ZAMORANA
De donde venimos
Ambiente de melancolía en este día primaveral, atípico, oscuro, lluvioso, mortecino y triste; sin embargo, los campos y las tierras zamoranas ahítas de agua supongo que estarán felices. Las observo mientras el ómnibus me conduce a gran velocidad; la extensión de esta meseta es tan enorme que transcurre por kilómetros y kilómetros encadenándose campos en barbecho con sus tierras descansando y los terrones abiertos a la luz del sol, con otras plantaciones de un verde intenso en distintas tonalidades que conviven cercanos como la remolacha o la alfalfa y contrastan con la explosión de color de las tierras de colza amarilla, los campos de girasol, también ambarinos, o los enormes maizales entre los que resulta grato imaginar perderse en su imponente frondosidad.
Avanzo a velocidad, pero los sembrados siguen clamando mi atención: las viñas procedentes de troncos ásperos y retorcidos, están ahora cubiertas de hojas e incipientes zarcillos que pronto acrecentarán con sus caldos la riqueza de esta buena tierra; una tierra que siempre ha estado presente en mi vida puesto que constituyó el modus vivendi de mis antepasados en aquel viejo Castronuevo, entonces floreciente, rebosante de gente, de niños que correteaban por sus calles, y de una resignada pobreza de la que tuvo que salir a fuerza de mucho trabajo, pero eso a los zamoranos es algo que nunca nos ha importado.
Nos enseñaron que el esfuerzo produce sus frutos, que nada es gratis, que todo hay que pagarlo, y hemos sabido saldar cuentas con el pasado y con el presente asumiendo que mi pueblo como tantos otros está vacío, ignorado por los poderes públicos, olvidado y esperando solo que los pocos habitantes de allí ocupen su lugar en el camposanto para definitivamente tachar un pueblo más de la lista de los condenados al olvido.
Hemos cumplido, hicimos cuanto nos mandaron, acataron con la cabeza gacha todo aquello que se les ordenó en su momento; los abuelos trabajaron sin descanso, los padres tuvieron que emigrar a otras regiones para que nosotros –sus hijos- alcanzáramos el nivel de vida que ellos soñaron para sí y nunca tuvieron. Todos fuimos abandonando aquellas tierras en busca de un futuro mejor; tal vez lo logramos, pero siempre nos quedó en el alma ese terrón seco que nos recordaba cual era nuestra cuna, el lugar de donde veníamos, algo que nunca debemos olvidar por muy alto que lleguemos en la esfera social.
Sé que hay gente que cuando ha logrado un determinado estatus se olvida de su genealogía o se avergüenza de ella, porque la considera impropia en esa nueva vida que se han forjado. ¡no saben lo equivocados que están!, porque si de algo tenemos que estar muy orgullosos es de nuestros orígenes, aunque sean pobres y no brillen con el fulgor del nivel que se haya adquirido posteriormente.
Hace muchos años, en una de las marchas de mi pueblo, una vez transcurrido el mes de vacaciones estivales, una vecina tenía la costumbre de salir a nuestro encuentro para despedirse y, sin bajar del coche, recuerdo dos frases que me dijo en diferentes momentos y que nunca olvidaré porque han sido las máximas más ciertas y sabias que jamás escuchara; una era: “vivas donde vivas, nunca olvides tus orígenes”, y la otra: “cada vez que te marchas de Castronuevo, siempre dejas tus lágrimas aquí”.
Ha transcurrido mucho tiempo, casi toda una vida, han pasado los años demasiado rápido y sigo siendo fiel a los dos axiomas de aquella buena vecina que hace ya mucho tiempo que falta.
Mª Soledad Martín Turiño
Ambiente de melancolía en este día primaveral, atípico, oscuro, lluvioso, mortecino y triste; sin embargo, los campos y las tierras zamoranas ahítas de agua supongo que estarán felices. Las observo mientras el ómnibus me conduce a gran velocidad; la extensión de esta meseta es tan enorme que transcurre por kilómetros y kilómetros encadenándose campos en barbecho con sus tierras descansando y los terrones abiertos a la luz del sol, con otras plantaciones de un verde intenso en distintas tonalidades que conviven cercanos como la remolacha o la alfalfa y contrastan con la explosión de color de las tierras de colza amarilla, los campos de girasol, también ambarinos, o los enormes maizales entre los que resulta grato imaginar perderse en su imponente frondosidad.
Avanzo a velocidad, pero los sembrados siguen clamando mi atención: las viñas procedentes de troncos ásperos y retorcidos, están ahora cubiertas de hojas e incipientes zarcillos que pronto acrecentarán con sus caldos la riqueza de esta buena tierra; una tierra que siempre ha estado presente en mi vida puesto que constituyó el modus vivendi de mis antepasados en aquel viejo Castronuevo, entonces floreciente, rebosante de gente, de niños que correteaban por sus calles, y de una resignada pobreza de la que tuvo que salir a fuerza de mucho trabajo, pero eso a los zamoranos es algo que nunca nos ha importado.
Nos enseñaron que el esfuerzo produce sus frutos, que nada es gratis, que todo hay que pagarlo, y hemos sabido saldar cuentas con el pasado y con el presente asumiendo que mi pueblo como tantos otros está vacío, ignorado por los poderes públicos, olvidado y esperando solo que los pocos habitantes de allí ocupen su lugar en el camposanto para definitivamente tachar un pueblo más de la lista de los condenados al olvido.
Hemos cumplido, hicimos cuanto nos mandaron, acataron con la cabeza gacha todo aquello que se les ordenó en su momento; los abuelos trabajaron sin descanso, los padres tuvieron que emigrar a otras regiones para que nosotros –sus hijos- alcanzáramos el nivel de vida que ellos soñaron para sí y nunca tuvieron. Todos fuimos abandonando aquellas tierras en busca de un futuro mejor; tal vez lo logramos, pero siempre nos quedó en el alma ese terrón seco que nos recordaba cual era nuestra cuna, el lugar de donde veníamos, algo que nunca debemos olvidar por muy alto que lleguemos en la esfera social.
Sé que hay gente que cuando ha logrado un determinado estatus se olvida de su genealogía o se avergüenza de ella, porque la considera impropia en esa nueva vida que se han forjado. ¡no saben lo equivocados que están!, porque si de algo tenemos que estar muy orgullosos es de nuestros orígenes, aunque sean pobres y no brillen con el fulgor del nivel que se haya adquirido posteriormente.
Hace muchos años, en una de las marchas de mi pueblo, una vez transcurrido el mes de vacaciones estivales, una vecina tenía la costumbre de salir a nuestro encuentro para despedirse y, sin bajar del coche, recuerdo dos frases que me dijo en diferentes momentos y que nunca olvidaré porque han sido las máximas más ciertas y sabias que jamás escuchara; una era: “vivas donde vivas, nunca olvides tus orígenes”, y la otra: “cada vez que te marchas de Castronuevo, siempre dejas tus lágrimas aquí”.
Ha transcurrido mucho tiempo, casi toda una vida, han pasado los años demasiado rápido y sigo siendo fiel a los dos axiomas de aquella buena vecina que hace ya mucho tiempo que falta.
Mª Soledad Martín Turiño

















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