Miércoles, 29 de Abril de 2026

Mª Soledad Martín Turiño
Domingo, 14 de Marzo de 2021
ZAMORANA

Por si acaso...

[Img #50709]Una vez conocí a alguien muy preocupado por pisar sobre tierra firme, evitando en todo momento que los charcos salpicaran su impoluto calzado, o que el viento perturbara su cabello perfectamente peinado; era el orden y la exquisitez en cada uno de sus actos; no creía en los sueños y siempre empezaba sus frases diciendo: “por si acaso” …

 

“Por si acaso” -decía- llevaré paraguas, no siendo que llueva, aunque el cielo estuviera completamente azul. “Por si acaso”, no me acercaré a la gente, evitaré los grupos que no sean completamente afines a mi pensamiento y aficiones y eludiré también caer en la trampa del amor, no vayan a partirme luego el corazón. “Por si acaso” voy a comer frugalmente, a hacer deporte y tener unos hábitos de vida saludables, así alcanzaré una edad longeva y con fortaleza, soslayando las enfermedades. “Por si acaso”, voy a cruzar los semáforos en verde, cuando corresponde, aunque no se vea a nadie que me impida el paso ni siquiera una vez que vaya apresurado. “Por si acaso”, educaré mi intelecto estudiando, leyendo y aprendiendo con constancia y tesón cada día. “Por si acaso”, ahorraré sin permitirme caprichos para disponer en la vejez de una pequeña fortuna. “Por si acaso” …

 

 Llegó un momento en que su vida estaba tan condicionada por los “por si acaso” que vio como pasaba por delante su juventud a toda prisa y allá, en la madurez, al principio casi de la senectud, se dio cuenta de que no estaba satisfecho, había perdido demasiado tiempo con esas hipótesis que, al final, no se cumplieron del todo; aunque, eso sí, era una persona culta y gozaba de excelente salud, pero estaba solo, no había vivido y ya era demasiado tarde.

 

Un día que le visité en su acogedora casa: elegante, impoluta, perfecta en cada uno de los rincones, vestida con flores, cuadros, muebles de madera y un aroma delicado que se esparcía por todas las estancias, muy acorde con su personalidad; me confesó que se sentía vacío, que algo no le funcionaba en aquel modus vivendi que había establecido, que sus normas no habían surtido el efecto que pensaba. Me miraba con insistencia como si en mi rostro o en algún gesto mío descubriera la tabla de salvación que buscaba desesperadamente. Le dije que no tenía la respuesta que deseaba pero que una cosa sí había aprendido y es que la vida es un regalo para disfrutar todos los días, sin cortapisas, sin barreras; que tener amigos es una bendición y conocer gente nueva nos hace crecer como personas, que hay que arriesgar, sufrir, reír y llorar cuando toca, sin condicionar nada porque la propia existencia se encarga de hacernos sentir esas emociones en su oportuno momento; entonces, se levantó despacio y, apoyado en la repisa de la chimenea, la mirada perdida y un gesto un tanto teatral, aunque para él fue el resumen de muchos años de pensar, proyectar, y mentalizarse con las normas que él mismo se había impuesto, dijo: ¡Cuánto tiempo perdido!

 

Mª Soledad Martin Turiño

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