Nélida L. del Estal Sastre.
Viernes, 23 de Abril de 2021
CON LOS CINCO SENTIDOS

Los mejores años

[Img #52221]Hoy es el Día del Libro, sí con mayúsculas. Libro grande o  de pequeño formato, de novela histórica, de ciencia ficción, novela rosa o novela negra. De poesía o de prosa, con letras en cursiva o derechas como velas. Libro de lujo o en edición de bolsillo. 

   Siempre he vivido rodeada de libros que, por falta de espacio para colocarlos como dios manda, toda vez que se llenaban las estanterías de mi casa, aparecían apilados, sobados y  releídos  por cualquier rincón. De la editorial Planeta, la Colección Austral, Alfaguara, Anagrama, Plaza y Janés (éstos los vendía mi padre casa por casa, a “puerta fría” de jovencito, mientras estudiaba…) Los libros han formado parte de la historia de mi vida desde que empecé a echar los primeros pasos, esos pasos torpones de los que toda la familia se ríe pero, a un tiempo,  emocionan tanto por  ser los primeros que das. 

   De pequeña, durante los interminables veranos en Sayago desde que nos daban  las vacaciones escolares a finales de junio, hasta bien entrado el mes de agosto, leí mucho. Aún era demasiado enclenque como para ayudar en las tareas del campo o con las vacas a mis abuelos y hermanos, con lo cual  solía quedarme con mi padre en casa. Se estaba tan fresquito…No existía el aire acondicionado, pero con 70 centímetros de anchura en las paredes, ni el frío ni el calor osaban entrar en esa casa que hoy es la “guarida” en el pueblo, ya con todos los extras; una casa grande y acogedora que nos recibe en cualquier estación y donde podemos solazarnos con el resto de la familia, ya de por sí numerosa. 

   Recuerdo unos días en los que mi padre andaba por las tardes enfrascado intentando arreglar una radio Telefunken que parecía salida de una película de posguerra. Me pareció un artefacto de lo más interesante. Era enorme y pesaba lo suyo. La rescató del “sobrao” de la casa y la puso con cuidado encima de la mesa de la cocina vieja, la que tiene una chimenea. Pertrechado con varios destornilladores, de estrella y planos, empezó a quitar los tornillos grandes y los pequeños, hasta poder verle bien las tripas y los cables a la radio. La misión era hacer funcionar esa reliquia. Así que, una vez expuestos los adentros de la susodicha, mi padre se puso las gafas en el borde de la nariz, como buen hipermétrope ya aquejado de presbicia, y comenzó a “operar” a la señora  Telefunken. Tenía una especie de bombillas doradas, grandes y pequeñas en su interior, rodeadas de cables rojos y negros. Con el soldador y la bobina de estaño, este afanoso señor se esmeraba en recomponer lo descompuesto, unir lo roto y devolver a la vida sonora una radio que llevaba olvidada lustros entre cajas y centímetros de polvo. Mi padre parecía un experto en la detonación controlada de explosivos. Siempre fue  un  manitas. 

   Una de esas tardes en las que él estaba enfrascado arreglando la radio y yo tirada en el sofá de la salita contigua, de repente escuché la voz de Fernando Argenta, de “Clásicos Populares”, como salida del cielo. Milagro. La radio, esa enorme caja de madera, hierro y cables por la que nadie daba un duro en esos días, empezó dar las noticias, a deleitarnos con música a diario y a mantenernos informados también, de lo que se escuchaba en la vecina Portugal, ya que sintonizaba en su dial emisoras del país hermano de península. 

   La limpiamos, la pulimos y dimos un toque suave de barniz para ponerla guapa y mi madre le hizo un tapete beige de ganchillo para ponerla en una mesita, presidiendo ese espacio bajo el reloj de pared, destinado a lo intocable, a lo más valioso. La cocina vieja, esa en la que desayunábamos o hacíamos los cuadernos de verano “Vacaciones Santillana” (un invento demoníaco para cualquier niño…) pasó a ser un lugar de culto. Cada tarde, con el sonido de las cigarras fuera, mi padre se tomaba el café con sus cigarrillos o un purito y yo me tumbaba en una alfombra, con mis cuentos y mi diario. Escuchábamos Radio 5 Todo Noticias, Radio Nacional de España y Radio 2, la Clásica. Es en esos veranos, siendo yo una carcamal, cuando empecé a apreciar la música clásica. Si un día ponían una sinfonía de Malher, al día siguiente, en el tocadiscos del salón, mi padre ponía el vinilo que limpiaba cuidadosamente con un paño ligeramente empapado en alcohol;  era lo que se llevaba entonces para quitar la electricidad estática de los discos de vinilo. Parecíamos dos extraterrestres que habían tomado prestada una casa humana en un pueblo que, como mucho, llegaba a los 150 habitantes en verano y donde sólo se oían los cencerros de las vacas, los ladridos de los perros y el despertar de los gallos a las 5 de la mañana. Llenamos de música esa casa grande. Una música que ha quedado y vertebrado los huesos de su estructura, que se ha mimetizado con la piedra y los ladrillos de las paredes, entre risas y emociones; danzando con la parra del jardín que nos da sombra en verano y los troncos de leña guardados para el invierno. Entre el taller de mi padre con sus cientos de herramientas y las hiedras que tapizan las tapias que nos separan de la calle. 

   Benditos años aquellos en los que escuchar la radio era un milagro maravilloso y no sentíamos el calor sofocante que asola los veranos de ahora. Benditos años aquellos de la niñez en los que todo era posible y, con imaginación, hasta se podía hacer realidad lo que soñaras. El mundo era pequeño, más nuestro, más amable y maleable. Más bonito y verdadero. No existía el materialismo en las mentes de los niños, en la de los adultos no sé, deduzco que algo menos que ahora. Nuestro mundo se reducía a tener para no pasar hambre o frío, tener qué leer y unos padres con la mente abierta para darte todo sin que les costase casi nada. Ahora,  algunos progenitores dan poco amor, a cuentagotas;  regalan mucho y les cuesta casi todo… 

Nélida L. del Estal Sastre 

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