humor y nostalgia, de ironía, de comienzo y de fin, por si acaso pierde el tren. Es una refrescante e inesperada tormenta en mitad de una tórrida tarde de estío, pero también un fuego encendido en la chimenea de la vida para que acerques tus manos en una gélida noche de crudo invierno.
Si el amor, en toda la extensión de la palabra, tuviese otro nombre, un nombre hermano, sinónimo y gemelo, sería sin duda su nombre.
Si yo fuera mujer, querría ser ella.
Nélida L. del Estal Sastre






























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