ZAMORANA
El sueño
Anoche soñé que el tiempo variaba de manera singular; en apenas un instante el cielo azul se tornó gris, poblado de espesos nubarrones que presagiaban una cercana tormenta; los truenos y los rayos no se hicieron esperar, el ruido era atronador y la gente que transitaba por la calle, asustada, corría a refugiarse de una lluvia que caía en tromba como si se hubiera desatado la furia de mil titanes.
El mar arremetía con violentas embestidas elevando las aguas que caían con saña desde varios metros de altura provocando vaharadas de espuma blanca; las olas barrían la arena de la playa haciéndola desaparecer en un instante y su embate era tan feroz que se adentraba en los edificios más cercanos al ahora inexistente paseo marítimo en un maremágnum de piedras procedentes de los pretiles que antes bordeaban dicho paseo. La gente corría desaforada para ponerse a buen recaudo, el caos era tan enorme que los coches no respetaban las señales de tráfico y chocaban por la fuerza de los elementos. En un momento se produjeron explosiones y fuegos en distintas partes de la ciudad. Desde el cielo bajó un inmenso tornado que crecía envolviendo todo lo que encontraba a su paso. El ruido era desesperante: el trueno se unía a la persistencia de la lluvia y los gritos de la gente que no encontraba refugio: muchos se dirigieron a las bocas de metro en la confianza de que estarían a salvo en el subterráneo, pero se llenó enseguida y tuvieron que apretarse, caer y luchar por conseguir un pequeño lugar que les salvara la vida; otros, impotentes, se dejaban llevar a una muerte segura sin hacer otra cosa que observar el espectáculo, varados en medio de la calle, mientras hombres y mujeres, niños y viejos corrían desesperadamente a su alrededor en busca de un refugio donde cobijarse. Los cristales de los rascacielos se rompían en mil pedazos por la fuerza descomunal del viento y caían sobre aquellas personas que seguían corriendo con vidrios incrustados y sangrando sin apenas enterarse.
Transcurrió un tiempo indefinido, todo se vino abajo, la confusión de luces y truenos poco a poco comenzó a disiparse, la lluvia cesó al fin y se produjo un silencio aún más temeroso que la desolación vivida, un silencio de muerte, espeso y frío que nadie se atrevió a alterar. De pronto, alguien asomó entre los escombros, se puso en pie tambaleándose y empezó a caminar por una rúa devastada; a esa persona la siguieron otras y se formó un grupo cada vez más numeroso que aparecía de entre los lugares más inverosímiles: debajo de un coche, sobre el tejado de lo que había sido una iglesia, sujetos a un pasamanos, en equilibrio desde metros de altura, subiendo desde las entrañas del metro… el conjunto, cada vez más nutrido de personas, caminaba hacia adelante, todos juntos, heridos, inestables, sangrando, cojeando, sin apenas poder sostenerse, pero avanzaban unidos. De pronto, todos a una, se detuvieron observando algo que parecía irreal: un arco iris gigantesco se originaba ante sus ojos, y aquel fenómeno natural tan conocido y tantas veces observado por todos tras una tormenta, en aquel momento fue un rayo de esperanza, algo especial que les llenó el alma conmoviéndoles y manifestando, por fin, todos los sentimientos de dolor que habían acumulado; unos empezaron a reír, otros lloraban, muchos seguían en estado de shok sin apenas alterarse, insensibles.
Un grito sobresalió desde el centro del grupo mientras una mujer caía al suelo ayudada enseguida por varias personas más. En aquella situación, a pesar de todo lo ocurrido, la mujer se había puesto de parto y estaba sola; en contra de todo pronóstico había sobrevivido porque se asió con fuerza a un pedazo de hormigón y desde allí vio como el tornado devoraba a su familia, cómo sus otros hijos se elevaban al cielo para no regresar jamás. ¡paradojas el destino!, ella, en su avanzado estado de gestación, en medio de la desesperanza, de la devastación, del dolor y del miedo iba a dar vida a una nueva criatura. Todos ayudaron como si fueran su familia y cuando se escuchó el llanto de aquel pequeño estallaron en un conmovedor aplauso. La vida, de algún modo, les redimía; el círculo debía continuar.
A partir de entonces se formaron conjuntos de personas para trabajar unidos: unos escarbaron entre los escombros cogiendo todo cuanto sirviera para construir un cobijo donde guarecerse, otros rebuscaban en busca de comida, ropas o cualquier cosa que aprovechar para calentarse, algunos curaban a los heridos… de este modo, todos contribuyeron a seguir adelante porque si algo tenían claro es que solos no podrían sobrevivir; en cambio, juntos podrían conseguir mejores logros.
El resplandor del sol que iluminaba el dormitorio me despertó cegándome un instante. Me incorporé aún con el recuerdo fresco de aquel sueño que tan vívidamente había experimentado. Corrí las cortinas y miré afuera; aparentemente todo estaba en calma, las personas caminaban en diversas direcciones y la calle despertaba a un nuevo día; sin embargo, los rostros de la gente iban cubiertos, se notaba sus miradas tristes, apenas había ancianos caminando…. Me pregunté si aquello no formaría parte del sueño porque un virus también se había adueñado del planeta devastándolo en poco tiempo y los supervivientes transitaban en un mundo de penumbra a pesar de aquella luminosidad que, por momentos, parecía casi violenta, tal era la intensidad de la luz.
Me aparté de la ventana y, sentada en el borde de la cama, me propuse calmar la perplejidad que sentía dejando de pensar, para dar tregua a una mente tortuosa que se empeñaba en razonar, contrastar y medir sueño y realidad buscando paralelismos e intentando obtener una conclusión, aunque de algo era plenamente consciente, y es que la respuesta no estaba al alcance de mi mano.
