ZAMORANA
El ambiente se perfuma de primavera
Me gusta mirar el cielo cada mañana, ese cielo azul que siempre me transporta a horizontes amados y conocidos. Mi cuerpo preludia si se va a producir un cambio de temperatura y se descompone de manera singular dañando mi mente considerablemente, asemejándose a una aguja precisa que marca dichas fluctuaciones, tal es la manera en que se refleja en organismo y espíritu las volatilidades de los cambios atmosféricos.
Está llegando ya la primavera y con su implosión arrastra consigo las penumbras invernales para llenar de resplandor y sol los días que parecen estirarse como si fueran de goma. Los árboles nacen a la luz y a la vida y se abren pequeñas flores que surgen para ornato de lugares plenos de broza que se tornan bellos en una agraciada estampa que seduce al paseante o al observador que sabe mirar la naturaleza. Es tal la exuberancia de vegetación que incluso las laderas de la carretera aparecen ornadas por un manto verde que vigila el incesante transitar de los vehículos.
Yo disfruto esta bella metamorfosis a través del cristal de mis ventanales y aprecio cada matiz, cada tonalidad en las copas de los árboles y los jardines que nacen alimentados por el agua que ha caído profusamente aliñados por este sol que acaricia con tibieza. A pocos metros, luce una rosaleda a ambos lados de un bello jardín que florece con botones de lo que se transformarán en radiantes rosas de tonos rojos y aterciopelados.
Hasta que llegue el calor, tórrido y soporífero, la primavera nos muestra su cara más amable; los días luminosos, la reverberación del sol colándose en cada calle, entre los edificios; vivificando las almas aletargadas que, como con la mejor medicina, reviven a diario con el bálsamo de un tiempo primaveral. El ánimo también sufre su particular mutación porque pasa de las tribulaciones invernales a los efluvios de una estación que altera sangre y sentimientos y consigue que nos sintamos un poco dueños del mundo, porque “la primavera le brinda un espíritu de juventud a todo” como aseveraba el gran Shakespeare.
La explosión vegetal se nota también en los cerezos y almendros en flor que constituyen una estampa espectacular con árboles florecientes y cuajados de flores blancas, rosadas y rojizas. No me canso de ver ese milagro de palitroques secos de los que renacen tímidamente hojas arrugadas que luego se estiran, y yemas, brotes nuevos e incluso -como en el almendro y el cerezo- las primeras flores de la estación.
El buen tiempo anima y es proclive para hacer planes: renovar lo viejo, acicalar las casas, guardar la ropa invernal y adornar el armario con los colores vivos del buen tiempo. Salimos más a la calle, disfrutamos de parques y jardines que compiten para agradarnos la vista con sus ornatos primaverales.
No podemos eludir otros habitantes que vienen a acompañarnos en esta estación: insectos y pájaros de distintas especies que se cuelan en las calles; urracas, jilgueros, golondrinas o vencejos que nos regalan la música de sus cantos y la gracilidad de sus vuelos. Las palomas que no se apartan a nuestro paso de lo acostumbradas que están de vivir en la ciudad y convivir con sus habitantes; o las cotorras argentinas, una hermosa especie invasora que ha llegado a grandes ciudades como Madrid en bandadas y suponen ya un problema porque amenazan la seguridad y biodiversidad de la capital.
En el campo, mi ave favorita: la cigüeña, planea con elegancia por los aires batiendo sus enormes alas hasta coronar los campanarios o las cumbres de las iglesias; allí las vemos posando majestuosas en nidos formidables confeccionados con ramas y barro que ya son una seña de identidad particular.
Primavera es, pues, sinónimo de renacimiento, renovación, luz y vida.
Mª Soledad Martín Turiño
Me gusta mirar el cielo cada mañana, ese cielo azul que siempre me transporta a horizontes amados y conocidos. Mi cuerpo preludia si se va a producir un cambio de temperatura y se descompone de manera singular dañando mi mente considerablemente, asemejándose a una aguja precisa que marca dichas fluctuaciones, tal es la manera en que se refleja en organismo y espíritu las volatilidades de los cambios atmosféricos.
Está llegando ya la primavera y con su implosión arrastra consigo las penumbras invernales para llenar de resplandor y sol los días que parecen estirarse como si fueran de goma. Los árboles nacen a la luz y a la vida y se abren pequeñas flores que surgen para ornato de lugares plenos de broza que se tornan bellos en una agraciada estampa que seduce al paseante o al observador que sabe mirar la naturaleza. Es tal la exuberancia de vegetación que incluso las laderas de la carretera aparecen ornadas por un manto verde que vigila el incesante transitar de los vehículos.
Yo disfruto esta bella metamorfosis a través del cristal de mis ventanales y aprecio cada matiz, cada tonalidad en las copas de los árboles y los jardines que nacen alimentados por el agua que ha caído profusamente aliñados por este sol que acaricia con tibieza. A pocos metros, luce una rosaleda a ambos lados de un bello jardín que florece con botones de lo que se transformarán en radiantes rosas de tonos rojos y aterciopelados.
Hasta que llegue el calor, tórrido y soporífero, la primavera nos muestra su cara más amable; los días luminosos, la reverberación del sol colándose en cada calle, entre los edificios; vivificando las almas aletargadas que, como con la mejor medicina, reviven a diario con el bálsamo de un tiempo primaveral. El ánimo también sufre su particular mutación porque pasa de las tribulaciones invernales a los efluvios de una estación que altera sangre y sentimientos y consigue que nos sintamos un poco dueños del mundo, porque “la primavera le brinda un espíritu de juventud a todo” como aseveraba el gran Shakespeare.
La explosión vegetal se nota también en los cerezos y almendros en flor que constituyen una estampa espectacular con árboles florecientes y cuajados de flores blancas, rosadas y rojizas. No me canso de ver ese milagro de palitroques secos de los que renacen tímidamente hojas arrugadas que luego se estiran, y yemas, brotes nuevos e incluso -como en el almendro y el cerezo- las primeras flores de la estación.
El buen tiempo anima y es proclive para hacer planes: renovar lo viejo, acicalar las casas, guardar la ropa invernal y adornar el armario con los colores vivos del buen tiempo. Salimos más a la calle, disfrutamos de parques y jardines que compiten para agradarnos la vista con sus ornatos primaverales.
No podemos eludir otros habitantes que vienen a acompañarnos en esta estación: insectos y pájaros de distintas especies que se cuelan en las calles; urracas, jilgueros, golondrinas o vencejos que nos regalan la música de sus cantos y la gracilidad de sus vuelos. Las palomas que no se apartan a nuestro paso de lo acostumbradas que están de vivir en la ciudad y convivir con sus habitantes; o las cotorras argentinas, una hermosa especie invasora que ha llegado a grandes ciudades como Madrid en bandadas y suponen ya un problema porque amenazan la seguridad y biodiversidad de la capital.
En el campo, mi ave favorita: la cigüeña, planea con elegancia por los aires batiendo sus enormes alas hasta coronar los campanarios o las cumbres de las iglesias; allí las vemos posando majestuosas en nidos formidables confeccionados con ramas y barro que ya son una seña de identidad particular.
Primavera es, pues, sinónimo de renacimiento, renovación, luz y vida.
Mª Soledad Martín Turiño

















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