Nélida L. del Estal Sastre.
Lunes, 15 de Marzo de 2021
CON LOS CINCO SENTIDOS

Vivir despacio, morir deprisa

[Img #50784]   Decía Søren Kierkegaard “La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque debe ser vivida mirando hacia adelante, o sea, hacia algo que no existe”. Puede que no se comprenda del todo este pensamiento, pero es de una realidad absolutamente subjetiva, frase, la mía,  que tampoco es fácil de explicar por ser casi un oxímoron. La realidad es la que es, no la que cada uno percibe. Pero no es más válida mi percepción de la misma que la tuya o la de otros, que la propia exposición o presentación de la naturaleza tal y como se nos muestra, sin velos de ideología y despojada y desvestida de toda ornamentación personal, a veces aprovechable, a veces vacua.

 

   Si la vida, pues, ha de entenderse desmadejando lo acontecido para poder así encarar la incertidumbre futura con un mínimo de cordura, se hace necesaria, sin lugar a dudas, la soledad del yo, la alienación del ser humano y la introspección.  Si yo me conozco, si sé hasta dónde alcanzan mis límites en la relación que mantengo con otras personas y en la que mantengo conmigo misma, será más maleable el futuro, menos ferruginoso y rígido.

 

   La ansiada introspección para el conocimiento del yo se hace aún más necesaria en estos tiempos convulsos en los que el yo se mezcla con el yo de cada miembro del rebaño y se confunde una parte con el todo. Las ideas son únicas, como son únicas las personas que las expresan, pero si estas ideas van teñidas de una ideología de masas, pierden  un alto porcentaje de su validez intelectual, se diluyen las ideas, por tanto, se diluyen las personas que las expresan.

 

   Mis ancestros me decían que cuanto menos sabe uno, más felicidad le inunda. Que la sabiduría, la capacidad de análisis de los propios errores, la autoflagelación, nos hace seres desesperados e infelices. Seres insatisfechos. Nunca quise ser más tontita o menos inteligente de lo que soy, me parece absurdo pretender ser menos que nadie por comodidad, conformidad, ineptitud o vagancia. Eso no va con mi particular manera de ser. Prefiero desesperarme, porque la desesperación me convierte en una persona más profunda, menos intrascendente. Quizá más infeliz, sí, pero más yo misma. A veces me admiro y me regodeo; a veces me odio. Pero eso es por una sencilla circunstancia, porque me conozco y mi razón no halla límites para seguir ahondando en mi cerebro, a solas, en silencio, apartada del mundo. En ciertas ocasiones, he sentido nostalgia por la diversión intrascendente, de hecho la practico de vez en cuando, aunque he de reconocer que cada vez, con menor frecuencia. La misantropía me acecha en cada esquina…

 

   Soy feliz a solas, me odio a solas, me amo a solas, me conozco a solas. Vivo muy despacio, como si cada segundo se suspendiera en el aire y pudiera verlo desarrollando todo su potencial, a cámara lenta. También soy capaz de encontrar momentos sublimes en la música o leyendo y escribiendo nimiedades. Esas nimiedades también me aportan una nada que me completa. Vivo despacio, saboreando cada segundo, sin que nadie me persiga, no sintiendo que la existencia es o debe de ser a máxima velocidad o a velocidad de crucero por el “qué pasará”, por el “qué dirán”. No. Vivo a  mi ritmo, lento,  pausado, paladeando lo que el presente me ofrece con la experiencia del pasado. El futuro es incierto y me importa poco en lo que respecta a mi persona. Quizá muera deprisa, pero habré vivido despacio. Habré vivido.

 Nélida L. del Estal  Sastre.

 

 

  

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