ZAMORANA
Cadena de sangre
Le gusta escribir historias pequeñas, historias en apenas dos folios: de amor, de desencuentro, de vida, de alegría, de ilusión… todo aquello, en fin, que forma parte de la existencia. Le gusta reflejar experiencias ajenas que hace propias porque observa a la gente y sus actitudes para aprender y estar más preparado a la hora de sufrir cualquier desencuentro.
Desde que era pequeño adoraba a su abuelo, aquel hombre enjuto, andarín, tocado siempre con la gorra negra que parecía sostenerse de milagro en aquella cabeza que ocultaba una cabellera canosa y algo raída que solo los domingos, antes de ir a la iglesia, se preocupaba de alisar con agua para evitar un pertinaz remolino que se le formaba siempre en la coronilla.
De los muchos recuerdos que tiene de su abuelo, destacan sobre todo las tardes de verano cuando le llevaban al pueblo a pasar las vacaciones; entonces, después de comer, todos se retiraban para echarse un rato de siesta; el abuelo lo hacía en el escaño, mientras la abuela se apresuraba a correr las contraventanas con el fin de que la luz del sol no alterara su sueño. Al cabo de un rato, el abuelo se levantaba y desaparecía milagrosamente camino del café donde echaba la partida de mus o garrafina con los amigos de su edad apenas una hora, luego regresaba a casa para merendar y después volvía a perderse en dirección a alguna tierra, a la huerta de algún vecino o, simplemente, a caminar por los campos, que constituía su mayor y mejor ocupación.
A veces, cuando camina por la ciudad y ve sentados en los bancos a un montón de hombres mayores, piensa en su abuelo y sabe que no podría ser uno de ellos; a él nadie le hubiera sacado de su pueblo, ni habría podido vivir en la capital porque se le antojaba demasiado grande; por eso era una fiesta cuando había que ir al médico o a hacer gestiones indispensables; entonces, se vestía de domingo, se afeitaba cuidadosamente y disfrutaba con cada kilómetro que le iba alejando del pueblo; luego, en la ciudad, absorbía con aquellos ojos pequeños y vivaces todo lo que le brindaba: gentes caminando, parques, calles, comercios, coches, escaparates…; de vez en cuando se ensimismaba con algún artículo en especial y permanecía un rato mirando a través del cristal hasta que le llamaban para unirse al grupo familiar.
Solían comer en un pequeño restaurante de mesas con manteles blancos junto al ayuntamiento y después tomar un café rápido antes de regresar al pueblo. En el trayecto de vuelta apenas hablaba, pero una vez en el café comentaba con sus amigos cada pequeña novedad que celebraba con gestos ostentosos.
Recuerda a su abuelo porque era un curioso nato, tenía una capacidad increíble por aprender, por conocer, por gozar de cada novedad. Su nieto piensa en cosas triviales que hubieran sido para el viejo todo un acontecimiento: tantos inventos mecánicos con los que convivimos a diario, los enormes centros comerciales, los ordenadores, los teléfonos móviles y un sinfín de artilugios que nos resultan ya casi imprescindibles. Sonríe pensando en cómo miraría cada cosa, tocando, palpando y observando con la curiosidad del sabio que nada descarta. Sin embargo, su abuelo vivió en un tiempo sobrio, muy parco, solo pudo disfrutar de la televisión en su casa y aquello supuso todo un acontecimiento.
Recuerda cuando hizo su primer y único gran viaje con motivo de la Primera Comunión de una nieta y fueron al norte; los llevaron a ver el mar e incluso le permitieron subir a un inmenso barco de mercancías noruego que estaba atracado en el puerto, mientras mi abuela esperaba con cara de susto sentada en un poyete del puerto. Seguramente fue su experiencia más intensa y, desde luego, más lejana, porque nunca se había separada tanto del pueblo.
Hoy el nieto, rememora apoyado en el pretil de otro muelle donde acude de vez en cuando para serenar la mente e inventar historias que luego reflejará en un folio de papel; la de hoy será en homenaje a su abuelo, a aquel viejo que tanto le enseñó con su comportamiento y que jamás fue consciente de la transcendencia que sus actos, simples como fue su vida, tendrían en algún descendiente. Ha transcurrido mucho tiempo desde que el viejo falta, pero él le recuerda casi a diario. Por él aprende, en su memoria se preocupa de estar al día, de observar, de ser crítico, de tener opiniones sólidas, de formarse… y eso se lo transmite a sus hijos en una cadena de sangre cuyo fundador fue aquel viejo agricultor que nunca olvidará.
