CON LOS CINCO SENTIDOS
Nada que perder
“Las mejores personas poseen sensibilidad para la belleza, valor para enfrentar riesgos, disciplina para decir la verdad, capacidad para sacrificarse. Irónicamente, estas virtudes los hacen vulnerables; frecuentemente se les lastima, a veces se les destruye”.
Ernest Hemingway.
Vaya, voy a acabar siendo pasto de las llamas de las citas de otros para comenzar la escritura de un libro, de un artículo o de un pensamiento, como Sánchez Dragó, al que no trago; se siente. Pero es que, a veces, las citas de ilustres escritores o pensadores, me ayudan a decir alto y claro, pero con argumentos de peso de genios de la literatura y la filosofía, aquello que quiero expresar de manera menos ostentosa verbalmente y más mundana y cercana. No les llego ni a la suela de los zapatos. Al menos, yo, lo digo y lo expreso sin pudor alguno. No me creo ser nada del otro mundo, alguien que piensa en voz alta y escribe o le dejan escribir lo que piensa para que lo lea el que lo estime oportuno.
No me considero mejor que nadie, ni más que nadie, no. Pero creo que soy buena persona. Eso me da cierta “patente de Corso” para decir alguna que otra cosa sin temor, o sí, a que me pinche algún que otro escuerzo. Me va en la esa nómina invisible de decir lo que pienso. Porque yo no cobro por lo que opino, lo hago sin ánimo de lucro, como casi todo lo que he hecho en esta vida. Así que, lecciones de letrados que se creen algo y a los que las redes y las bocas dan alas sin ser nadie, las justas y necesarias. Ya me enseñaron en casa y en el colegio, instituto y universidad lo que hay que saber. Respeto hacia el diferente, conocimientos de cultura general y cultura concreta, y muchas cosas más. Así que el que va de listo conmigo, la lleva clara. No porque yo sea más que nadie, por favor, si no soy nada. Por eso precisamente, por mi humildad es que no hago caso a los falsos halagos, a las puñaladas traperas (éstas me dan “gustirrinín” porque el que las lanza lo hace para dañarme y, si alguien quiere dañarte, es porque te considera importante, así que, Merci.)
Me considero, pues, buena persona. El que me conoce lo sabe. No sé obrar de una manera en la que se dañe a alguien incluso si no es a sabiendas. No puedo. No quiero, no me da la gana. Las cosas se pueden hacer de muchas formas, entre ellas, sin dañar a nadie en tu trayectoria. Esa es la forma en la que yo concibo mi mundo. Si está en mi mano ayudar a que tu existencia te sea llevadera, ahí estoy, ahí estaré.
Hay quien puede pensar que hablar de uno mismo tanto y tanto es de seres egocéntricos. Pues mucha mierda para todos esos que ven en mis virtudes sus defectos. Me honra que me fustiguen de palabra. Me honra. Me gusta la belleza, en cualquiera de sus manifestaciones artísticas, la verdad, la honradez, la sencillez. Si eso me ha hecho vulnerable ya os digo que sí. SÍ. Pero no cambio esa manera de comprender lo que me rodea por nada. Prefiero ser pasto de las llamas de los mediocres, porque se tienen que molestar en quemarme. Que se fastidien. Hasta que mi cuerpo aguante una cuarta embestida, aquí estaré. Como ya dije al principio de este testimonio, nada tengo qué perder. Absolutamente nada.
Nélida L. del Estal Sastre
“Las mejores personas poseen sensibilidad para la belleza, valor para enfrentar riesgos, disciplina para decir la verdad, capacidad para sacrificarse. Irónicamente, estas virtudes los hacen vulnerables; frecuentemente se les lastima, a veces se les destruye”.
Ernest Hemingway.
Vaya, voy a acabar siendo pasto de las llamas de las citas de otros para comenzar la escritura de un libro, de un artículo o de un pensamiento, como Sánchez Dragó, al que no trago; se siente. Pero es que, a veces, las citas de ilustres escritores o pensadores, me ayudan a decir alto y claro, pero con argumentos de peso de genios de la literatura y la filosofía, aquello que quiero expresar de manera menos ostentosa verbalmente y más mundana y cercana. No les llego ni a la suela de los zapatos. Al menos, yo, lo digo y lo expreso sin pudor alguno. No me creo ser nada del otro mundo, alguien que piensa en voz alta y escribe o le dejan escribir lo que piensa para que lo lea el que lo estime oportuno.
No me considero mejor que nadie, ni más que nadie, no. Pero creo que soy buena persona. Eso me da cierta “patente de Corso” para decir alguna que otra cosa sin temor, o sí, a que me pinche algún que otro escuerzo. Me va en la esa nómina invisible de decir lo que pienso. Porque yo no cobro por lo que opino, lo hago sin ánimo de lucro, como casi todo lo que he hecho en esta vida. Así que, lecciones de letrados que se creen algo y a los que las redes y las bocas dan alas sin ser nadie, las justas y necesarias. Ya me enseñaron en casa y en el colegio, instituto y universidad lo que hay que saber. Respeto hacia el diferente, conocimientos de cultura general y cultura concreta, y muchas cosas más. Así que el que va de listo conmigo, la lleva clara. No porque yo sea más que nadie, por favor, si no soy nada. Por eso precisamente, por mi humildad es que no hago caso a los falsos halagos, a las puñaladas traperas (éstas me dan “gustirrinín” porque el que las lanza lo hace para dañarme y, si alguien quiere dañarte, es porque te considera importante, así que, Merci.)
Me considero, pues, buena persona. El que me conoce lo sabe. No sé obrar de una manera en la que se dañe a alguien incluso si no es a sabiendas. No puedo. No quiero, no me da la gana. Las cosas se pueden hacer de muchas formas, entre ellas, sin dañar a nadie en tu trayectoria. Esa es la forma en la que yo concibo mi mundo. Si está en mi mano ayudar a que tu existencia te sea llevadera, ahí estoy, ahí estaré.
Hay quien puede pensar que hablar de uno mismo tanto y tanto es de seres egocéntricos. Pues mucha mierda para todos esos que ven en mis virtudes sus defectos. Me honra que me fustiguen de palabra. Me honra. Me gusta la belleza, en cualquiera de sus manifestaciones artísticas, la verdad, la honradez, la sencillez. Si eso me ha hecho vulnerable ya os digo que sí. SÍ. Pero no cambio esa manera de comprender lo que me rodea por nada. Prefiero ser pasto de las llamas de los mediocres, porque se tienen que molestar en quemarme. Que se fastidien. Hasta que mi cuerpo aguante una cuarta embestida, aquí estaré. Como ya dije al principio de este testimonio, nada tengo qué perder. Absolutamente nada.
Nélida L. del Estal Sastre

















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