Domingo, 30 de Noviembre de 2025

Redacción
Viernes, 12 de Marzo de 2021
HABLEMOS

¡Es la propiedad!

Carlos Domínguez

[Img #50663]Los clásicos son siempre magnífica referencia, también en lo tocante a la vida política. Y en ese sentido, no deja de llamar la atención el olvido entre quienes se tienen por liberales de la obra de un Locke que, con su segundo “Ensayo del gobierno civil”, ha de considerarse el padre de la doctrina que aseguran profesar. Muy probablemente el liberalismo, desde una original formulación política, fue devaluado a puro economicismo ya cuando los teóricos del mercado, con Adam Smith a la cabeza, abrieron las puertas a una lectura sesgada hasta llegar al utilitarismo de Bentham o Stuart Mill, entregados a lo social como principio prevalente y ajeno a una teoría al servicio de la política. En su día, y conviene recordarlo, al servicio de la Revolución.    

 

Por lo que concierne a Locke, se ignora su principal aportación, no otra que el derecho de resistencia del ciudadano frente a los excesos del poder. Antaño la monarquía absoluta, mas sin excluir cualquier otro régimen incluida la asamblea democrática, susceptible de “destronarse a sí misma” igual que un monarca, al atentar contra la hacienda de sus gobernados.

 

Conforme al segundo Ensayo lockeano, por encima del derecho de voto se halla el de propiedad, único que hace y constituye al ciudadano en una dimensión cívica y política. No por casualidad, el autor asume allí el derecho de resistencia, traducido en violencia legítima además de revolucionaria contra el poder que, de una forma u otra, arrebata patrimonio y bienes ajenos. Por eso actualmente resulta difícil aceptar que el liberalismo, como doctrina y praxis política, haya optado por una visión económica centrada en la defensa de una imposible libertad de mercado, al tiempo que claudica ante poderes totalitarios bajo máscara de lo social, en forma de burocracias dispuestas a destruir la propiedad privada y con ella al individuo, instrumentando sistemas fiscales de naturaleza confiscatoria.

 

Acaso ese entreguismo, unido a una proverbial estrechez de miras, explique porqué un liberalismo hoy inoperante se pliega servilmente ante fuerzas e ideologías gregarias o colectivistas, al desechar los principios revolucionarios de la teoría liberal, que apuestan por la resistencia de los ciudadanos propietarios ante los abusos del poder, incluyendo aquellos del legislativo en un régimen que Locke calificaba de “democracia perfecta”. Defensa legítima dentro del Estado de derecho como valladar, resistente y a día de hoy revolucionario, frente la hegemonía espuria, por sedicentemente “liberal”, de una socialdemocracia valedora de fórmulas estatistas, en la versión aggiornada, aquí por camuflada, de su eterna fidelidad a unas raíces antiliberales y liberticidas.

 

Inviértase, pues, el conocido exabrupto, diciendo: “¡Es la propiedad, imbécil!”. En definitiva, la política antes que la economía.

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