CONFESIONES ÍNTIMAS
La soledad de la amapola, la soledad de Zamora
Una mujer, la Dama del Alba, me envía una fotografía: la primera amapola de esta primavera, un ejemplar que ha sacado su cabeza roja entre un mar verde y una alambrada de tosco metal. Me invita esa fémina a que escriba sobre tal flor. Y obedezco su ruego, nunca una exigencia. Me conoce y sabe qué me inspira: siempre las cosas sencillas y las mujeres hermosas y…complicadas.
Yo soy como la amapola, un ser solitario que vive entre la gente, pero no me siento concernido por la masa. Soy libre para escribir lo que me dicta mi único dueño, ese trozo de dios que guardo dentro, tanto que nadie lo ve, ni lo mira, ni lo entiende. Prefiero debatir con las espigas del trigo que con las flores de ciudad, las que sufren y lloran en las cárceles ajardinadas. Me baño en los océanos de cereales y me seco al viento del estío, desnudo, cuando la soledad me acompaña.
Zamora también es una amapola con forma ciudad, siempre sola. Zamora adorna un campo sin nada y se mira en un río en el que no se ve, que pasa y no se queja, que bebe lágrimas de miseria económica y llora savia de juncos.
Como la amapola, apenas llamo la atención por el perfume que exhalo, ni por cómo cubro mi piel. Ahora bien, mis pétalos, finos y delicados, son mis verbos, las palabras que esculpe mi voz para susurrar al oído de la mujer que amo, para zaherir a los malandrines de la política, a los cobistas de la prensa.
La lindísima amapola también ama…en secreto, a una dama que no quiso ser libre y que prefirió alquilar su belleza al futuro que nunca llega.
Amapola, lindísima amapola, no seas tan ingrata y ámame. ¿Cómo Zamora y podemos vivir tan solos?
Eugenio-Jesús de Ávila
Una mujer, la Dama del Alba, me envía una fotografía: la primera amapola de esta primavera, un ejemplar que ha sacado su cabeza roja entre un mar verde y una alambrada de tosco metal. Me invita esa fémina a que escriba sobre tal flor. Y obedezco su ruego, nunca una exigencia. Me conoce y sabe qué me inspira: siempre las cosas sencillas y las mujeres hermosas y…complicadas.
Yo soy como la amapola, un ser solitario que vive entre la gente, pero no me siento concernido por la masa. Soy libre para escribir lo que me dicta mi único dueño, ese trozo de dios que guardo dentro, tanto que nadie lo ve, ni lo mira, ni lo entiende. Prefiero debatir con las espigas del trigo que con las flores de ciudad, las que sufren y lloran en las cárceles ajardinadas. Me baño en los océanos de cereales y me seco al viento del estío, desnudo, cuando la soledad me acompaña.
Zamora también es una amapola con forma ciudad, siempre sola. Zamora adorna un campo sin nada y se mira en un río en el que no se ve, que pasa y no se queja, que bebe lágrimas de miseria económica y llora savia de juncos.
Como la amapola, apenas llamo la atención por el perfume que exhalo, ni por cómo cubro mi piel. Ahora bien, mis pétalos, finos y delicados, son mis verbos, las palabras que esculpe mi voz para susurrar al oído de la mujer que amo, para zaherir a los malandrines de la política, a los cobistas de la prensa.
La lindísima amapola también ama…en secreto, a una dama que no quiso ser libre y que prefirió alquilar su belleza al futuro que nunca llega.
Amapola, lindísima amapola, no seas tan ingrata y ámame. ¿Cómo Zamora y podemos vivir tan solos?
Eugenio-Jesús de Ávila


















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