Nélida L. Del Estal Sastre
Domingo, 18 de Abril de 2021
CON LOS CINCO SENTIDOS

Ese gato maldito...

[Img #52012] En estos tiempos convulsos en los que se entremezcla la política zafia, más si cabe de lo que se puede tolerar, si es que eso es posible (que lo es) por habernos encontrado estos días en una suerte de campaña electoral previa a la campaña electoral oficial madrileña que ha comenzado hoy, con una pandemia que no cesa y con unas ganas de mandarlos a todos o a casi todos a tomar por el culo, cosa que me dejar dormir poco y mal.

   Se está pensando en suspender el Estado de Alarma el 9 de mayo, mejor dicho, seamos exactos, se está pensando seriamente no prorrogarlo. No sé si los que mandan se han dado cuenta de cómo estamos, de la saturación en las UCI de los hospitales, de que, después de una semana santa que no ha sido santa precisamente, ni semana, ni nada, los casos de Covid-19 no paran de subir, lenta, pero inexorablemente. No sé mucho de casi nada, pero si los que entienden de medicina que son los profesionales a los que hemos de hacer caso,  dicen por activa y por pasiva que no podemos relajarnos, me pregunto yo, ignorante de mí, ¿a qué coño están jugando con nosotros?

   Primero el gobierno decreta un Estado de Alarma  que toda la oposición intenta tumbar, no apoyar, no prorrogar. Ahora, para mi sorpresa o quizá no tanto, resulta que es la oposición y los propios partidarios del gobierno, los que llevan los colores de ese partido y su coaliciones, los que dicen que sería una insensatez que el 9 de mayo dejara de tener efectos ese Estado de Alarma que nos ha mantenido distantes, separaditos, cerrados a cal y canto y que no ha conseguido que bajen mucho los índices, ni las rectas, ni las curvas. Estamos, por lo visto, en un badén, en una hondonada que se está haciendo rectilínea; que a veces sube, a veces baja, pero tanto lo uno como lo otro de manera insignificante. Es un badén mortalmente aburrido. Mortalmente…

   Estamos inmersos en una cuarta ola y nos la suda todo. Ni aunque nos viniese a ver el virus con sus galas verdes y pestilentes a la puerta de casa, dejaríamos de querer salir, irnos de vacaciones, toquetear a todo dios por la calle y llevar la mascarilla para forrarnos las pelotas.

   Os voy a ser sincera, no es que no lo sea de manera habitual, pero sí soy dada a inventar mundos paralelos y a dejar que mi imaginación me permita  evadirme de esta asquerosa inmundicia que nos rodea desde marzo de 2020. Tengo miedo. Miedo a que llegue el 9 de mayo y la gente pueda salir a cualquier hora, reunirse en los parques a hacer botellones, en las casas de cualquiera sin mirar el número de personas si los bares y restaurantes cierran pronto. Miedo a que la cuarta ola se convierta en una quinta, en una sexta y que de todo ello no hayamos aprendido absolutamente nada.

   Tengo miedo a que todas las muertes, esos miles de personas con nombres,  apellidos y familias,  no nos hagan reflexionar de una vez por todas, que nos encontramos ante algo de una seriedad sin parangón a lo vivido en los últimos decenios.

   Por eso el título de mi artículo de hoy. Me siento como la paradoja del jodido gato de Schrödinger. Yo soy ese gato. Estoy viva y estoy muerta a la vez. No soy un muerto viviente, no. Estoy viva, pero estoy muerta también. El elemento aleatorio en cuestión que puede decantar mi destino por la vida o por la muerte es la prórroga del Estado de Alarma o el tan anunciado despiporre generalizado que llegará si nos creemos que con menos del 7% de la población vacunada con las dos dosis, estamos a salvo. Damos tanto asco intelectual que sí, me siento viva y me siento muerta. Sólo  me falta decir “miau” y mirar a la cara, eso sí, en el más allá, a Einstein y a Schrödinger. Claro que para eso debería nacer de nuevo y estudiar Física, pero es que no es lo mío, ya sabéis, soy de letras puras.

Nélida L. del Estal Sastre

  

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