Mª Soledad Martín Turiño
Le gusta escribir historias pequeñas, historias en apenas dos folios: de amor, de desencuentro, de vida, de alegría, de ilusión… todo aquello, en fin, que forma parte de la existencia. Le gusta reflejar experiencias ajenas que hace propias porque observa a la gente y sus actitudes para aprender y estar más preparado a la hora de sufrir cualquier desencuentro.
Desde que era pequeño adoraba a su abuelo, aquel hombre enjuto, andarín, tocado siempre con la gorra negra que parecía sostenerse de milagro en aquella cabeza que ocultaba una cabellera canosa y algo raída que solo los domingos, antes de ir a la iglesia, se preocupaba de alisar con agua para evitar un pertinaz remolino que se le formaba siempre en la coronilla.
De los muchos recuerdos que tiene de su abuelo, destacan sobre todo las tardes de verano cuando le llevaban al pueblo a pasar las vacaciones; entonces, después de comer, todos se retiraban para echarse un rato de siesta; el abuelo lo hacía en el escaño, mientras la abuela se apresuraba a correr las contraventanas con el fin de que la luz del sol no alterara su sueño. Al cabo de un rato, el abuelo se levantaba y desaparecía milagrosamente camino del café donde echaba la partida de mus o garrafina con los amigos de su edad apenas una hora, luego regresaba a casa para merendar y después volvía a perderse en dirección a alguna tierra, a la huerta de algún vecino o, simplemente, a caminar por los campos, que constituía su mayor y mejor ocupación.
A veces, cuando camina por la ciudad y ve sentados en los bancos a un montón de hombres mayores, piensa en su abuelo y sabe que no podría ser uno de ellos; a él nadie le hubiera sacado de su pueblo, ni habría podido vivir en la capital porque se le antojaba demasiado grande; por eso era una fiesta cuando había que ir al médico o a hacer gestiones indispensables; entonces, se vestía de domingo, se afeitaba cuidadosamente y disfrutaba con cada kilómetro que le iba alejando del pueblo; luego, en la ciudad, absorbía con aquellos ojos pequeños y vivaces todo lo que le brindaba: gentes caminando, parques, calles, comercios, coches, escaparates…; de vez en cuando se ensimismaba con algún artículo en especial y permanecía un rato mirando a través del cristal hasta que le llamaban para unirse al grupo familiar.
Solían comer en un pequeño restaurante de mesas con manteles blancos junto al ayuntamiento y después tomar un café rápido antes de regresar al pueblo. En el trayecto de vuelta apenas hablaba, pero una vez en el café comentaba con sus amigos cada pequeña novedad que celebraba con gestos ostentosos.
Recuerda a su abuelo porque era un curioso nato, tenía una capacidad increíble por aprender, por conocer, por gozar de cada novedad. Su nieto piensa en cosas triviales que hubieran sido para el viejo todo un acontecimiento: tantos inventos mecánicos con los que convivimos a diario, los enormes centros comerciales, los ordenadores, los teléfonos móviles y un sinfín de artilugios que nos resultan ya casi imprescindibles. Sonríe pensando en cómo miraría cada cosa, tocando, palpando y observando con la curiosidad del sabio que nada descarta. Sin embargo, su abuelo vivió en un tiempo sobrio, muy parco, solo pudo disfrutar de la televisión en su casa y aquello supuso todo un acontecimiento.
Recuerda cuando hizo su primer y único gran viaje con motivo de la Primera Comunión de una nieta y fueron al norte; los llevaron a ver el mar e incluso le permitieron subir a un inmenso barco de mercancías noruego que estaba atracado en el puerto, mientras mi abuela esperaba con cara de susto sentada en un poyete del puerto. Seguramente fue su experiencia más intensa y, desde luego, más lejana, porque nunca se había separada tanto del pueblo.
Hoy el nieto, rememora apoyado en el pretil de otro muelle donde acude de vez en cuando para serenar la mente e inventar historias que luego reflejará en un folio de papel; la de hoy será en homenaje a su abuelo, a aquel viejo que tanto le enseñó con su comportamiento y que jamás fue consciente de la transcendencia que sus actos, simples como fue su vida, tendrían en algún descendiente. Ha transcurrido mucho tiempo desde que el viejo falta, pero él le recuerda casi a diario. Por él aprende, en su memoria se preocupa de estar al día, de observar, de ser crítico, de tener opiniones sólidas, de formarse… y eso se lo transmite a sus hijos en una cadena de sangre cuyo fundador fue aquel viejo agricultor que nunca olvidará.
Mª Soledad Martín Turiño
















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