Mª Soledad Martín Turiño
Anoche soñé que el tiempo variaba de manera singular; en apenas un instante el cielo azul se tornó gris, poblado de espesos nubarrones que presagiaban una cercana tormenta; los truenos y los rayos no se hicieron esperar, el ruido era atronador y la gente que transitaba por la calle, asustada, corría a refugiarse de una lluvia que caía en tromba como si se hubiera desatado la furia de mil titanes.
El mar arremetía con violentas embestidas elevando las aguas que caían con saña desde varios metros de altura provocando vaharadas de espuma blanca; las olas barrían la arena de la playa haciéndola desaparecer en un instante y su embate era tan feroz que se adentraba en los edificios más cercanos al ahora inexistente paseo marítimo en un maremágnum de piedras procedentes de los pretiles que antes bordeaban dicho paseo. La gente corría desaforada para ponerse a buen recaudo, el caos era tan enorme que los coches no respetaban las señales de tráfico y chocaban por la fuerza de los elementos. En un momento se produjeron explosiones y fuegos en distintas partes de la ciudad. Desde el cielo bajó un inmenso tornado que crecía envolviendo todo lo que encontraba a su paso. El ruido era desesperante: el trueno se unía a la persistencia de la lluvia y los gritos de la gente que no encontraba refugio: muchos se dirigieron a las bocas de metro en la confianza de que estarían a salvo en el subterráneo, pero se llenó enseguida y tuvieron que apretarse, caer y luchar por conseguir un pequeño lugar que les salvara la vida; otros, impotentes, se dejaban llevar a una muerte segura sin hacer otra cosa que observar el espectáculo, varados en medio de la calle, mientras hombres y mujeres, niños y viejos corrían desesperadamente a su alrededor en busca de un refugio donde cobijarse. Los cristales de los rascacielos se rompían en mil pedazos por la fuerza descomunal del viento y caían sobre aquellas personas que seguían corriendo con vidrios incrustados y sangrando sin apenas enterarse.
Transcurrió un tiempo indefinido, todo se vino abajo, la confusión de luces y truenos poco a poco comenzó a disiparse, la lluvia cesó al fin y se produjo un silencio aún más temeroso que la desolación vivida, un silencio de muerte, espeso y frío que nadie se atrevió a alterar. De pronto, alguien asomó entre los escombros, se puso en pie tambaleándose y empezó a caminar por una rúa devastada; a esa persona la siguieron otras y se formó un grupo cada vez más numeroso que aparecía de entre los lugares más inverosímiles: debajo de un coche, sobre el tejado de lo que había sido una iglesia, sujetos a un pasamanos, en equilibrio desde metros de altura, subiendo desde las entrañas del metro… el conjunto, cada vez más nutrido de personas, caminaba hacia adelante, todos juntos, heridos, inestables, sangrando, cojeando, sin apenas poder sostenerse, pero avanzaban unidos. De pronto, todos a una, se detuvieron observando algo que parecía irreal: un arco iris gigantesco se originaba ante sus ojos, y aquel fenómeno natural tan conocido y tantas veces observado por todos tras una tormenta, en aquel momento fue un rayo de esperanza, algo especial que les llenó el alma conmoviéndoles y manifestando, por fin, todos los sentimientos de dolor que habían acumulado; unos empezaron a reír, otros lloraban, muchos seguían en estado de shok sin apenas alterarse, insensibles.
Un grito sobresalió desde el centro del grupo mientras una mujer caía al suelo ayudada enseguida por varias personas más. En aquella situación, a pesar de todo lo ocurrido, la mujer se había puesto de parto y estaba sola; en contra de todo pronóstico había sobrevivido porque se asió con fuerza a un pedazo de hormigón y desde allí vio como el tornado devoraba a su familia, cómo sus otros hijos se elevaban al cielo para no regresar jamás. ¡paradojas el destino!, ella, en su avanzado estado de gestación, en medio de la desesperanza, de la devastación, del dolor y del miedo iba a dar vida a una nueva criatura. Todos ayudaron como si fueran su familia y cuando se escuchó el llanto de aquel pequeño estallaron en un conmovedor aplauso. La vida, de algún modo, les redimía; el círculo debía continuar.
A partir de entonces se formaron conjuntos de personas para trabajar unidos: unos escarbaron entre los escombros cogiendo todo cuanto sirviera para construir un cobijo donde guarecerse, otros rebuscaban en busca de comida, ropas o cualquier cosa que aprovechar para calentarse, algunos curaban a los heridos… de este modo, todos contribuyeron a seguir adelante porque si algo tenían claro es que solos no podrían sobrevivir; en cambio, juntos podrían conseguir mejores logros.
El resplandor del sol que iluminaba el dormitorio me despertó cegándome un instante. Me incorporé aún con el recuerdo fresco de aquel sueño que tan vívidamente había experimentado. Corrí las cortinas y miré afuera; aparentemente todo estaba en calma, las personas caminaban en diversas direcciones y la calle despertaba a un nuevo día; sin embargo, los rostros de la gente iban cubiertos, se notaba sus miradas tristes, apenas había ancianos caminando…. Me pregunté si aquello no formaría parte del sueño porque un virus también se había adueñado del planeta devastándolo en poco tiempo y los supervivientes transitaban en un mundo de penumbra a pesar de aquella luminosidad que, por momentos, parecía casi violenta, tal era la intensidad de la luz.
Me aparté de la ventana y, sentada en el borde de la cama, me propuse calmar la perplejidad que sentía dejando de pensar, para dar tregua a una mente tortuosa que se empeñaba en razonar, contrastar y medir sueño y realidad buscando paralelismos e intentando obtener una conclusión, aunque de algo era plenamente consciente, y es que la respuesta no estaba al alcance de mi mano.
Mª Soledad Martín Turiño


















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