Sábado, 29 de Noviembre de 2025

Redacción
Martes, 09 de Marzo de 2021
HABLEMOS

Feminismo y valor de la persona

Carlos Domínguez

[Img #50529]Ya en origen, el sufragismo como antesala del feminismo despedía cierto aroma elitista, cual movimiento de señoritas bien de clase alta, muy lejanas de las cuitas diarias de la inmensa mayoría de sus congéneres. Incluida, naturalmente, la abogada y diputada Clara Campoamor. Mientras, por aquí comunistas y socialistas clamaban furibundos en la añorada República contra el voto femenino, en síntoma una vez más de compromiso y coherencia. Dejémoslo en machada, pues ellos, los/las, las/los progresistas comunistas, antes igual que ahora de machistas nada, como históricamente queda claro a la vista de nómina y plantel de sus jerarquías partidarias. Por no hablar en algún caso de las domésticas.

 

Ha sido enorme, revolucionaria en el mejor, pleno y quizás único  sentido de la palabra, la conquista de la igualdad jurídica de la mujer al menos en Occidente, pues en el loado tercermundismo multicultural las cosas siguen estando donde siempre estuvieron. Aun así, ello no obsta para la justa crítica de lo que se ha convertido en movimiento dirigido por fuerzas políticas perfectamente organizadas, capaces de manejar a capricho lo que en origen pueden ser sentimientos, voluntades encomiables como protesta frente a cualquier forma de discriminación relativa no ya al género ni el sexo, sino a la humanidad, integridad y dignidad de la persona.

 

En realidad, a día de hoy no se trata de hembrismo ni feminazismo, nociones peyorativas aunque en el fondo engañosas. Por desgracia se trata de buena parte del feminismo clásico, dejándose instrumentar en aras del agitprop y la movilización, cayendo a veces en la vulgaridad, pero esencialmente en la  contradicción. Al presente y desde la lógica torcida que se viene manejando, nada se dice de la “discriminación” negativa e inversa a que podría haberse llegado por vía de las burocracias sociales, donde sectores públicos como la sanidad y la educación serían ya de titularidad mayoritariamente femenina. Lo cual es de celebrar y digno de elogio, porque ellas no ya “lo valen” sino que lo merecen, ni más ni menos como todos los demás. Precisamente por el  mérito y cualquier otra cualidad digna de estima en el ciudadano y la persona, con independencia de un sexo tan aireado curiosamente por la demagogia al uso, flaco favor se hace a la mujer con cuotas y cremalleras, a menudo fructífera bandera de arribistas y oportunistas, amigos y amigas de hembradas con tufo a machadas, a bien ser y habitualmente siempre pro domo sua.

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